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Crónicas del otro Macondo  -Historias para ganarle al olvido-
Pacho Luis, el domador de la muerte

Cuentos y relatos globales. 11.09.16 
Escribe; Walter E.  Pimienta Jiménez .- Pacho Luis Pimienta es mi último hijo. Registra en todo su cuerpo noventa y cuatro tremendas e impresionantes cicatrices; cuarenta y siete de ellas en su cara,  necesariamente mostrables porque todas, desde la más pequeña hasta la más considerable, son visibles y palpables.
-Son  como rasguños de tigres, de leones, de panteras, de jaguares, papá- comenta en forma tan crédula y simple y se las toca siguiendo con sus dedos el recorrido de las más largas y protuberantes.
Según cuenta, noche tras noche, una nueva cicatriz a la luz de la luna y las estrellas.
Una de las heridas, afectó un poco el párpado de su ojo derecho; sus orejas están algo estropeadas en sus bordes. Otro corte, ya sanado, en forma de una incuestionable “c”, hace su anotación en el costado izquierdo de su cara; una más, amplia como una avenida, se confunde con la comisura de su boca  y en su diario de sufridos tormentos, a lo largo de su cuerpo, con peladuras ocasionadas con agua hirviendo, ha quedado la razón poética de sus salpicaduras de amor ardiente.
-Esta me la hizo “el Negro”, el hijo del viejo Francisco. La de acá, la hija de Dominga, “la Mocha”. La de la frente, “el Mono”, de la señora Rosa.

Conforme continúa refiriendo, cada atávica cicatriz es una experiencia y lleva oculta el apasionamiento amoroso que la causar por estar de vagabundo,  corriendo el riesgo de haber sido degollado o de probar el letal veneno que para él, alguien, sin éxito le preparara. Por todo ello, Pacho Luis Pimienta, mi último hijo, es un personaje de leyenda.

En su itinerario nocturno, en el sueño de mi sueño, veo a Pacho Luis en fiero combate exponiendo la vida al pulso de su fiebre de rabia agreste y salvaje…y al final de tres pesadillas iguales, lubricado de sangre por todas partes, con el milagro de volver vivo a casa, fijo trae  a cuestas las señales de guerra, de su guerra impugnante y entonces sólo alcanzo a decir: “De que buena raza está hecho mi hijo”…

En la cara de Pacho Luis, escrita con zarpazos de muerte está su azarosa historia y están plasmados también sus días de catástrofe. Algo felino en su mirada me habla de lo templado der sus nervios y, por lo tanto, con un repentino brote de ternura, le doy un abrazo de padre y curo con “sanubrol” sus aruñazos de martirio y destrucción.

En Pacho Luis, a cada momento, vive el milagro de la vida porque nadie como él ha vivido igualmente el milagro de la muerte ni ha visto correr tanta sangre de sus venas rotas, todo por culpa de las hembras,  las hembras de nadie y de todos…, las hembras de medianoche, las hembras de las sombras que le hacen perder la cordura, las hembras astutas que le vuelven vulnerable…

Después, cuando el vaho de su tragedia, a los cuatro días se extingue y empieza a correr por sus arterias la testosterona del amor, Pacho Luis vuelve a y sale a la calle sobrecogido en su fino vestido blanco Y negro… y se adueña de la oscuridad y con ojos que ven más que los míos, ahí va el domador de la muerte y con él, en cada paso prevenido, se agazapa la bestia mortal que lleva adentro.

Nadie podrá disputarle a Pacho Luis el dominio de sus hembras ganado  con la sangre de su sangre y el temblor de sus músculos de acero, fibra donde reside la razón de ser lo que es porque en su nombre tiene nombre propio su existencia: Pacho Luis…

Debo decir sin embargo que Pacho Luis, a pesar de todo, tiene algo de humano, lo pavoroso de sus cicatrices me dicen que ya nada le falta por vivir en este mundo que tuvo para él noventa y cuatro heridas de fallecimiento aferrado a su existencia por su último deseo de amor… sobreviviendo al espanto de  su propio drama, el de dejar por el mundo la prole de su raza tras el empeño satisfecho de su mordida alma y de sus restañadas suturas…

…Pero de esto, desde ayer,  ya nada es, no porque Pacho Luis esté muerto, no, no está muerto. Pacho Luis Pimienta, mi hijo, simplemente no hace ahora de las suyas porque fue capado…y manso y dócil y humilde de corazón ya no escribe con sus garras su nombre en la piel de otros gatos…

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