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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
“El hombre Malboro"*
Cuentos y relatos globales. 04.09.16 
Escribe; Walter E.  Pimienta Jiménez.- Al “Hombre Marlboro” le sobraba la sonrisa; no le faltaba…, pero de pronto eso hacía que uno lo mirara. Lo que sí no le sobraba era su mirada arrogante y segura: mirada de fumador. La dirigió al mismo punto en que la cámara con que le fotografiaron hizo “clic” y tras un truco  visual de luz y oscuridad, plasmándole en el papel, le volvió famoso.
“El Hombre Marlboro” parecía haber acabado de batirse a aplomo con otro hombre no Marlboro y, luego de darle muerte a éste, porque no fumaba Marlboro, como si nada hubiese ocurrido, tomaría su caballo y cabalgaría sin ámbito invitando a todo el mundo al placer de fumar Marlboro en lugar de marihuana.
“El Hombre Marlboro” no era sólo una simple  fotografía; era algo más…Todos lo conocían sin saber  cómo se llamaba…o, sí, sí sabían cómo se llamaba, se llamaba…”El Hombre Marlboro”, el que hacía que el mundo fumara lo que él sin pensar en el caos del cáncer, sin necesidad de caballo y sin pradera… ah…y sin cielo…Y su sonrisa no fue una sonrisa común y corriente; era un reto conmovedor de ceño arrugado y de sombrero para un sol de 48  horas… “Vive el mundo Marlboro”- decía y cómo persuadía su mensaje…
¡Qué arrogancia la que se gastaba “El Hombre Marlboro”!... Un silencio radical le envolvía y la pradera y el cielo azul de Far West le escondían de sus captores a los que desarmaba con sólo mirarles prendiendo un cigarrillo inacabable y sin ambages.
Había también en la mirada de “El Hombre Marlboro”, algo de cínico; los fumadores lo son desde que rompen el acuerdo legal de no fumar en todas partes y, desvergonzado, acorralan a uno a humo… y no hablan: fuman sin sentimentalismos…Y uno, indefenso ante ellos, incendiado por dentro, no encuentra palabras de queja narcotizado por unos ojos que, iguales a los de “El Hombre Marlboro”, nos hacen caer en la placidez indefinible de un cigarrillo como remedio de vida porque el mundo Marlboro también tiene el amargo dulce sabor del Marlboro…
“El Hombre Marlboro”, olía  a lo que debía oler: a Marlboro, tenía este olor pegado a su piel. Hacía  ya  mucho tiempo que lo traía encima… como si fuera su nombre…Y venía con él desde un mundo donde solamente se respiraba el olor a cigarros junto con el de la pólvora de los revólveres disparados al azar.
Al “Hombre Marlboro”, no le daba sueño,  lo perseguían las horas y no le alcanzaban; al contrario, le esperaban cansadas en la próxima cantina del Oeste Americano pero el día en que a estas se dirigía, desistía de hacerlo porque llovía y para él era todo un placer de dioses fumar bajo la lluvia intempestiva, gozando  con el calor del infierno en los labios…
“El Hombre Marlboro”, decorador de paisajes en su caballo, con cara de malandro, se quedó en el último comercial del sábado precipitando las horas en el galope de su caballo rumbo a la frontera conocida del sabor donde sin ley ni justicia doblegara  libertades y voluntades…y por eso, ya estando en pie, adelantado al nuevo día, lo primero que hacía era,  en un silencio grande y con rostro inexpresivo, aspirar a gozo el sabor del humo de su cigarrillo que le llegaba a cada vértebra y a cada hueso del alma consumiendo sus células vitales y socavando sus pulmones de piedra hechos con una arquitectura distinta  tallados en roca viva
Pienso que cuando “el Hombre Marlboro” hablaba, hablaba muy poco, pero lo suficiente para que quienes estaban cerca sintieran su vaho caliente encendido en su boca de dragón que se robaba el aire de la cantina donde pedía un wiski y con su presencia callaba la música…
Los de mi generación, “la generación del “hombre Malboro”, desprovistos de la elemental prevención que esto decía: “el cigarrillo es nocivo para la salud”, se entregó “al mundo Marlboro” como una norma de vida e hizo del jinete que fumaba, el símbolo histórico de que lo prohibido es lo más apetecido, subyugados por la voz grave y suave de Otto Greiffeinstein, no apta para anunciar alarmantes  bombardeos sino sensaciones capaces de abrir el apetito.
Ignoro desde cuando no sale ahora “el Hombre Marlboro” en la televisión y si su colorido comercial fue suspendido; pero, igual, él sigue incorporado a la costumbre ciudadana de quienes fuman llevados por la nostalgia de su fondo musical oloroso a faena de sudor y a tierra trillada por el ganado y diciéndose para sí: “quien vive sin fumar, no merece vivir”…
*A Pepe Sánchez, fumador irredento.
Walter53pimienta@hotmail.com
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