Señor Ayala: resulta gracioso que felicite al señor Antonio Barba por un escrito donde me defiende, y me vuelva a criticar a mí, que no he movido ficha, y que contesté a sus furibundos ataques sobre el modelo talibán- catolicista, simplemente aportándole información suplementaría de las nuevas disposiciones doctrinales de la Santa Sede. Lo hice con honestidad, sin responder a sus insultos, y exponiéndome más de lo necesario mostrándome hasta cierto punto vulnerable. |
Cuando escribo, procuro hacerlo con elegancia, aunque usted de por supuesto que carezco de ella, y me guardo mucho de insultar a nadie. Las lenguas se sueltan con facilidad, pero lo que aquí contamos, al contrario de lo que se dice sucede con las palabras, no se lo lleva el viento. Con el tiempo, cada uno se pone en su lugar sin demasiada necesidad de que lo haga nadie. Lo escrito, escrito está, ahí están nuestros archivos para quién lo ponga en duda.
Comprendo que no le guste, por el “daño irreparable a la imagen”, que yo supongo mínimo, pueda hacerle a algún miembro de su partido, pero ha de saber una cosa; yo no soy ningún político, no persigo ningún cargo, por lo tanto no tengo ninguna necesidad de mentir, y nunca lo hago. Comencé a escribir defendiendo unos árboles y sigo en ello, tal vez porque cada día los veo y me gustaría pensar que van a seguir ahí. Si los de su partido no se hubieran empeñado en arrancarlos, tal vez yo nunca me habría acordado siquiera, de que existía este medio como tribuna pública, y a estas alturas, tampoco existirían esas más de mil firmas, que parecen incordiarles bastante en vísperas electorales.
Yo le invito a que se de un paseo por la avenida Miguel Lacha y los vea, los que están decapitados eran tan hermosos como los que aún permanecen enteros, pero no supe reaccionar a tiempo o no sabía como hacerlo. Siguen sin estar a salvo, así que usted que se mueve por la causa de otros seres vivos y tiene acceso a las “altas esferas” de este pueblo, podría preguntar la razón de semejante atropello, y si le parece incluso, intentar hacer algo a favor de que esos árboles permanezcan donde están.
A pesar de las palabras que me dirige, le supongo un caballero señor Ayala, haga lo que crea correcto, pero por favor, no se deje azuzar. Por último, agradezco esas otras palabras del señor Barba. Al menos usted Sr. Barba, ha hecho una lectura correcta de mi escrito. |