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AL SEÑOR AYALA: últimas disposiciones doctrinales de la Santa Sede

Adriana Ruiz Díaz. 16.03.07 

Me alegro señor Ayala de que le parezcan hitleriana y nazi la idea de que se aplique a los católicos los recortes de libertades civiles que su Sumo Pontífice propone para todos nosotros, católicos o no, usted incluido. Pero se equivoca en el blanco, mi opinión es insignificante y no tiene influencia alguna, así que manifestándola no heriré gravemente a nadie, ni ningún partido político recogerá mis ideas enarbolándolas como estandarte. Que lo haga el Papa, que influye en un enorme sector social en el mundo entero, le aseguro que es bastante más grave.

Le dejo aquí para que se informe, por si no las conocía, las últimas disposiciones doctrinales de la Santa Sede,léalas si le interesa, y luego piense nuevamente, a quién califica de nazi.
No me gusta lo que hace y además le confieso que me hace daño. Dejaré de escribir en este medio durante un tiempo, salvo en los temas que afecten a este pueblo y a la urbanización de Pinos.
 Mi salud tampoco es envidiable en los últimos meses, demasiadas noches de insomnio y dolor pasadas delante de este ordenador, creo que usted sabe de que hablo. Me dedicaré a mi vieja afición de siempre por la lectura, los libros son mucho más gratificantes y pacientes, no te atacan, y si te ofenden, basta con cerrarlos.

Contra el "pluralismo ético"
Para el Vaticano, el aborto o las bodas entre personas del mismo sexo "no son negociables"
El último sínodo de los obispos, la más trascendental de las asambleas católicas "regulares" (los concilios son algo muy excepcional), se celebró en Roma en octubre de 2005. Fue el último sínodo presidido por Juan Pablo II. Las aportaciones de 256 obispos de todo el mundo se "destilaron" durante año y medio y fueron publicadas ayer en una exhortación papal titulada Sacramentum Caritatis (El sacramento de la caridad). Eran 131 páginas que suponían un trabajo colectivo, pero reflejaban claramente la personalidad y los objetivos del pontificado de Benedicto XVI, menos místico que el de su antecesor Juan Pablo II. El nuevo Papa es más filosófico y, en ese sentido, más "político".
La eucaristía constituye el eje central del texto, que se extiende a numerosas cuestiones doctrinales, pastorales y litúrgicas. Llama la atención, sin embargo, el énfasis en cuestiones políticas de relevancia muy europea. La distinción de facto entre la conciencia privada y las cuestiones públicas, que tras el Concilio Vaticano II permitió que numerosos países de la esfera católica legislaran sobre divorcio y aborto, es considerada incoherente por el Vaticano. El culto a Dios, dice el Papa, "nunca es un acto meramente privado: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe".
Ése es un mensaje dirigido directamente a la clase política italiana, que discute sobre la posible regularización de las parejas de hecho, y a los parlamentos de los países socialmente más permisivos. Como España. No hay ninguna novedad doctrinal, pero es nuevo el tono. Los términos utilizados por el Osservatore Romano, el diario oficial del Vaticano, para condenar una manifestación realizada el sábado en Roma a favor de la ley de las parejas de hecho, son una prueba adicional de la virulencia con la que la actual Administración católica se propone librar las batallas que considera irrenunciables. El diario vaticano habló de "discutible mascarada", "exhibición histérica" y "carnavalada". Son palabras más propias de la prensa popular que del órgano oficial del catolicismo.
Lo que más irritó al Vaticano fue la visible presencia de homosexuales en la manifestación. El editorialista del Osservatore consideró que esa presencia probaba que cualquier ley sobre parejas al margen del matrimonio canónico era, en realidad, un punto de partida para los matrimonios homosexuales. El cardenal Angelo Scola, a quien correspondió presentar ayer la exhortación papal, se esforzó en asegurar que no existía en la Iglesia "ninguna fobia contra los homosexuales". Y subrayó que las continuas declaraciones de los obispos en contra del proyecto italiano sobre parejas de hecho no constituían "una injerencia política", sino "una obligación magisterial".
La exhortación Sacramentum Caritatis se ajusta al espíritu programático del pontificado. El Papa considera que décadas de laxitud católica han permitido la promulgación de leyes "socialmente corrosivas", y exige un cierre de filas. Quiere que la Iglesia no se defina por el número de fieles más o menos teóricos, sino por la calidad, concienciación y activismo de los mismos. Para él, el catolicismo debe reflejarse de la misma forma en el silencio de la reflexión previa a la eucaristía y en el fragor de los debates públicos. El término "innegociable", aplicado a cuestiones como el aborto, la eutanasia, el divorcio, las uniones homosexuales o la enseñanza católica, resulta significativo.
El cierre de filas va unido a un cierto repliegue hacia valores preconciliares, como la misa en latín y el canto gregoriano, preferibles, según la exhortación, a las misas en lengua local y a los acompañamientos musicales más o menos modernos. El recordatorio de que los católicos divorciados y casados de nuevo no pueden recibir la eucaristía, y deben esforzarse en compensar su situación irregular con "penitencias y obras de caridad", complementa un cuadro a la vez regresivo y, en un sentido político, "revolucionario.

Nota Doctrinal de la Santa Sede:
Los fieles laicos no pueden renunciar a su participación en política
• Documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe afirma que la participación democrática se debe fundar en el respeto a la persona y aclara que los cristianos están llamados a disentir de una concepción del pluralismo en clave de relativismo moral, que resulta nociva para la democracia.
• Afirma la Nota que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto un programa político o una ley que contenga propuestas contrarias a la fe y la moral.
La Santa Sede afirmó hoy que las actuales sociedades democráticas exigen nuevas y más amplias formas de participación en la vida pública por parte de los ciudadanos, y reiteró la enseñanza conciliar en el sentido de que los fieles laicos no pueden renunciar a este llamado.
En un documento titulado "Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política" y dirigido a los obispos, a los políticos católicos y a todos los laicos llamados a la participación en la vida pública y política, la Congregación para la Doctrina de la Fe sostiene que todos pueden contribuir por medio del voto a la elección de los legisladores y gobernantes y, a través de varios modos, a la formación de las orientaciones políticas y las opciones legislativas que, según ellos, favorecen mayormente el bien común.
La Nota Doctrinal recoge la enseñanza del Concilio Vaticano II en el sentido de que los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política.
Pluralismo y relativismo cultural
Señala el documento pontificio que la sociedad civil se encuentra hoy amenazada por un cierto relativismo cultural, que se hace evidente en la teorización y defensa de un pluralismo ético, que determina la decadencia y disolución de la razón y los principios de la ley moral natural, y que muchas veces se presenta como condición de posibilidad de la democracia.
Precisa la Nota Doctrinal que esta concepción relativista del pluralismo no tiene nada que ver con la legítima libertad de los ciudadanos católicos de elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la ley moral natural, aquella que, según el propio criterio, se conforma mejor a las exigencias del bien común.
Aclara que, si bien no es tarea de la Iglesia formular soluciones concretas -y menos todavía soluciones únicas- para cuestiones temporales, que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de cada uno, la Iglesia tiene el derecho y el deber de pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe o la ley moral.
Y agrega: "Si el cristiano debe "reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales", también está llamado a disentir de una concepción del pluralismo en clave de relativismo moral, nociva para la misma vida democrática, pues ésta tiene necesidad de fundamentos verdaderos y sólidos, esto es, de principios éticos que, por su naturaleza y papel fundacional de la vida social, no son "negociables".

Militancia política
Según la Nota Doctrinal, la vía de la democracia, aunque sin duda expresa mejor la participación directa de los ciudadanos en las opciones políticas, sólo se hace posible en la medida en que se funda sobre una recta concepción de la persona.
Los católicos tienen el derecho y el deber de intervenir para recordar el sentido más profundo de la vida y la responsabilidad que todos tienen ante ella, señala el documento, y recuerda que el Santo Padre ha reiterado muchas veces que quienes se comprometen directamente en la acción legislativa tienen la "precisa obligación de oponerse" a toda ley que atente contra la vida humana. Agrega que para ellos, como para todo católico, vale la imposibilidad de participar en campañas de opinión a favor de semejantes leyes, y a ninguno de ellos les está permitido apoyarlas con el propio voto.
Manifiesta el documento que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Y como las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no considera lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la totalidad de la doctrina católica.
Los "grandes temas"

Precisa que ante exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, propone insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano.
Frente a las leyes modernas sobre el divorcio, la Nota Doctrinal afirma que deben ser salvaguardadas la tutela y promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad. Explicita que a la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuánto tales, reconocimiento legal.
Insiste, asimismo, en la libertad de los padres en la educación de sus hijos como un derecho inalienable. Aboga, además, por la tutela social de los menores y en la liberación de las víctimas de modernas formas de esclavitud, como la droga y la explotación de la prostitución.
Menciona también el derecho a la libertad religiosa y el desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, en el respeto de la justicia social, del principio de solidaridad humana y de subsidiariedad que reconoce, promueve y respeta los derechos de las personas, las familias y las asociaciones.
Subraya, en este elenco, el gran tema de la paz. Recuerda que la paz es siempre obra de la justicia y efecto de la caridad; exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política.
La misión de los laicos
La Congregación para la Doctrina de la Fe manifiesta que, si bien es lícito pensar en la utilización de una pluralidad de metodologías que reflejen sensibilidades y culturas diferentes, ningún fiel puede apelar al principio del pluralismo y autonomía de los laicos en política, para favorecer soluciones que comprometan o menoscaben la salvaguardia de las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad.
También incorpora una clarificación sobre la frecuente referencia a la "laicidad" que debería guiar el compromiso de los católicos. En este sentido, aclara que la promoción en conciencia del bien común de la sociedad política no tiene nada qué ver con la "confesionalidad" o la intolerancia religiosa.
Afirma que para la doctrina moral católica, la laicidad, entendida como autonomía de la esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica -nunca de la esfera moral- es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado. Pone en relieve que Juan Pablo II ha puesto varias veces en guardia contra los peligros derivados de cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política.
Expresa que los actos específicamente religiosos quedan fuera de la competencia del Estado, el cual no debe entrometerse ni para exigirlos ni para impedirlos, salvo por razones de orden público. Y, de la misma manera, el reconocimiento de los derechos civiles y políticos, y la administración de servicios públicos no pueden ser condicionados por convicciones o prestaciones de naturaleza religiosa por parte de los ciudadanos.
Agrega que una cuestión completamente diferente es el derecho-deber que tienen los ciudadanos católicos, como todos los demás, de buscar sinceramente la verdad y promover y defender, con medios lícitos, las verdades morales sobre la vida social, la justicia, la libertad, el respeto a la vida y todos los demás derechos de la persona. "El hecho de que algunas de estas verdades también sean enseñadas por la Iglesia, no disminuye la legitimidad civil y la "laicidad" del compromiso de quienes se identifican con ellas", sostiene.
La Nota Doctrinal aclara que la enseñanza social de la Iglesia no es una intromisión en el gobierno de los diferentes países, sino que plantea, en la conciencia única y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia, porque no puede haber dos vidas paralelas, una vida "espiritual", con sus valores y exigencias, y otra vida "secular", en la familia, el trabajo, las relaciones sociales, el compromiso político y la cultura.
Añade que aquellos que, en nombre del respeto de la conciencia individual, pretendieran ver en el deber moral de los cristianos de ser coherentes con la propia conciencia un motivo para descalificarlos políticamente, negándoles la legitimidad de actuar en política de acuerdo con las propias convicciones acerca del bien común, incurrirían en una forma de laicismo intolerante.
Cultura, libertad y verdad
La Nota Doctrinal alerta sobre el surgimiento, incluso en el seno de algunas organizaciones de inspiración católica, de orientaciones de apoyo a fuerzas y movimientos políticos que han expresado posiciones contrarias a la enseñanza moral y social de la Iglesia en cuestiones éticas fundamentales. Sobre esta materia, afirma que tales opciones y posiciones son incompatibles con la pertenencia a asociaciones u organizaciones que se definen católicas.
La Congregación para la Doctrina de la Fe destaca la impostergable urgencia de presentar en términos culturales modernos el fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo. "Es insuficiente y reductivo pensar que el compromiso social de los católicos se deba limitar a una simple transformación de las estructuras, pues si en la base no hay una cultura capaz de acoger, justificar y proyectar las instancias que derivan de la fe y la moral, las transformaciones se apoyarán siempre sobre fundamentos frágiles", precisa el documento.
Reitera que, para la Iglesia, la auténtica libertad no existe sin la verdad. "Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente", ha escrito Juan Pablo II . Señala que en una sociedad donde no se llama la atención sobre la verdad ni se la trata de alcanzar, se debilita toda forma de ejercicio auténtico de la libertad, abriendo el camino al libertinaje y al individualismo.
El documento pontificio considera oportuno recordar una verdad que hoy la opinión pública corriente no siempre percibe o formula con exactitud: el derecho a la libertad de conciencia, y en especial a la libertad religiosa, se basa en la dignidad ontológica de la persona humana, y de ningún modo en una inexistente igualdad entre las religiones y los sistemas culturales.
Concluye el documento señalando que sus orientaciones quieren iluminar uno de los aspectos más importantes de la unidad de vida que caracteriza al cristiano: la coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura.

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