
En las votaciones políticas está claro que los elementos emocionales predominan sobre los racionales. En realidad, no debería ser así, pero es evidente que es lo que sucede. La simpatía y la empatía de los candidatos es un factor crucial y la gente se identifica o no con las propuestas también por la expresividad y por cuestiones relacionadas con la puesta en escena y con los gestos y formas de ser de los aspirantes a presidente.
En el caso de las elecciones estadounidenses a pesar de declaraciones fuera de tono de Trump en algunas de sus intervenciones esto no le ha costado la presidencia, ya que ha superado holgadamente a Hillary Clinton.
Parece, según dicen los medios norteamericanos que la candidata demócrata cae mal a una parte del electorado, por varios motivos que no parecen justificados. Por ejemplo, el hecho de que lleve en política toda la vida no es causa necesaria o justificada de animadversión hacia su persona y lo que representa. Su supuesta arrogancia es claramente discutible. Y respecto a que simboliza el establishment de Washington también es un argumento del que no pueden defenderse, probablemente, la mayor parte de los políticos norteamericanos.