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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Mi trompo de noviembre
| | Cuentos y relatos globales. 30.10.16 | | *Sobre una punta de fierro/a mí me gusta bailar/ soy amado de los niños/y no me mareo el girar.Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Era noviembre, el esperado noviembre… y debajo de la acogedora sombra del legendario roble que aún está antes de la llegada del cementerio del pueblo, descalzos, Angelito; Romelio; Galo; Lucho, el hijo de Joselito, el peluquero; Chema Pérez; Jaime, el hijo de Arturito Jiménez; Juan, el de Rebeca, y yo; de mataperros y callejeros, trompo en mano, al zumbido y giro de los mismos, juntos y por el mismo camino, sin hacerle daño a la humanidad, le sacábamos a la vida todo lo que esta, en esos días, tenía de felicidad. Noviembre, el esperado noviembre, no era noviembre para nosotros sin el juego del trompo que no daba tiempo para otra cosa cuando los niños de la comarca, sin dejar nunca de ser niños y mirando con recelo a los policías, seguíamos siendo como la vida misma: sencillos, elementales, sin complicaciones y, conscientes de arder en el espíritu vago del sabio, jugábamos a jugar con la naturaleza… | Que recuerde, Galo, algo cegato él y poco hábil y competente para este “deporte”, era quien con más regularidad en tal suerte perdía y como fruto de ello, su trompo agujereado de tanta infame mapola* recibida, en el fuego abrasador y tórrido de la hornilla de su casa, merecedor resultaban ya de ser metido como leña porque, igual, en el momento en que a machetazos fuese el brutal desafío “tromperil” convenido, si no había pelea, vuelto dos tajos para siempre acabaría.
Lo dicho, noviembre, el esperado noviembre, no era noviembre para nosotros sin el juego del trompo, atractivo juguete gravitatorio que bajo el cielo de la tarde, por designio de Dios, poseía el milagro de volvernos alegre la vida, cifrando en virajes de mil desplazamientos su desatado baile ante la visión enloquecida de su dueño que, al soltarlo del amarre, doméstico lo cogía en la palma de la mano y, con éste, dueño de una sonrisa repetida, de casa en casa y seguido de una algarabía, mostraba a todos su cromática máquina, ingenio de madera que, irrevocable en su vocación de eterno baile, hacía de la existencia el más divertido festival…
Mi trompo de noviembre fue hecho de carreto torneado, lo compré en el almacén de “la Niña Nené” con quince centavos que me regaló mi abuelo Ismael y, con sobras de pintura que por ahí “el Cuco”, el pintor del pueblo, en los tarros viejos tenía guardada y que generosamente me regalara, de rojo y azul lo pinté…Era digno de una foto… El de Galo, por el contrario, con madera de naranjo, se lo hizo a punta de machete su primo hermano Roque, y, él, en medio del juego, no paraba de pulirlo y pulirlo con un cortante vidrio de botella pretendiendo así darle una forma más visible a aquel rústico pedazo de tronco de aparente figura cónica con clavo y que, gratis, “zarandeto”* bailaba… era su orgullo… y si atinaba en el tiro, que era la menor de las veces posibles, con toda la fuerza infantil que podía imprimirle, partía en dos a muchos otros… y entonces se reía y se burlaba del rival; claro, de él también nos reíamos y burlábamos cuando el suyo, como trofeo de guerra, quedaba ensartado en el de Chema, en el de Juan, en el de Jaime, en el de Lucho, en el de Romelio o en el mío…y ahí te van dolores…lloraba protestando y disparando malas palabras de mal perdedor y se iba esperando desquite, revancha que sólo le dábamos cuando nos daba la gana...
Yo pienso que en aquellos noviembre, la felicidad tenía algo de trompo, y los trompos, como si se humanizaran, poseían algo de felicidad…porque éstos, en todas las esquinas del pueblo, en todas las plazas y en todos los recreos de escuelas, en torno suyo reunían a los niños del mundo y, más que clavar sus puntas en la húmeda arena, abriendo un huequito en la tierra, enterraban sus clavos en el centro de los corazones blancos de la infancia, haciendo que otros trompos que salían de los oscuros bolsillos de la niñez, se contagiaran con la incurable locura de bailar, bailar y más bailar, pintando de jubilosos colores la dicha del que sería el primer divertido juguete de Dios…
…Y claro que hubo desquite y hubo pelea…Con un “Trompo Vacón”*, que le hiciera su hermano mayor “Añe”, a los tres días se presentó Galo al juego…Aquel “aparato”, grande y rudimentario hecho de guayacán, de media pulgada de clavo cual acerada espada, como para poner fin a su vergüenza, disparado con toda su alma… ¡Tas! Rajó en dos lonjas al de Juan…Ante el ignominioso y poco piadoso hecho, temeroso y en lo más profundo de uno de los bolsillos de mi pantalón, guardé enseguida mi trompo de noviembre. Chema y los demás hicieron lo mismo en tanto él, dando la espalda, con un… “¡Te jodes, te lo maté!... que escuchó el mundo entero, de la ronda se fue con cara de vencedor…
Sabios en la escogencia del madero debido, provenientes de un árbol que tuviera en su esencia el don del baile, de carreto torneado, de guayacán, de cedro, de pino, de roble y de calabazo zumbón, trompos de colérico y saltante baile, Angelito; Romelio; Galo; Lucho; Chema; Jaime; Juan, el de Rebeca y yo, tuvimos… igual de dormido, areneros también… y eran los maravillosos montes de entonces, padres de todos los trompos posibles de noviembre, capaces de sacar agua con las puntas de sus clavos fijados en la tierra… y que, en sana tolerancia, mientras no hubiera pelea, por todas las calles del pueblo, seguidos por una bulliciosa algarabía, desfilaron dejándonos de niños en el libro de los juegos sanos, un mensaje venido del cielo en el silbo feliz de nosotros mismos urdiendo de “angelitos-diablos” juguetones… * “Mapola”: hueco que deja en la madera el clavo de otro trompo. * “Trompo zarandeto”: el que baila brincando y sin control. * “Trompo vacón”: trompo grande, rustico y pesado hecho a mano.
Walter53pimienta@hotmail.com
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