Obvia decir que el paso del tiempo es inexorable, aunque la medición del mismo sea un invento humano (los animales no tienen que mirar el reloj), dicho transcurrir es inquietante, no sólo porque en ciertas circunstancias queremos que el tiempo se detenga, sino porque la sensación que se produce en nosotros es la de no ser dueños de nuestra propia vida, el final se acerca.
En las sociedades agrarias la primavera tenía cierta relación con la naturaleza, frutos de la tierra de los que al fin y al cabo se dependía. La vida actual ha cambiado mucho desde entonces, pero persiste en nosotros el mito de este renacer primaveral. La luz solar, el aumento de la temperatura, poder realizar más actividades al aire libre pueden tener que ver con una mayor socialización, pero en el ser humano dos y dos no son cuatro. Hay personas que no salen ni a la de tres y otras en las que ni la lluvia torrencial interrumpe sus costumbres. Ninguna excusa es suficiente, cuando queremos hacer algo lo hacemos y cuando no queremos, ni aunque nos regalen el cielo.
El ser humano ha demostrado su capacidad para adaptarse a diferentes climas y espacios, ha inventado herramientas que le permitan vencer sus limitaciones corporales, por lo que sólo los obstáculos en su pensamiento son los que le impiden disfrutar o no de su vida. Dejar nuestra salud y nuestra felicidad a las condiciones externas (clima, estaciones, mercado laboral, euribor…) es una muestra de nuestro miedo a depender de nuestros propios deseos.
El gran descubrimiento psicoanalítico es que el deseo inconsciente sobredetermina nuestra vida, deseo que a veces nos lleva hacia grandes logros, pero otras pone toda su energía en la enfermedad, el fracaso, la queja. La energía psíquica de una persona es constante a lo largo de toda su vida, cuando cesa, la persona muere. Si uno está vivo dispone de dicha energía, por ese motivo cuando alguien acude a la consulta del psicoanalista pone de manifiesto su interés en distribuir de forma diferente su energía. Es increíble la capacidad de una persona cuando dispone de salud, puede realizar muchísimas tareas, amar a otras tantas personas, tolera las interrupciones y los cambios, decide morir por el camino más largo, que no es otro que la vida.
Cuando una persona está enferma (y debería preguntarse si usted lo está en mayor o menor medida) no ama todo lo que debería, sólo uno o dos amores. Además su amor es amor a sí mismo, porque quiere que la otra persona sea su ideal. Siempre se queja de su falta de tiempo y de dinero para hacer lo que dice querer. Pone excusas constantes, si he fracasado no ha sido por mí. No acepta sus errores, siempre es el otro el que se equivoca. Quiere imponer a los demás su forma de pensar, cuando es imposible que dos personas piensen lo mismo. Si estoy triste es por la primavera, no por algún pensamiento que me ronda, ni por los años que he cumplido, ni porque me hago viejo y no hago nada por disfrutar de la vida. No hace falta ser un loco para identificarse con alguna de estas frases.
Un cambio de estación nos impacta porque incluye la palabra cambio y tal vez nosotros mismos no hayamos cambiado lo necesario. Uno mismo debería preguntarse si ha cedido en su deseo. ¿Cumplió usted sus deseos? ¿Sigue con su pareja por comodidad? ¿Hace algo para mejorar sus relaciones? ¿Le gustaba algo y lo abandonó? La alegría de los cambios es que si es primavera puede ser el momento para que usted comience algo nuevo en su vida. En lugar de huir, ¿por qué no se anima a conversar tranquilamente de sus deseos, fantasías, miedos, ambiciones en el diván de un psicoanalista? El Psicoanálisis le puede ayudar a trabajar para sus deseos, si usted lo desea. Helena Trujillo Psicoanalista de la Escuela Grupo Cero Teléfonos: 952 39 21 65 – 626 67 33 22 |