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Las cenizas
(Religión aparte XLIII)
| | Jose Maria Barrionuevo Gil. 30.10.16 | | Casi todos estamos, hoy día, al día en las noticias que nos han llegado del Vaticano sobre las incineraciones. Ya no es un tema nuevo la incineración, pero nos ha ofrecido en estos días unas consideraciones religiosas, en las que no reparábamos y a las que estábamos ajenos. No obstante conviene hacer alguna memoria sobre esta costumbre que no es de ayer ni de hoy. En principio, parece ser que las primeras incineraciones que se conocen en nuestra próxima geografía sucedieron en la zona del litoral mediterráneo en el Neolítico. Sin embargo la incineración era considerada como una práctica bárbara en el Antiguo Oriente Medio, que sólo se admitía en tiempos de plagas. Parece ser que esta costumbre se desarrolló desde la India, donde ya hay noticias desde el 1900 a. C. También se extendió por Europa, por donde fue dominante, durante la Edad del Bronce, con la famosa Cultura de los “Campos de Urnas” hacia el 1300 a. C. como ya estudiamos hace bastante tiempo. Esta tradición de la incineración fue asumida por Grecia y Roma, en donde era muy común, aunque no estuviera totalmente generalizada.
| Rodando los siglos la cremación se fue olvidando y se extendió la inhumación o enterramiento tradicional, que ha llegado a nosotros. Sin embargo no sabemos qué es lo que hizo forzar las costumbres ni sabemos si fue por adelantar un crédito infernal, porque algunos herejes no le temían ni a Dios ni al infierno, lo que hizo no incinerar a los muertos, pero sí a los vivos, tras la sentencia de un Auto (nada menos que) de Fe. La Ortodoxia, ya fuera Católica o Protestante, que de todo había, impuso una costumbre que consistía en hacer cenizas de los herejes. En algunos momentos llegó a tanto esta deriva inquisitorial de la cremación en vida, usada como parte del castigo a los herejes, que no se conformaron con hacer arder vivo en la hoguera a un hereje, sino que se llegó incluso a desenterrar, en 1428, el cadáver de John Wycliff para incinerarlo, cuando ya hacía la friolera de cuarenta y cuatro años de su fallecimiento. La última víctima “Oficial” de la Santa Inquisición, por sus creencias religiosas, fue un maestro, Cayetano Ripoll, que fue ahorcado en 1826, si bien el castigo preceptivo que debía haber sufrido por ser considerado hereje era el de la hoguera, que era el castigo previsto por la Iglesia. Por esta razón, sus verdugos pintaron unas llamas en el cajón donde cayó su cuerpo después de morir. Tristemente no ha sido unánime entre las religiones no sólo no dejar en paz a los difuntos, sino tampoco a los vivos que tienen derecho internacional de pensar como quieran. Por eso seguimos opinando que las religiones deben estar aparte y no encender hogueras de ningún tipo ni levantar soflamas contra nadie. Retomando el tema de la incineración, podemos decir que en 1963 el papa Pablo VI levantó la prohibición de la cremación. Con esto ya se dejaba libertad para que cada uno pudiera disponer de cómo quería que se trataran sus restos. Si parece ser que ya venimos de vuelta de las herejías y al parecer la única religión universal es la del amor, es el amor de los dolientes el que les llevará a respetar, como último tributo y favor, la voluntad de su difunto ser querido, con “amor constante más allá de la muerte”. Por otro lado si (parece ser) los antiguos cristianos en Roma, constituidos en sociedades funerarias, para evitar la persecución de la “oficialidad”, hicieron santos los lugares de enterramiento, porque allí enterraban a sus santos, no es, como hoy, que los lugares son santos de antemano para depositar las cenizas humanas en la actualidad. La municipalidad se nos ha hecho laica y sin apropiaciones ni exclusiones. Parece oportuno que se aconseje, pero no que se obligue a que las cenizas tengan que ir a lugar sagrado, no vaya a ser que las desobediencias, si no las herejías, se multipliquen. Siempre se ha dicho que “de aquellos polvos, estos lodos”; pero hoy sabemos que cuando se vuela por encima de las nubes, ya no hay lodos y los polvos vuelan libres y podemos recordar a Quevedo, que nos decía: “Serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, más polvo enamorado”. |
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