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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
La letra de Casimiro

Cuentos y relatos globales. 20.03.16 
Escribe; Walter E.  Pimienta Jiménez.-  Casimiro era el notario del pueblo y, por haberlo sido, era una de las primeras personas a quienes los padres de familia daban la buena nueva de que a sus hogares había venido un hijo o hija en medio de los retos que antes imponía criar un descendiente como Dios manda. Casimiro tenía un libro grande y foliado donde anotaba con buena letra a qué hora, qué día, mes y año nacía uno; quiénes eran nuestros   padres y  abuelos paternos y maternos y qué comadrona atendió el parto; es decir, de qué familia procedía el crio. Todo ello atestiguado bajo la declaración y firma de los progenitores y la de los declarantes como lo pedía la ley y con testigos.
Lo que hacía el notario del pueblo era algo así como un bautizo sin agua bendita, con la diferencia de que en su oficina se termina de cumplir con el deber de que quien hacía un hijo, no sólo lo bautizaba sino que, igual, lo registraba y lo reconocía con nombres y apellidos para que su hermosa obra no quedara inconclusa y para que lo dicho ante él,  fuese así para el tiempo y por siempre… Y todo esto lo escribía Casimiro con buena tinta y con buena letra… Con una letra de perfecto trazo, de recorrido regular y sostenido, ausente de contrastes y pegas, razón por la cual se decía que lo que escribía él –que era como si lo dijera- dicho y escrito estaba y se tomaba con la fe con que se tomaba un auténtico papiro histórico egipcio.
La letra de Casimiro, plasmada en el libro de los registros de nacimiento, hacía parte de la historia del pueblo y era un legado diseñado a pulso firme, dejando presente en cada grafema una relación estrecha entre el reconocido como hijo y su tierra natal porque, como se dice en el pueblo: “Nunca falta un Casimiro que escriba bien”, para referirse a que él tenía una excelente caligrafía.

Era materia de pura belleza la letra de Casimiro escribiendo sus registros de la manera más real en papeles y folios de la mejor estirpe medieval, con la escogencia correcta de una buena fuente o plumero de bomba que les hacía legibles y que otorgaban al texto escrito la credibilidad y el convencimiento de lo plasmado y firmado, convirtiendo cada trazo en un arte tipográfico de aquellos que se remontan al siglo XV cuando las páginas escritas se hacían letra por letra y cada carácter tenía su propia talla y figura, sometiendo la mano al encanto de la belleza que, manejando un plumero de palo, hacía de éste un instrumento esencial para manuscribir certezas desbordadas de honradez y de buena fe.

De la “A” a la “Z”, la letra de Casimiro servía para, con todas las grafías del abecedario, escribir oraciones a Dios. Su línea espontánea, al rigor milimétrico de su pulso, constituía un dibujo con ascendentes y descendentes que engrandecían al idioma español pues, su gótica escritura bien pudo servir para plasmar los poemas de  Porfirio Barba Jacob, José Asunción Silva y de Julio Flórez, cual si fueran códigos de estética.

Hasta los decesos que con tristeza registraba Casimiro en su libro, hacían inofensiva a la parca cuando en el espacio de esta  pregunta: ¿De qué murió el finado? Escribía…,  de causa natural y, en la atmósfera de una evasión que le asfixiaba, aprovechaba y daba su condolencia al deudo y, entonces, anotaba lo que tenía que anotar con rasgos que guardaban la presencia de un dolor común y de una angustia que acorralaba. Tal vez así, con su letra del medioevo, el acto público y final del fallecido, llevado a cabo por un doliente familiar, tenía en la fuente de su plumero de bomba algo más de poesía que de  muerte indigna.
 
Es cierto que  Casimiro pontificaba y dogmatiza sobre las cosas que sabía y no sabía…para eso era  el notario del pueblo, quien por serlo, oloroso siempre a penetrante “Menticol”, confirmaba entre el circulo de ingenuos que le rodeaban,  a qué se debían los calores del mes de mayo, qué cantidad de lluvia había caído ayer, por qué hay relojes imprecisos,  cuántos días debía durar una persona en darle la vuelta al mundo en patines, por qué llegaba el atardecer y por qué llegaba la noche; que fue  a las cinco de la tarde y no a las cinco y treinta, en la Plaza de Linares, un 28 de agosto de 1947, cuando el toro “Islero”, de una profunda cornada, mató a Manolete, así como defendía la legitimidad y efectos de la “Kola Granulada Tarrito Rojo”, y  repara hasta el enfado, en controversia con “Girito”, el peluquero, que no era cierto que el hombre había  ido a la Luna y, tras el extremo de rebasar su verdad, afirmaba que lo visto esa vez en la televisión y en las fotos del periódico El Espectador, no eran más que imágenes de una película filmada en el infinito desierto de Arizona… y de todo esto daba fe pública la convencedora buena letra de Casimiro, el notario del pueblo…

 Walter E.  Pimienta Jiménez

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