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Pero el tiempo no es justo
Jose Maria Barrionuevo Gil. 17.07.16 
Ahora que el templado tiempo nos pone a hervir las neuronas, también se escucha, de vez en cuando, que “el tiempo pone a cada uno en su lugar”. El tiempo, que no cesa en su acostumbrado dinamismo, no para de traernos día  a día, esa acostumbrada esperanza de que el tiempo se encarga de hacer justicia. La dificultad para poder creernos que la justicia está en manos del tiempo, nos viene constantemente, por lo que vemos, de la lentitud de la justicia y del archivo de causas, que pasan “a dormir el sueño de los justos”, y precisamente estando sedientas de justicia.
Nos suele pasar también que amigos, que conservan además de esperanza una fe ciega en la justicia, nos la defienden diciendo que “es imposible que con todas las tropelías, sobre todo, políticas, amén de económicas, que están saliendo, es imposible que no les llegue el correspondiente castigo” de la justicia, de esa señora vendada, que no vendida, y con espada y que tiene su flamante balanza siempre dispuesta para pasar revista.
La verdad es que la gente del pueblo, como nosotros, nos hemos acostumbrados a considerar que los que ostentan algún cargo, por ello mismo, ya se les supone una preparación y una honestidad, de suyo, solamente inducidas por nosotros de antemano. Ya en tiempos de Luis XIV, rey de Francia, se pensaba que con el nombramiento otorgado por el Rey ya iban aparejados el valer y la competencia personal. Hoy sabemos del efecto halo, que no es más que un prejuicio cognitivo que nos hace ver lo que no hay y donde no hay. Este prejuicio cognitivo es el producto de “la voz del amo”, que, al parecer, el común de los mortales acepta por una tradición un tanto patriarcal, que viene rodando por todos los siglos y que se constituye como algo inamovible.
    Más de una vez, hemos sido testigos de que gente maravillosa ha tenido poco tiempo para seguir entre nosotros, mientras que otra gente sin empatía ninguna nos han seguido fastidiando demasiado tiempo y encima se han ido de rositas. Demasiadas veces podemos ver que el poder está asistido de grandes dosis, no solo de falsedad, sino también de crueldad.
    Basta con mirar alrededor, tanto a los lados como arriba y abajo, y darnos cuenta de que el tiempo pasa y nos pasa muchas veces por encima, como una apisonadora, aunque no nos dañe materialmente. Sin embargo, el tiempo se nos hace resbaladizo, se nos va como un pez y nos distrae con cositas de menor calibre, que nos hace no atender a grandes e importantes sucesos que se nos acercan desde los cuatro puntos cardinales. Incluso nos podemos sentir asediados, pero se nos escapan casos importantes, porque se han ido orillando o quedando atrás. Si en un momento dado nos acordamos, o nos recuerdan, casos importantes de corrupción política, como ha pasado con el tema del “Trío de las Azores” (que entre otras cosas se tenía que sentir más azorado que nadie) y su decidida Guerra de Irak, es entonces cuando saltamos y soltamos a los cuatro vientos que una acción tan grave y tratada con tanta superficialidad, como una caprichosa e interesada guerra, no puede quedar impune.
    Cuando hemos visto que la impunidad se ha paseado descaradamente, desde el final de la Segunda Guerra mundial y su juicios de Nuremberg en Alemania, es de obligado cumplimiento el no dejar en el olvido tantas invasiones, secuestros, muertes, guerras... muchas veces en nombre de una “justicia infinita” defendida, prácticamente en solitario, por el gendarme universal. Ni la justicia ni el tiempo, en estas circunstancias, pueden dormirse, inertes,  eternamente; sin embargo nos parece que, a veces,  se les concede demasiada confianza.
    Si, los otros días, teníamos que casi canonizar a la vida, porque no era injusta, hoy tendremos que apuntar en nuestra agenda que, a nuestro parecer, en la agenda del tiempo no está  contemplado el servicio de la Justicia a “tiempo completo”.
    Los deseos de justicia no pueden dedicarse solamente a pasearse por nuestras, con razón, encendidas y clarividentes mentes, sino también a correr de boca en boca, hasta que quede defenestrada de la Historia la inerte voz de su amo. Ahora, ya va siendo hora de que ayudemos al tiempo a ponernos al día en tantas y tan graves decisiones y empresas injustas que nos empujan a no remediar nada y sí a multiplicar el dolor y la muerte. Es hora de que no sea solamente  proverbial el deseo, poco constante y poco consistente, de que “el tiempo pone a cada uno en su sitio”.

José Mª
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