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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
“El Carlón “

Cuentos y relatos globales. 06.03.16 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez..- “El Carlón” era de pronto en el pueblo el ser más cercano al hombre prehistórico de que hablan los anales de la humanidad. El, entre lejano antropoide y civilizado humano, fue de los que, por lo menos, aprendió a caminar con zapatos guardando el equilibrio sin caerse. Tenía una estatura ancestral de 2.12 metros medido desde la punta del dedo gordo del pie derecho hasta la cabeza y, gracias a Dios, hablaba lo necesario para ser entendido por sus semejantes a pesar de que sus sonidos articulados no pasaban de 185 palabras con las cuales expresaba alegrías, dolores, rabias, molestias, amenazas, dudas, temores, necesidades, sufrimientos y que también le sirvieron, no se sabe cómo; pero le sirvieron, para ganarse el favor amoroso de María, su mujer, quien entusiasta y apasionada, concibió la fórmula de quererlo sin necesidad de serenata y con sólo escuchar de él estas cinco románticas palabras de poesía: “María, vamos a salinos esta noche”. Y así fue.
La propuesta fue honrada, dicha con dignidad, como correspondía a un hombre puro que sentía esa vez una catástrofe de amor en el corazón…Y María, sin enfrascarse en exigencias ni excesos, sin padre ni madre que se lo evitaran, emocionada hasta la médula de los huesos del alma, vio en “el Carlón” a un “actor de cine” y éste, cargándola en sus hombros, se la llevó para el monte sonriendo satisfecho.

Qué apacible fue desde ese momento la vida del “Carlón” atendido por su amorosa María; se bebía al desayuno cinco calderetas de café de leche, se comía quince huevos revoltillos, un caldero de arroz calentado y siete bollos de maíz, todo aquello de acuerdo con sus modestas condiciones económicas y así, memorable y venerablemente harto, se iba a jornalear llevando de almuerzo, en una mochila, tres libras de queso y otros siete bollos pero de yuca, vianda que se comía bajo la sombra de cualquier árbol donde hacía luego una siesta y, dormitado, soñaba el sueño recurrente de llevarse otra vez en sus hombros a María, monte adentro, y donde en su rancho, en una troja de palo que le hiciera, le resolvía fácilmente el problema de la virginidad con su instrumento de amor de admiración potencial.

“El Carlón”, con su hacha de 16 centímetros de filo, derribaba un árbol con una sola mano; cargaba en una cubierta de cuero una rula capaz de abrirle en dos la cabeza a un toro. De joven y “hermoso”, empleado en otros totémicos oficios, con su presencia de domador, amansó 27 burros, 20 mulas tercas y 16 caballos haciéndoles sentir la rudeza de sus pescozones y el peso de su cuerpo en las monturas; llenaba de agua una alberca de cuatro metros sacando de un pozo de 12 metros de profundidad, 3.240 baldes del preciado líquido; participó en la fiesta patronal de la Inmaculada Concepción en un concurso de glotones bebiéndose 22 Caca Colas de a litro y ocho bolsas de pandero; lo ensayaron para el boxeo pero no le encontraron guantes apropiados por el tamaño de sus manos y mucho menos posibles rivales que, viéndole el porte y la medra, pensaban en consecuencias inevitables si se le medían; a más de que, dados sus “brochazos de hermosura” los pudientes y solventes lo buscaban para meterle un miedo respetable a los niños cuando éstos, jodiendo la vida, entre berrinches que estremecían la casa, no se querían ir a dormir temprano.

Con todo y esto, “el Carlón” era también un hombre de buenos sentimientos; regalaba a cualquiera, en forma desinteresada, melones y patillas de su huerta comprendiendo que el que da, recibe… Y capaz de llevar sobre sí cualquier peso, cargó los santos de la iglesia en Semana Santa sobrellevando en forma suave otro peso: el peso de la dura vida, aspirando a que a la suya, pobre y modesta, no le faltara nunca el mejor semblante y el buen apetito… …Y, así, fácil, muy fácil, daba buena cuenta a dentelladas de una olla de yuca cocida; se chupaba hasta los huesos un pollo criollo guisado o el cuadril de un venado sabanero jalando atragantado y sin remordimiento la presa con las manos, como se lo permitieron siempre las violadas reglas de urbanidad cuando quería comer a placer para no morirse de hambre, todo aquello pasado con nueve restauradores platos de sopa de mondongo para superviviente.

Soy de los que imaginaba al “Carlón”, en su parcela, mirando por las noches la Luna y, creyendo que sabía escribir, a ésta le escribiría versos, versos vírgenes olorosos a monte, cantados con su voz de trueno al arrullo de las aves silvestres y, entonces, delicado como un niño, sin maltrato, arrancaría a una mata de maíz una espiga y, estremecido de pasión, se la daba a María como demostración de perdurable afecto.
Algún día, muchos años después, “el Carlón”, como de costumbre, se levantó temprano y se perfumó de monte para irse a jornalear; pero María no se despertó, no pudo. Nunca más lo hizo. Fue aquella la última noche de su vida… quiso despertarla; le vio la cara distinta, triste, poco real y, acongojado, desconcertado y sintiendo un fogonazo en su alma, lloró como animal herido conmoviendo hasta las piedras; lloró como cualquier hombre que de pronto descubre que tiene corazón… Y por lo tanto, sin entender de normas religiosas ni civiles, con sus propias manos, comprensivo, benévolo e indulgente, a un lado del rancho la enterró, enterrando también junto con ella esta penosa y triste historia de salvaje amor…

walter pimienta jimenz

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