Aquello era un batiburrillo. Daba igual lo que preguntara: él contestaba lo que le salía del entrecejo sin mayor empacho ni disimulo. Las caras de los preguntantes eran verdaderos poemas de incredulidad, pero al presidente se la sudaba. El había ido allí a dar su discurso y lo dió.
Salió cabreado el pamplonica que le sacó los colores con el café-achicoria de a 0,80 de los tiempos de su abuelo. Le sacó los colores el joven que tras aburrirse como una ostra con la tediosa explicación que el presi le disertó sobre la vivienda, le increpó algo así como: "todo eso está muy bien, pero con ello no me compro una casa". Mal lo pasé cuando le preguntaron sobre la postura del PSOE en Navarra y respondió con el siempre ambiguo e insultante para la inteligencia: "Navarra será lo que quieran los navarros". Pero cuando sentí vergüenza ajena fué cuando aquella joven le dijo dulce y suavemente algo así como: "soy del PSOE y usted me ha fallado. No ha cubierto las expectativas que nos prometió al llegar a la presidencia".
Reconozco que hay que estar hecho de una madera especial para aguantar de pie y sin marearse semejantes bofetadas, especie de hostiazos que el pueblo llano le daba sin contemplaciones, y salir de rositas enrollándose sobre el sexo de los ángeles y pasar a otra cuestión como si la anterior no le afectara.
Me aburrí soberanamente. Y me quedé con la sensación de que ese señor que tenía delante con las manos juntitas tipo obispo de Roma para que te acuerdes toma, me estaba engañando como un chino.
¡Un chino!. ¡Claro!. Aquello fué una tienda de chinos, en la que hay de todo, pero en la que lo que no es falso es inconsistente, de mala calidad ó sólo sirve como remedio temporal. Claro... el presidente era el chino que nos vendía su mercancía barata a 0,80, un batiburrillo de ideas desconexas que valían lo mismo para defender la salida de Irak que la masiva entrada en Afganistán, pasando de puntillas sobre los temas más peleagudos como De Juana ó su amigo Otegui, sin aclarar para nada las preguntas de los ciudadanos.
Respondió poco... y mal. Hasta el propio presentador le tuvo que llamar la atención porque se estaba enrollando como las persianas agotando el tiempo en disquisiciones mentales para no tener que contestar a preguntas indiscretas.
Humo. Mucho humo vendió ayer nuestro presidente. Pero hasta el humo tiene olores. Y su humo atufaba. No sé si a usted les convenció. A mí... no. Y créanse una cosa: si me llega a gustar, a "convencer" no ya en las ideas sino incluso en las formas e intenciones, les aseguro que lo diría. No se me caen los anillos. Pero no fué así. Como con los trileros, nunca llegaba a averiguar dónde estaba la pelotita de sus respuestas a las preguntas que se le hacían.
Habrá que esperar a don Rajoy y sus asesores de imagen. Tendrá que ser más conciso, responder a lo que se le pregunta y no irse por las ramas si quire convencernos de algo. Y sobre todo, que no cometa una torpeza del calibre del café a 0,80. Puedo prometer y prometo, que a partir del momento que se me pasó la risa de la gracieta cafeteril del presidente, dejó de interesarme todo lo que dijera: Esa persona que teníamos delante estaba, sencillamente... en la más pura inopia. |