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En la peluquería de Joselito (O la palabra individuo)
Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
| | Cuentos y relatos globales. 13.11.16 | | Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.-….Puedo decirlo ahora, mi infaltable presencia sabatina en la peluquería de Joselito, animada desde la ocasión inicial en que de niño a ella me llevara mi abuelo Ismael para que éste me motilara, obedecía siempre a que en ningún otro lugar del pueblo como allí, encontré, entre mayores, conversaciones más ricas y expresivas. En la peluquería de Joselito, las charlas se cocinaban a fuego lento, circulando por turnos desde el primero hasta el último de los clientes, sentados todos ellos en una larga banca, pulpito desde el cual estrechaban para siempre una útil amistad sacándole entre ellos la quinta esencia a una botella de “Ron Blanco” que, comprada en compañía en el estanco clandestino de Rosana, se bebían por los sagrados méritos de sus hazañas. En la peluquería de Joselito, entre muchos, sentó cátedra y saber José del Carmen Hernández, locuaz, como siempre, y dueño de unas palabras que yo no sé si alguien se las prestaba, pero que le parecían muy propias y que usaba con precisión como armas del lenguaje. Fue precisamente a él a quien en ese lugar, por primera vez en la vida, le escuché la palabra individuo, dicha con una sonoridad y puntualidad de acento tal que me hizo mirarle cual a un predestinado lingüista a quien solamente faltaba vestirlo de chaqueta londinense. | Desde luego, Joselito en sus propios límites, no se le queda atrás a José del Carmen y, a modo de un ortopedista de la palabra, mientras motilaba con arte al parroquiano de turno y los demás le seguían en silencio, se jalaba unos monólogos de una sola cuerda; parecía un poeta de voz suave y virtuosa, capaz de hacer dormir al peluqueado, por lo cual llegué a pensar que de no haber sido peluquero, bien pudo ganarse su sustento diario con su dicción de encantador de serpientes…
Por su parte, “el Niño Alber” (Alberto Coronell), asiduo asistente a estas tertulias, de viva voz con tonalidad de cubano, nutrido en el idioma de los negocios mágicos y fantásticos, sabio en la compra y venta de burros escogidos y de artículos inverosímiles que adquiría por especial encargo (tijeras marca “Barrilito”; pólvora y tiros recargados; carburo y bombillos para lámparas de cacería; piedras de chispa y resortes para mecheras; azul de metileno; dedales para bordadoras; leontinas para relojes de bolsillo; navajas pico de loro; trabas y espuelas de carey para galleros; acericos para agujas y alfileres; bolas de naftalina para los baúles; bolas de uñita con una mariposa adentro; botones de madera para chaquetas; trompos torneados con su pita de curricán; cartillas del abecedario; cuadros del “Hoy no fío, mañana sí”; penicilina camuflada para las enfermedades de la mala conducta; “Aldrín “ y “Matatí” para las plagas; fósforos de palo marca “El Diablo”, lavados y cánula para venerables ancianos; ungüento y tabaquito chino para sacarle la piedra a las mujeres; parches porosos marca “León” para sacar los vientos…y todo un mundo de vainas raras…), hacía de su labia un asombro al referirse a la calidad de lo que comerciaba o cuando animoso contaba situaciones históricas con un mínimo de frases…
De aquel remanso del buen conversar con historias infinitas que con puntualidad se continuaban el otro sábado, también hizo parte don Carlos Higgins, siempre de impecable caqui vestido y de abarcas notables, trayendo de las cantinas y estancos lo acontecido, hablando con los dientes apretados y que, con nombres propios daba la noticia del día saboreando un tinto que María Dolores, la mujer del peluquero, con gusto le regalaba, al tiempo que, sobre episodios de hacía siglos, su clara memoria evocaba…
A la peluquería de Joselito, más que a motilarse, la gente iba a llevar sucesos que merecieran saberse y contarse como versión confiable y pública: quién vendía una vaca; quién compraba millo y maíz; quién le avisaba a Fulano que lo necesitaba Zutano; quién se casaba el domingo; a quién le robaron unas gallinas; quiénes se fueron para el Valle a coger a algodón; quién se sacó a una mujer y quién dejó la que tenía; quién estaba grave… “y quién peló el moco”… Otro contertulio de en la época y que en este sitio rumió charlas de barbería, fue Manuel Antonio Echeverría con su modo muy suyo de decir las cosas en tono laico enseñando verdades para siempre y difíciles de contradecir, haciendo siempre alusión a los tiempos pasados, refiriendo todo con un golpe de nostalgia que entretenía, en especial al hacer mención de los bailes de cuota y tranca en que de joven participo hasta el amanecer ejercitándose de bandido…
En la peluquería de Joselito, los concurrentes a la misma, en invierno, sobre el maíz recién nacido, hablaban al rumor de la llovizna tenue y mañanera de un abril fresco y, en verano, haciendo gala de una inteligencia verbal alucinante, con voz de fiesta, acerca de aventuras inconcebibles que sólo yo, de niño, les terminaba por creer… Por horas y horas conversaban y conservaban de sus muertos y de los amigos vivos…, de aquello y de esto otro; de lo propio y de lo ajeno; de lo igual y diferente, de cosechas y trojas llenas; de negocios de palabra cumplida; de caminos por el barro intransitables, de las fases de Luna según Bristol; de las fortunas en dinero y de las riquezas del corazón; y de las mujeres que les olvidaron y ellos no… esto dicho en un idioma sin urgencias porque les sobraba tiempo para todo y todos tenían un mismo y bíblico destino común, de manera que al morir no les hubiese faltado nada por conversar…
…Y de aquel vivido momento, como vuelto a la realidad, por razones más que reales, me toca decir que, en tal ocasión, y como lo tenía previsto, al volver a casa, impactado esa vez por la carga significativa de la palabra individuo dicha en labios de José del Carmen, busqué el diccionario y leí: “Individuo: Individual o indivisible. Cada ser completo y separado de una especie o género; persona de una comparación o clase. Designación de una persona a la que no se quiere nombrar”.
Aturdido por lo que leí sin haberlo entendido en forma clara, esto le pregunté por lo tanto a mi abuelo Ismael: -Abuelo, ¿José del Carmen es un individuo? -Claro mijo –me contestó sonriendo y, alargando la pronunciación de la palabra referida, volvió a decirme: -Todo un refinado y distinguido i-n-d-i-v-i-d-u-o… de mucho estilo y clase… no se te olvide, i-n-d-.i-v-i-d-u-o… |
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