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Exégesis angustiosa de un hombre que se quedó solo
Cuentos y relatos globales. 27.03.16 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.
Alguien preguntó:
-¿Seré yo, Maestro?
Y con un: “Tú lo has dicho”, que respondió el Señor, empezó en el salón una gran gritería de asombro entre miradas escrutadoras y dejos de dolor.
El hombre que hiciera la pregunta, sintiéndose acorralado por la jauría humana, viviendo su propia pesadilla, al levantarse trabajosamente del asiento que ocupaba en la mesa, nerviosamente tropezó antes con su mano izquierda el tarro de la sal y éste, en forma fatídica, se derramó, al tiempo que de la pequeña bolsa de cuero que llevaba en la otra, se le escaparon unas tintineantes monedas sueltas y, entonces, extinguida por completo su última chispa de fe, salió del lugar mientras a su paso se estremecían los árboles del camino y los perros callejeros aullaban en tono funerario y sepulcral.
En el salón, los gritos continuaron. Fueron el principio del fin. Algunos invitados a la gran cena, permanecían aún sentados hablándose al oído y entre sí. Otros, impactados por la terrible noticia, como temblando de fiebre y de frío, trabajosamente se pusieron de pie sin comprender por completo lo que estaba sucediendo. Después, aletargados por la cruda pena, todo fue lamentos, lamentos largos y dolorosos que se quedaron flotando en el silencio de la tarde y fue al arribo de la noche y la madrugada, en otro sitio sembrado de olivos, cuando, de pronto, filosas espadas de conflicto y muerte sonaron seguidas de fuertes pisadas de tropa armada y aquel, aquel que le preguntara: “Seré yo, Maestro”, acercándosele y dándole un beso traicionero en la mejilla, sin tiempo que perder y sin más trampa, a sus captores le entregó…

…Y luego, luego le arrestaron y se llevaron al Señor. Él, azotado y seguido por una muchedumbre que le gritaba de todo en contra, subió y bajo escaleras.    Nadie medía la profundidad de su desventura. Sus compañeros tenían el miedo más grande del mundo y, sintiendo terror de todo lo que les rodeaba, le dejaron solo, completamente solo, terriblemente solo.
Algunas mujeres de cabello suelto y a las que el diablo todavía no había pervertido, afligidas y llorosas a su paso salieron a verle y,  conmovidas por la deslumbrante ternura de su mirada, quisieron gritar algo en su auxilio como recurso de súplica, pero otros ojos de fuego y de otro mundo que a sus rostros apuntaron y que significaban silencio para siempre, las hicieron turbarse esperando que otros lo dijeran…
Diez, veinte, treinta, cuarenta, cien puños cerrados golpearon y empujaron al Señor y sus acusadores, divirtiéndose con la impunidad de aquella diablura, al rostro le escupían y mostrando sus dentaduras decadentes, se reían…Y esos mismos diez, veinte, treinta, cuarenta y cien puños cerrados, en tropel incontenible, golpearon y tumbaron la puerta del palacio del gobernador.
Éste, a los gritos y voces, salió a atenderles. Parecía un fantasma, se le veía indeciso y oscuro como su propia vida y, con gran esfuerzo, pidiendo silencio por encima de las voces enardecidas de la turba,    mirando con ojos de estrago al reo y pidiendo se lo acercaran, le pregunta:
-¿De qué se te acusa? ¿Qué delito has cometido?
El arrestado no habló. Las mismas mujeres de cabello suelto que el diablo todavía no había pervertido y que a su paso salieron a verle porque les deslumbró la ternura de su mirada, otra vez quisieron gritar algo en su auxilio como recurso de súplica, pero nuevamente aquellos ojos de fuego que no eran de este mundo y que a sus rostros apuntaron y que significaban silencio para siempre, las hicieron turbarse esperando que otros lo dijeran…
-¿No tienes nada que decir?-volvió a interrogar el gobernador y enseguida se oyeron voces de:
-¡Crucifícale! ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!
-No encuentro razón para condenarle- dijo a todos el gobernador con voz de tregua.
-¡Crucifícale! ¡Crucifícale! ¡Muera! ¡Muera!- se escuchó.
-Yo no encuentro en Él nada que le haga merecedor de la pena de muerte- replicó el gobernante.
Mas la turba insistió e insistió.
-¡Crucifícale! ¡Crucifícale! ¡Muera! ¡Muera!- se volvía a escuchar.
-Ustedes verán qué hacen con este hombre. Llévenselo y, por favor, váyanse ya que no me han dejado dormir- exigió el gobernador dando la espalda y deslizándose a palacio.
La multitud subió y bajó escaleras azotando y escupiendo al preso. Le preguntaron a alguien  de nombre Pedro, que parecía ser su amigo, si le conocía y éste dijo tres veces no y  que nunca en su vida le había visto y, en el acto, como tenía que cumplirse, un gallo de una casa vecina, en su gallinero cantó. Al parecer, al Señor nadie le vio jamás, nadie…Y sin embargo estaba allí solo, terriblemente solo, espantosamente solo  entre muchos como un acto de justificado y de inevitable olvido.
-Oí gritos pidiendo la muerte de una persona- dijo  la mujer del gobernador cuando éste está de regreso a su alcoba.
El gobernador quiso guardar silencio pero creyendo que contestándole rectificaba en algo su actuar, contestó:
-Van a matar a un hombre que todos han visto y nadie le ha visto y que andando con muchos se ha quedado solo, terriblemente solo, completamente solo… y apaga ya esa luz que quiero dormir.
-¿Pero sabes quién es?- interrogó la mujer.
-No, no sé quién es. No quiso decírmelo… aunque me parece que en alguna parte cierta vez le vi.
Y el gobernador, bostezando, se echó a dormir en su cama como nunca antes lo había hecho en su vida.
El prisionero, abandonado en medio de tantos, con una pesada cruz a cuestas, a empujones y coronado de espinas, camina ahora por las empedradas calles del pueblo. Tres veces, por el peso del madero, al suelo ha caído y tres veces se puso en pie. Muchos no saben de qué le acusan pero sí saben que hay que darle muerte. El soldado que encabeza el cortejo, le hinca más la corona y el cielo ve el acontecimiento estruendoso. Para entonces la mujer del gobernador ha descendido las escaleras de palacio, la rugiente turba ya va muy lejos y, sin nada de dramatismo, dice:
-Es inocente.
…Pero nadie le oye, nadie,  nadie le cree, nadie…
Alguien ve pasar a un hombre con una soga en las manos y, viéndole también a éste una desconcertante cara de suicidio, empieza a contar, uno por uno, los nombres de los amigos del hombre al que sus amigos han dejado solo, terriblemente solo y, siendo así, dice a otro que atento le escucha:
-Te apuesto tres denarios, contra lo que tú quieras, a que ya no son doce…
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Walter53pimienta@hotmail.com

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