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Populismo y popularismo
Jose Maria Barrionuevo Gil. 07.08.16 
De entrada nos llaman la atención muchas cuestiones que parecen pertenecer sólo a la lengua, al idioma. La lengua suele ser una cultura en sí misma y, cuando se constituye durante el largo tiempo que necesita, no sólo llega a distinguir unas cosas de otras, sino que también se presta, por el poder social al que sirve, a hacer discriminaciones sociales nada inocentes ni gratuitas. Hasta nuestros días llegan los varetazos de una doble vara de medir, como se ve en la asimetría de trato hacia hombres y mujeres, en la que la mujer sale siempre malparada. La lengua es una puerta que se abre y se cierra sobre unos goznes duraderos. Además está en manos de unos centinelas que exigen el santo y seña a toda novedad que se presente. El pueblo romano, que construyó un gran Imperio, dejó esparcida su influencia lingüística por todos los pueblos más o menos ribereños del “Mare Nostrum”. Así nosotros, sin muchas molestias podíamos hablar de los romanos, germanos, hispanos, rumanos, cristianos, paganos (aldeanos), mahometanos... Sin embargo, este trato lingúístico equivalente, a la vez que cercano, nos facilitaba una cierta armonía en nuestras relaciones vecinales. Había una posibilidad de respeto y de acuerdo. Nadie ofendía ni se tenía que sentir ofendido. Posteriormente, con las filosofías, religiones y ciencias hay un prurito intelectual que tiende a delimitar y acotar  los distintos saberes. Así podemos ver, según nuestro criterio, que a partir de la toma de conciencia de nuestros supuestos principios, filosóficos fundamentalmente, se denomina a una doctrina con una palabra que termina en “-ismo” y a sus seguidores, con “-istas”. 
Con el tiempo, cuando la vecindad se vuelve incómoda, la lengua resalta las diferencias, y se da una deriva hacia formas verbales que encastillan a los propios y encasillan a los demás.
Cuando vemos que en la historia ha habido tratos discriminatorios y discriminantes, nos da que pensar que algo está pasando. Así se llaman islamistas a los que siguen el islamismo, y no cristianistas a los que siguen el cristianismo. Estos juegos nos muestran que puede haber una matriz que tiene más consideración con lo que nos es propio que con lo que nos resulta ajeno o diferente.
En estos últimos tiempos las palabras terminadas en “-ista” se han llevado la palma y no de gloria. La carga despectiva de algunas palabras, como sofista, antiguamente, y marxista, comunista, socialista, anarquista..., ahora, es evidente, sobre todo bajo el punto de mira de una sociedad demasiado tradicional y conservadora, precisamente, cuando la mayoría de las personas no tenían nada que conservar, porque se trataba de una sociedad alienada por un patriotismo, irredento donde los haya, y que ha soportado e ignorado que sus próceres le estaban comiendo el coco y le ocultaban hasta dónde asumían el patriotismo, la legalidad, la religiosidad, en suma, la tradición.
Es interesante lo que nos contó un amigo, que un día iba de copiloto en el coche de un amigo suyo, ya mayor. Sucedió que un taxista le adelantó un poco forzado y el señor mayor soltó con tono despectivo: “¡Taxista!”. Mi amigo le preguntó que por qué lo había  dicho con ese tono. El conductor le dijo que días antes otro taxista  también le había hecho una pirula parecida. Nos parece que hay un inconsciente colectivo que nos maneja la lengua y los decires sin que nos demos cuenta.
En este ambiente, el que los socialistas hayan espoleado la palabra “socialistas” en sus banderas, quizá para que nadie les diga que a su sigla le sobran dos letras, parece ser que no ha sido buena idea. Más arte han tenido los del PP, mostrándose como “Populares”. Pero es hora de aclarar términos. Si a los de izquierda se les llama “populistas”, a los del PP hay que decirle “popularistas”, para poder saborear el almíbar de la lengua. Por otro lado “populero” no cabe y “populachero”, sí. De “extremistas” los dos están más que muy bien servidos. Aquí sobra que Felipe apoye a Rajoy, “aunque no se lo merezca”, porque rompe la “ley de la meritocracia” tan “agasajada” por los del PP.
Cuando hablamos de “populismo” y “popularismo” queremos expresar  que los dos son no sólo dos modos de atender y servir al pueblo, sino que además son dos modos muy distintos de desatender las necesidades de las personas, IVA incluido, que con gran dosis de confianza, han delegado en sus políticos algo más que su bienestar no sólo personal, sino, sobre todo, social.
Lo que ha hecho el “popularismo” del PP está a la vista, menos “alguna que otra cosa” que aún nos queda a todos por “ver”.  Lo que pueda hacer el “populismo” está por ver y, además, también tenemos derecho a que se inaugure la responsabilidad de toda la izquierda para poder verlo. 
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