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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido- “El Mono Boleja”, peregrino viajero
| | Cuentos y relatos globales. 09.10.16 | | * Imaginario de un hombre que se despertó una mañana sintiendo la necesidad inminente de andar caminos… (Caminante no hay camino, se hace camino al andar”)Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Madrugó y, campante, cogió viaje convirtiéndose desde ese día en la más grande figura peregrina que por los años de los años permaneció fuera del pueblo. Cuentan que antes de irse, le dio alpiste a un canario flauta que tenía cautivo en una jaula de barrotes de carrizos y que después que la canora ave, amistosa le cantara promoviendo una fiesta en su cárcel musical, “el Mono Boleja” le concedió a ésta su libertad viendo cómo el amarillo emplumado, después de una vuelta en redondo por el cielo, tomó rumbo de regreso a los montes de donde era. -Los pájaros, por tener alas, son libres y yo también- se dijo. …Y cruzando la última esquina “el Mono” se fue dispuesto a no permitir que nadie ni nada le atajara el camino. | No tuvo un instante de vacilación. Dejó un indómito burro de su propiedad y cría, una cama de lienzo de doble fondo y un gallo de pelea y, vestido de lino crudo, luciendo sombrero barato y abarcas de cuero, con cara de navegante sin barco ni puerto, hubo quien le viera y le preguntara para dónde iba; pero él, con la inigualable propiedad de saberse hacer el loco sin serlo, ignoró la inquietud de quien le abordara y, con suficiente sangre fría, siguió su camino sin plano ni mapa. Doce años después, entre conjeturas y supuestos, un nativo que fuera empleado de la Malaria y que exploró palmo a palmo la Sierra Nevada de Santa Marta exterminando plagas caseras con DDT, aseguraba haber encontrado al “Mono” disfrazado de hechicero indígena vendiendo hierbas medicinales y remedios en la plaza de Fundación, y que él le persuadió para que regresara pero éste, bebiéndose como demostración uno de sus infalibles medicamentos, carraspeando dos veces, lo que le dijo fue: -Y pa’ qué, si ahora lo que tengo es vida. Por años, la familia de “Boleja” esperó su regreso; pero él, paseándose por el mundo nuevo que logró conocer, sin hacer caso a nadie sembró plátanos en Sevilla (Magdalena); malanga en Río Frío; yuca “zucundina” y berenjenas en Pailitas y desató su actividad febril de buen cogedor de algodón en el corregimiento de El Desastre, sobreviviendo al toro maligno que salía en la finca de los Murga y a una fiebre mala. A los veinte años del suceso, ya no se tenían testimonios del “Mono” y de si vivía o no, nadie podía dar crédito porque, perdida la paciencia, los suyos, con un…”qué se joda…quién lo manda”, pusieron las cosas en su punto comprobando en la práctica que el que se va de su tierra, métase donde se meta, la muerte le sigue a todas partes pisándole los talones. …Pero qué va… un fugitivo de “Las 22 Ventanas” (la cárcel de Santa Marta), flagelado por el paludismo, llegó en marzo al pueblo y dijo que “el Mono”, en el absoluto ejercicio de sus tantas vocaciones, seguía vivo y que tocaba el bombo en la banda de Bosconia. Nada detenía el largo peregrinar del “Mono” quien, sin fronteras conocidas, ahora doblaba tabacos en San Jacinto (Bolívar); peleaba gallos en Bayunca; vendía almojábanas en San Diego; era peluquero en María Angola o hacía de ayudante de albañilería en El Guamo, y que, perdido en el tiempo, se hallaba en todas partes y en ninguna, distancia histórica entre un antes y un después de “el Mono Boleja” porque otros, otros volvieron sintiendo la nostalgia de la tierra; pero él, seguro de que ya nada valía la pena, como un corcho en un remolino, hizo de suyo un quedarse yéndose o un yéndose quedándose… …Y así, llevado por su ámbito de caminante, apegado a su condición de peregrino viajero, afanado por conocer el otro lado de la tierra, y volviendo minúsculos todos los problemas de la vida, “el Mono Boleja” se volvería viejo vinculado al recuerdo de un pueblo que se cansó de esperarlo porque ahora dizque andaba confundido entre una familia de gitanos a los que se unió en Riohacha seducido por las volcánicas tetas de la más vieja de las cíngaras. La verdad sea dicha pero no dan los límites de mi imaginación de cronista para decirles a ustedes si el “Mono” alguna vez volvió al pueblo, pero ya que me leen, quienes le conocen o conocieron y no le desterraron de la mente, saquen las cuentas de los años que éste duró por fuera y en el entretenimiento matemático a lo mejor concluyen diciendo que, como a pie también se llega lejos, tras una especulación quimérica, desde siempre y para siempre, a un no sé qué ignorado sitio de la historia, “Boleja” quizá se fue para siempre… No obstante, cierta tarde de agosto, Balmiro Arteta, trajo de Valledupar la alegre noticia de que en tres dos semanas, a más tardar, “el Mono Boleja” le había dicho que llegaría y entonces hubo en el pueblo un extraño revuelo. Lo dicho por el viandante hizo lavar los pisos de la casa del extraviado y cambiar la posición de los muebles en la misma; pero luego del tiempo fijado, un rumor de que aquél estaba en Ayapel haciendo de banderillero en las fiestas de toro, hizo que el anuncio prometido perdiera sentido oficial porque una mujer que de aquellos lares venía, dijo que ella lo dejó en Tucurinca vendiendo billetes de lotería, lo que causó que, enojado por la incertidumbre y el desasosiego, uno de los hermanos del peregrino viajero, con rabia y a los cuatro vientos dijera: -¡No joda! ¡Qué venga cuando le dé su hijueputa gana! |
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