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Pienso luego insisto

Francisco Trigueros. 22.04.07 

Hago uso de esta paráfrasis del aserto de René Descartes "Pienso luego existo" por varios motivos. En primer lugar porque considero que mi existencia toda es un constante insistir y, por otro lado, porque en la insistencia encuentro mi esencia: digo, dije y diré hasta que los sordos oigan, los ciegos vean y los obtusos dejen que sus emparedadas mentes se abran a nuevos conceptos. Me explico.

No es en vano que mi buen amigo Juan Manuel Mancebo, a quien en tan alta estima tengo (aún le recuerdo escudriñando, como el artista que es, mis óleos expuestos en la Casa de la Cultura de Alhaurín de la Torre), haya decidido incluir en su artículo una referencia a mi trabajo literario, más aún en fechas cercanas a semana santa –el uso de minúsculas para referirme a tan “sagrada” semana no es gratuito–, sino que todo obedece a un propósito: insistir en la ofensa a Dios que supone tan antigua tradición.

Han leído bien: ofensa.

En mi libro “XES. La herejía de la síndone” no sólo demuestro que la sábana santa de Turín, la mortaja de Jesús, es una traición al Hijo de Dios, la peor de todas las herejías, dado que representa la imagen de Aquél cuya religión las prohibía, además, concluyo que, en resumidas cuentas, los fieles que acuden a tan sagrado rito pagano o a la iglesia a venerar a su cristo de turno o su virgen ornada con tan carísimos atuendos, no sólo no se han leído los evangelios –o aquellos pocos que en su momento lo hicieron ya lo han olvidado–, es decir, la Palabra de Dios, sino que, lo que es aún más grave, desconocen que Dios luchó siglos y siglos contra el hombre, tan proclive a la idolatría –el Antiguo Testamento así lo atestigua-, para que, de una vez por todas, dejara de tallar imágenes susceptibles de convertirse en objetos de adoración. Y para ello les grabó en piedra un mandamiento, el segundo, que reza así:
 
“No te harás imagen de escultura, ni de figura alguna de cuanto hay arriba, en los cielos, ni abajo, sobre la tierra, ni de cuanto hay en las aguas debajo de la tierra. No la adorarás ni les darás culto, porque yo, Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos” (Dt 5, 8–10).                                                         Segundo mandamiento del Decálogo Bíblico   

Sí, insisto, este es el verdadero segundo mandamiento que Dios grabó en una de las tablas que entregó a Moisés, podéis comprobarlo en vuestra, ahora más que nunca olvidada, Biblia. Éste y no otro. Y es muy explícito. Y no se presta a tergiversación. Claro está, algunos miembros de nuestra querida Iglesia Católica tuvieron la arrogancia, hace ya unos cuantos siglos, de proponer un nuevo mandamiento en sustitución de éste. Es decir, seres de carne y hueso se creen con el derecho de proponerle a Dios un modo de proceder distinto al suyo. Nada más irrisorio: lo humano contra lo divino.

Conclusión: nos pasamos por el morro lo que Dios decida. Si las reliquias son un negocio, si las imágenes –conclusión de estos arrogantes– acercan al fiel a Cristo y su Palabra, pues tallémoslas. Y cuantas más tallas hagamos más fieles se nos unirán. Y Dios, al comprobar tamaña inteligencia, decide otorgarles el beneplácito. No se lo creen ni ellos… Se acercan a un Cristo a imagen y semejanza de una iglesia que ofende a Dios pero se alejan de la Palabra. Palabra por la cual Cristo vino al mundo. Si Dios actuara como ellos y pudiera escupir sobre los rostros de estos sujetos –y de los que aún defienden esta postura– estarían húmedos de por vida.

En definitiva, todo un negocio, como éste de la semana santa, que, mira por dónde, celebra la pasión de un hombre que jamás quiso nada para él, un hombre que no quiso templos ni catedrales ni opulencias de ningún tipo; menos aún verse adornado con tejidos cubiertos de filigranas en oro y plata, o, mucho peor, generando divisiones en las múltiples cofradías que pululan por todo el país que, para colmo, gastan fuertes sumas de dinero, que debiera ser utilizado para menesteres más caritativos, en acicalar un trono con la única intención de que sea el más hermoso, reluciente y “guapo” de todos. ¿Creéis que el Cristo de los evangelios aprobaría esto? Permítanme que lo dude.

Aunque les duela aceptarlo así son las cosas: cada vez que un fiel reza o se arrodilla ante una de esas tallas –cristos crucificados, flagelados, con la cruz a cuestas, etc– estamos recordándole a Dios, constantemente, y sin remisión, el dolor de su Hijo, su único Hijo, sacrificado en la cruz. Cada segundo, cada día de la semana, cada mes y cada año, horadamos el alma de nuestro creador. Y eso debe dolerle…

Dios sacrificó a su Hijo para que su Palabra –hermosa, en verdad, porque habla del amor– llegara a nuestro corazón y nosotros no sólo nos desviamos de ella sino que, para más inri, nos dejamos seducir por la “hermosura” de una talla de piedra o madera que le representa. Paradojas de lo humano...

De ahí que, llegados a este punto, no es de extrañar que un tal Beckham pose desnudo a modo de crucificado con la “humana” intención de recaudar fondos para una ONG o una tal Madonna –nombre más que apropiado para el caso– aparezca crucificada en uno de sus conciertos. No, si inteligencia no nos falta… Una diabólica inteligencia que atrae a un incauto “fiel” a participar de una mentira que les ciega los ojos y el corazón… Pobre Dios; le ofendemos de tantas formas que cada vez que llueve siento que son sus lágrimas las que se derraman.

Pensad en ello. Insisto.

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