Siempre creí que si “la Mosca”, para considerarse más agradable, de pronto llevaba sombrero puesto, de nada le serviría porque con este o sin él, seguía siendo “la Mosca” desde el primero hasta el último instante. Eso sí, se le veía vital, sana; permanentemente maquillada a prisa buscando de alguna manera ser atractiva, algo más agradable a la fuerza o, por lo menos, vistosa, luciendo su eterno vestido de medio paso rojo liberal ajustado al cuerpo, dándole el justo atractivo de mostrar unas nalgas grandes y altas que le permitían el balanceante equilibrio de caminar sin caerse sostenida por un par de piernas gruesas y bien formadas, lo que hacía que tuviera un trasero de triunfo ante otras…y que, a medio camino, entre fea y simpática, se quedara apenas como poseedora de un aire complicado, fundamento que no le daba méritos para muchos piropos… a riesgo de que quien se los dijera se llevara de ella una congelada y enmudecida mirada concebida con todo el desgano del alma más insensible y excepcionalmente muerta para las emociones y el amor… Yo nunca supe por qué a “la Mosca” le decían “la Mosca”… ni lo investigué por lo menos; se hizo tan popular y conocido su apodo, que este le desplazó su desconocido nombre, circunstancia que a ella le importaba poco y que ni le molestaba en lo absoluto porque de haber dicho que se llamaba María, Ana, Luisa o Matilde, iba a continuar siendo la misma “Mosca” que los miércoles de cada semana y sin falta alguna, llegaba al pueblo untada de carmesí en los labios, no por coqueta sino por instinto, haciendo caer a uno en la cuenta de que, democráticamente libre, pintándose los labios y los cachetes, le quitaba a su rostro la masculinidad desentonada que le dio la vida. “La Mosca” era una mujerona tranquila y sosegada; tanto así que también podía tomarse por una respetable madre de familia. Alguien llegó a decir de ella que había sido profesora de canto y música…y, la mayoría, sin fundamento alguno, al término de las tres primeras visitas que al pueblo hiciera, dijo que era loca, loca de conciencia mansa, perfectamente sociable y de buen carácter. “La Mosca” venía por horas al pueblo; llegaba por la mañana a la casa de Juan Jiménez donde la amistosa familia de él, la recibía con un desayuno ligero, más bien de caridad. Ignoro asimismo si allí ya la conocían y sabían de quién se trataba; pero siempre era así… Y luego, con un… “gracias” al que unía un…”ya salgo”, calle por calle, casa por casa, caminaba el pueblo en el ejercicio de vender medias, manoplas y gorritas tejidas para bebés y, en otras, expendiendo boletas de alguna rifa clandestina y de escamoteo que la gente le compraba no para probar suerte sino como una limosna de incierto destino. “La Mosca” hablaba poco; como si estuviera cansada de hacerlo. Nunca le vi reír. Entraba a las casas sin avisar porque era menos amenazante de lo que su aspecto hacía pensar, vagando entre fantasmas vivos que la sentaban sin permiso en los muebles de las salas, dándole desde allí cuerda a su mundo de desvarío conmovido por ráfagas de aparente cordura en las que jamás dejó de vender lo que vendía aunque pocos le compraran y más bien, por asuntos del alma y del corazón, terminaban regalándole una ocasional moneda. Era el reticente silencio de “la Mosca”, un silencio casi extremo, lo que nos hacía creer que la insustituible loca de los miércoles en el pueblo, en verdad de verdad lo fuese, llevándose de regreso a la ciudad –sitio de su posible residencia- todas las preguntas sin respuestas de su e enigma por nosotros nunca esclarecido… Alta, de espalda ancha, siempre de rojo liberal abundante y con apariencia distinguida, evadiendo a lo mejor malos recuerdos, no faltó tampoco el imprudente que considerara que ella estaba virgen; en tanto que, sin ser enteramente confiable, cualquiera dijo más de una vez que la vio llevar de la mano a los solares enmontados a algunos adolescentes con el fin de iniciarlos quitándoles así la intranquilidad que por las noches no les dejaba dormir… Para mí, en cambio, no creyendo nunca lo anterior, considero que a “la Mosca”, como a Penélope, la vida se le iba en tejer y destejer lo tejido en la esperanza de derrotar un amor distante o un frustrado anhelo de haber querido ser madre, entendiendo que sólo de esta manera vencía y sustentaba su terrible soledad para, entonces, mostrarle a la gente un rostro enteramente conforme con el mundo en el cual, encerrada en su fantaseo, gastaba su vida en el alboroto de los niños que con voz festiva, así anunciaban su cumplido arribo: ¡Llegó la Mosca! ¡Llegó la Mosca! ¡Llegó la Mosca!..., revoloteo colegial que advertía su ya familiar figura inmune a la gripa y al tiempo, enredada en el destino común y vivencial de pueblo que la admitía y protegía igual que a una de sus más insignes habitantes… ahora taconeando calles y callejones, y, luego, confundida en el paisaje usual de los miércoles de cada semana y de cada mes del año… …En ocasiones , se le veía a “la Mosca” un estar pensativo y triste como de monja arrepentida cavilando en frío, acaso volviendo a sus viejas reminiscencias situadas en ninguna época, en ninguna existencia, en tanto sentada a la sombra de los almendros del parque, definía el rumbo extraviado del día… Nada alteraba su paciencia, ni las lloviznas de octubre asumidas con el criterio de darse bajo ellas un baño de popularidad a la intemperie…y tan habitual y conocida era su figura y su pinta entre nosotros que, quienes confundidos y naufragando en la imprecisión del tiempo, habían olvidado el día de la semana en que vivían, al encontrársela a su paso, vueltos a la realidad se decían: “Hoy es miércoles porque vino “la Mosca”… …Y así, a fuerza de no pensarlo más o de haberlo pensado mucho, de regreso a donde viviera o a lo mejor muriera, oyendo el retumbo de las voces infantiles coreándole su apodo, y tal vez escapando de la trampa de su propia irrealidad y alucinación, vestida de luminoso rojo liberal, “la Mosca” algún día encontraría el camino del nunca jamás volver…
Walter E. Pimienta Jiménez
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