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La vuelta al cole | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 17.09.16 | |  Llevamos más de un mes con la cantinela de “la vuelta al cole”. Siempre se adelantan los comercios que dominan el verano y, ¿cómo no?, para hacer su agosto, aunque se metan de lleno en el mes de septiembre. Nos llenan los ojos y las manos de propagandas, ofertas, que nos orientan hacia un consumo de cositas escolares, pero también de otras que no tienen nada que ver con la escuela ni con el cole. Lo único que echamos de menos es unos cantos, a modo de villancicos, que nos llenarían de optimismo consumista, al acudir a los comercios. Parece como si hubieran estado agazapados, haciendo proyectos y también inventando objetos, que podrían servir para ser utilizados en el cole. A tanto se llega que se fuerza la situación, y así hemos podido ver cómo se unía a la vuelta al cole toda una renovación de libros, material escolar, uniformes... Es más, incluso hemos podido ver que al “toque” de la vuelta al cole, también se han unido las ofertas de coches, como si el verano, con tanto trajín, nos los hubiera fundido igualito que ha conseguido hacer con nosotros. | Sin embargo no todo son alegrías en la casa del pobre o en la casa del común de los mortales. Tampoco podemos decir que el ambiente se adorne, algunas veces, de lágrimas de alegría. En estos días hemos podido ver cómo el panorama estaba hipersensibilizado. Hemos asistido a una procesión de ojos tristes, de lágrimas furtivas y de caras que no transmitían ni alegría ni confianza. Con todo el respeto que se merecen nuestras lágrimas y las de todos, un compañero nos ha manifestado una salvedad en esta adusta vuelta al cole. Las puertas de los colegios se han visto jalonadas de caras serias y, a veces, con semblante lloroso, que restan, un tanto torpemente, en el ambiente general de aceptación de un cambio de actividad, de alegría por los reencuentros y de confianza en la actividad docente de los profesionales. Nuestro compañero nos ha hecho notar que en las puertas de los colegios es donde las madres son más madres que nadie y más madres que nunca. Esas derivas emocionales deberían ser controladas por todas las personas mayores, porque pueden llevar a nuestros hijos a una dantesca confusión. ¿Cómo interpreta un angelito que traspasa la puerta del colegio esa situación de pena por un paraíso perdido? Puede interpretarla de mil maneras y ninguna de ellas favorables. Hay niños que se creen que no van a ver más a su madre, porque están todo el santo día preguntando a la maestra o al maestro si su mamá va a volver a recogerlo. Otros se imaginan que el colegio es algo malo, porque puede interpretar que su mamá llora, porque el cole el algo que no es deseable ni amable. No digamos si, para colmo, el maestro es un señor con barba, que ya ha tenido , por la barba, su ración familiar de peligrosidad, como antiguamente la tenía el hombre del saco o el mantequero. Otro compañero nos ha notificado que algunos familiares se colaban en su colegio y muchas veces estaban hasta cerca de las filas, haciendo caso omiso de la norma que recordaba que el alumnado entrara solo. Algunas madres se justificaban, diciendo que si el maestro tardaba, los niños no podían quedarse solos. Incluso en ese colegio se daba el caso más curioso que él había presenciado nunca. Algunos niños venían corriendo y solos hacia el colegio, mientras que las madres venían detrás a bastante distancia, charloteando entre ellas. Los niños pasaban a los patios de recreo y allí estaban charlando o jugando solos con los compañeros, mientras que las madres se quedaban charlando entre ellas en la entrada, en unos bancos. Cuando tocaba la música para formar las filas, entonces las madres iban al patio a ver entrar a sus hijos en fila. (Sin comentarios). ¿Qué queremos decir con todo esto? Pues, sencillamente, que en esta sociedad, que nos está obligando a la desconfianza y al enfrentamiento, a una sobreprotección de los hijos, a unos mecanismos afectivos que nos desequilibran a todos, es donde tenemos que recuperar el sentido del colegio, de lo colegiado, de la cooperación, que nos obliga a todos para ir construyendo, tanto con el quehacer individual como con el quehacer común, una nueva y confiada educación con optimismo, entusiasmo y alegría, que es tan necesaria para nuestra sociedad del siglo XXI. |
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