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La salud o el difícil camino de la comprensión

Adriana Ruiz Díaz. 22.03.07 

Estoy pasando un tiempo de búsqueda sobre diferentes maneras de acercarse a los métodos para mantener o recuperar, un estado de salud y equilibrio, y he encontrado algunas cosas que me gustaría compartir con quienes puedan necesitarlo o estén interesados en valorar el tema con una aproximación distinta a la convencional. Cuando el cuerpo funciona correctamente damos por hecho que ha de ser así, no le prestamos atención, no valoramos el estado de bienestar que nos proporciona algo semejante y con bastante frecuencia le pedimos demasiado, o lo intoxicamos demasiado, o abusamos de él de múltiples maneras. Pero un día aparece una voz de alarma, algo no funciona y nos avisa.

Primero es fácil pensar que pasará pronto, seguramente las cosas vuelvan a su cauce por sí mismas, y si sucede, que no es cierto, nos presentamos en la consulta del médico. Después comienzan a sucederse las consultas a urgencias, el paso por el hospital, los remedios de toda clase, los diagnósticos en los que nadie consigue ponerse de acuerdo, y en ocasiones, un dolor intratable que no cesa, convirtiendo nuestros días y nuestras noches en un infierno.

A estas alturas es difícil no ver el dolor como un enemigo, difícil igualmente comprender que pone de manifiesto, y difícil saber, sobre qué cosas está reclamando atención con grandes campanadas.

Personalmente no me resigno a ser un mero “paciente”, a no tener nada que ver en este asunto, a dejarme llevar, o a considerarme una víctima más del destino. Esa me parece la mejor forma de terminar en un quirófano, sobre una mesa de operaciones para una intervención siempre cruenta, de cirugía experimental o exploratoria de dudoso éxito. Y todo ello tras haber intoxicado el organismo durante meses con tratamientos varios sin resultado alguno. Prefiero suponer que si algo se quiebra en lo físico, debe de haberse quebrado mucho antes en el interior. Tener un cierto control sobre la situación, puede ser un gran estímulo, y ayuda a no desesperarse.

Leo sobre muchas teorías, rebusco en las estanterías de mi biblioteca un  libro que leí hace tiempo: “La enfermedad como camino” de Thorwald dethlefsen y Rüdiger Dahlke. Encuentro que tal vez pueda andar los pasos de la comprensión de qué sucede, y por ende recuperar el estado de armonía que denota la salud. El síntoma no es el enemigo, es la llamada de atención, aquello que nos obliga a pararnos forzosamente y a que estemos pendientes de él.

Dicen los autores “NO HAY NADA QUE CAMBIAR O MEJORAR COMO NO SEA LA PROPIA VISIÓN”. Cuando se produce un desajuste entre aquello que deseamos, decimos y hacemos, perdemos la sincronía y en el peor de los casos sobreviene un proceso que denominamos enfermedad. A pesar de su formación médica, poco caso hacen los autores a virus, bacterias, accidentes y mecanismos varios de perder la salud. Para ellos la respuesta está en nosotros y es tan alta nuestra resistencia al cambio, que en muchos casos, preferimos morir a sanar.

Todos conocemos lo que supone “estar hasta las narices” y lo abiertamente que lo demuestra un resfriado o una gripe, la enfermedad nos permite y nos obliga a ser sinceros, toserle a todo el mundo, mostrar un malestar reprimido de forma abierta. Y sí, ahí están los virus, pero a unos ni los tocan mientras otros pescan un resfriado cada mes. Así que hay algunas preguntas que hacerse, sé por mi familia, que los pulmones son extremadamente sensibles a la tristeza y la melancolía, aprendí hace tiempo que los riñones reflejan nuestros miedos, no les gusta el frío y se enferman con todo aquello que no conseguimos filtrar y finalmente depurar tanto dentro como fuera de nosotros. Y si la sangre “se quema”, no es fácil pero sí posible, que la sigan los riñones o el corazón. El hígado, nuestro gran laboratorio químico, convierte a la vesícula biliar en una cantera bajo la presión de la ira y de la amargura, y el estómago, de todos es sabido cuanto le afectan las preocupaciones… El stress pone en nuestro torrente sanguíneo, una corriente de hormonas que a cada uno afectarán de manera distinta.

Hoy se sabe que el cerebro no distingue entre un recuerdo y un sueño, entre una imagen vista por televisión y la realidad, y que formamos moléculas y segregamos enzimas que obedecen a nuestros pensamientos. No es de extrañar entonces que nuestro sistema inmunológico ande por los suelos o con todas las baterías y alarmas de defensa en estado de guerra.

Hay un momento para cada cosa y la muerte está en nuestro itinerario, pero no ser víctima, sino responsable de aquello que está sucediendo dentro de nosotros, nos concede una pausa para contemplar la enfermedad desde otro ángulo, tal vez revertirla y si no es posible, aceptar una vida diferente, con un cierto número de limitaciones, o incluso mirar con tranquilidad la propia muerte.

Los autores del libro nos invitan a hacernos preguntas, cada cual conoce en su interior la manera más certera de hacerlas o de eludirlas. Todos tenemos frentes abiertos en nuestra vida, viejas heridas y cicatrices, trincheras y barricadas, zonas minadas y campos de batalla de los que somos más o menos conscientes. Traerlos a la conciencia puede resultar doloroso, pero sin ese trabajo el conflicto seguirá latente y seguirá manifestándose una y otra vez de maneras diversas, incluso aunque hayamos conseguido suprimir los síntomas que nos aquejan.

Las primeras  preguntas tienen que ver con la identificación del mal:
¿Qué me sucede?
¿Cuál es el síntoma?
Lo siguiente sería indagar qué es lo que sucede por dentro.
¿Cuáles son mis pensamientos?
¿A qué tengo miedo?
¿Cuáles son mis emociones y hábitos frecuentes?
¿Por qué tengo una adicción a ellos y permito que se repitan aunque me hagan daño?
¿Qué me aportan?
¿Por qué no encuentro el valor de prescindir de ellos?
 A continuación identificamos qué sucede fuera.
¿Qué estoy haciendo que no deseo hacer?
¿Qué desearía hacer que estoy reprimiendo?
¿A que debería decir “NO” y sin embargo estoy permitiendo?
¿Por qué mantengo relaciones nefastas?
Por último volvemos al síntoma de la enfermedad.
¿Qué me impide este síntoma?
¿Qué me impone?
¿De qué me defiende?
¿Qué obtengo gracias a él? ¿Qué precio estoy pagando por ello? Y por último: ¿Podría conseguirlo de  algún otro modo?
Imprescindible escribir las respuestas para que nuestra conciencia las asuma.
Éstas son mis preguntas, algunas las he encontrado en el libro y en otros escritos. Cada uno puede formular las suyas y seguramente dentro de sí y de manera atropellada encuentre que subyacen todas las respuestas. Tal vez no le sorprenda lo que averigüe, pero traer a la realidad consciente las palabras escondidas, puede ser útil. A veces encontraremos las respuestas, sabremos lo que le ocurre, pero no encontraremos la vía de salida ni la forma de evitar el conflicto. Entonces no ha acabado el proceso, requerirá introspección y paciencia, y a su debido tiempo, encontraremos la salida del aparente laberinto.

Si finalmente lo hemos conseguido o no, quedará  por ver, pero al menos habremos aumentado el conocimiento sobre nosotros mismos y la comprensión de quiénes somos. Hay otras muchas teorías, vidas pasadas, traumas infantiles o perinatales etc. Habrá casos en los que será útil investigar otras vías. Ésta es para quienes consideren que son responsables de lo que les sucede y quieran encontrar forma de enfrentarse a ello.
La curación nos lleva a recuperar un estado de equilibrio y no es ajeno a nosotros, ni a las cosas que sentimos, vemos y pensamos.

• Otro libro de Rüdiger Dahlke  “Aprender por el dolor o la comprensión. El mensaje curativo del alma”.
• Sumamente interesantes resultan “Curación cuántica”  y “Vida  incondicional” de Deepak Chopra.

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