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Bendiciones
(Religión aparte XLII)

Jose Maria Barrionuevo Gil. 03.09.16 
De siempre sabemos que “bendecir” es decir bien, hablar bien de una persona o de un objeto. "Los cielos cantan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. La tierra esta llena de la gloria de Dios" (Salmo 19:1). Incluso hemos podido saber que “bendecir” también se une al verbo “alabar”, como es el caso de la canción que se dedica a “La Pilarica”: “Bendita y alabada sea la hora...”. En este caso lo que se bendice es el tiempo, la hora, el día, el momento. Sin embargo, podemos decir que bendecir un objeto es consagrarlo al servicio de Dios y ponerlo así en disposición de utilizarlo para el bienestar en la vida espiritual. De  esta manera, Dios bendijo a los patriarcas y los patriarcas bendecían a sus hijos. La bendición es  una práctica corriente en la Iglesia. Era Jesús el que ponía sus manos sobre las cabezas de los niños y también bendijo objetos, como el pan antes de la multiplicación, así como el pan y el vino en la última cena, y también en el episodio de Emaús (Luc. 24, 30), como ya sabemos.       

Sólo Dios puede bendecir  a los fieles y los objetos, por ser el creador del mundo. Esta facultad ha pasado a sus ministros, si bien podemos considerar dos clases de bendiciones: una, la que concede un cierto carácter sagrado (consagración) a los objetos, lugares y personas, que dejan de pertenecer a la vida y uso corriente, como son los vasos sagrados, los altares, las iglesias, las personas... y, por otro lado, la que otorga cierto reconocimiento religioso, sin que las personas, objetos... dejen   de seguir manteniendo su uso profano, como sucede con el agua bendita, los cirios bendecidos y los fieles al final de la misa.   
                                                                                                                                                  
Según tenemos entendido, en el sacramento del Matrimonio, el sacerdote es sólo un testigo que da la bendición al amor de los contrayentes. Esta bendición es un apoyo espiritual, si queremos, pero que tiene el valor de un reconocimiento. Más o menos es un aval que se le concede a una pareja delante de una comunidad. Aquí ha saltado la polémica, cuando un cura de la localidad de Onda ha bendecido, en la Iglesia de San Bartolomé, el pasado día 30 de julio, el matrimonio entre dos mujeres, que se habían casado de manera civil días antes. El sacerdote, en su defensa, ha declarado que "conocía a Carmen y Lucía desde hacía mucho tiempo y les tiene un gran cariño, motivo por el cual simplemente quiso celebrar el amor que le tienen a Dios y el amor que existe entre ellas". El Obispado de Segorbe-Castellón ha expedientado a este sacerdote, porque "contradice gravemente la doctrina de la Iglesia". Dicho párroco, según refleja el comunicado del Obispado, "ha reconocido ante el Obispo el grave error de su actuación, que estuvo motivado por una aplicación errónea de la misericordia al no haber distinguido la acogida y acompañamiento pastoral de las personas, de una parte, y, de otra parte, la aparente aprobación de una unión que la Iglesia no puede aprobar".  Por lo visto no interpretó debidamente algunas declaraciones del Papa.            

La ciudadanía civil, que sigue un proceso de educación largo y lento de sus religiones, se da cuenta de que la propia religión sabe distinguir lo que le es propio y lo que le es ajeno, porque no es lo mismo bendecir una pareja heterosexual que una homosexual, ya que ésta está solo protegida por las leyes civiles. Aquí vemos con claridad que la religión, motu proprio, quiere quedar aparte sin que nadie se lo diga. Sabe muy bien la religión que unas conductas son consideradas pecados, pero  per se no constituyen delito alguno; lo mismo que se dan también conductas que son faltas o delitos y no se consideran pecados. No ir a misa o callar algún pecado en la confesión pueden ser pecado, pero no son delitos. Blanquear dinero o fugarse de la cárcel no son pecados, pero pueden ser delitos.     

Ahora, ya podemos hablar de las bendiciones del Papa urbi et orbi, con las que, sin querer, bendice a todo el mundo, sean creyentes o no, o de las bendiciones de los sacerdotes al final de las misas que pueden acoger a personas religiosas que pueden estar divorciadas y que han acordado una junterita decente. No hablamos de las  bendiciones a sucursales bancarias, equipos de fútbol, supermercados... (muy cristianos  todos). No queremos hablar de las bendiciones a los ejércitos y a las armas, porque ya nos parece que es agua pasada, porque como decía san Pablo: “la espada es la palabra de Dios”, aunque después del apóstol “la cruz y la espada” hayan cabalgado juntas por demasiado tiempo. Por tanto, religión aparte, porque ya no lo decimos solamente nosotros.

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