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Educación  suicida (3)
Jose Maria Barrionuevo Gil. 05.03.16 
Como solemos decir muchas veces que “no hay dos sin tres”, nos podemos permitir el lujo  de seguir hablando de educación. Podemos decir que somos tan austeros que nos podemos permitir un lujo que nos resulta tan necesario. El tema y su dificultad están en que si la Educación nos pasa factura, también nos pasa su fractura y nos podemos quedar heridos o cojitos para toda la vida.
Hace diez años, una compañera de Educación Infantil nos contó que tenía un grupo de alumnos y alumnas en el que había unas cuantas niñas muy tímidas; sin embargo con las canciones y actividades de corro, que se hacían en la alfombra, se fueron reencontrando con sus compañeras y compañeros y que con la dinámica de salir con canciones a escribir las preescrituras en la pizarra fueron perdiendo el miedo a salir a la pizarra, que se convirtió en un juguete más.
Un día que estaban formando el “tren” que iba para la pizarra cantando su canción para hacer la preescritura, un grupo de niñas, las más pequeñas del grupo, aprovecharon para hacer un juego espontáneo que consistía en ir saltando de silla en silla alrededor de una mesa. Ni la maestra ni el estudiante en prácticas les dijeron nada. Esperaron a ver qué pasaba y a ver si, al final, se determinaban a acudir a la “fila del tren” para hacer la preescritura propuesta en la pizarra. Sucedió que uno de los niños vio el juego y les dijo, sin violencia, no sabemos qué y las niñas se incorporaron al “tren” y terminaron realizando la preescritura en la pizarra, tras la cual la maestra les entregaba una ficha para que cada uno hiciera la preescritura en su sitio. La maestra nos comentó que tuvo suerte, porque en el momento en que las niñas estaban con el juego de las sillas no entró ninguna maestra ni ningún inspector. El juego espontáneo es la psicomotricidad pura, pero no dura.
    Sin embargo no todo eran alegrías educativas en la clase. Había un niño extranjero que nunca se sentaba en la alfombra, y se quedaba dando vueltas, como un planeta (errante) alrededor del corro. Hasta que, un día, la maestra descubrió que con una canción determinada, el niño buscaba sitio y se sentaba. La maestra cambió el orden de las canciones y cantaba como primera canción la que le gustaba al niño extranjero.
    Sabemos que todo tiene arreglo, pero se necesita tiempo y con niños pequeños, a veces, mucho más. El tiempo es nuestro aliado en la labor educativa. Así podemos sacar a la luz lo oculto.
    En el Centro se acondicionó un aula para la psicomotricidad, con los pocos elementos con que se contaban. Se aprovecharon unos muebles y mesas y un par de bancos que se colocaron en dos paredes del aula, haciendo un ángulo recto, que invitaran a hacer circuitos. Junto a este mobiliario se adosó un “quitamiedos” (colchoneta de 300x200x30 cm ) para dar seguridad. Al final de los muebles para que la caída fuera segura, se colocó una colchoneta “casera” que estaba formada por una funda de colchón y rellena de 25 cojines que la maestra les había pedido a las madres, como material escolar. También había unos cojines de psicomotricidad mandados por la Delegación, que tenían formas de piezas de arquitectura, que se consideraban demasiado definidos para la psicomotricidad libre. También había aros, mazas de plástico, telas y cuerdas.
    Con estos pocos materiales los niños, desde los tres años, se divertían en libertad, tanto individualmente como por grupos, y así iban desplegando su confianza en sí y en los demás. Había niños que se tiraban casi todo el tiempo dando saltos en el quitamiedos, otros recorrían el circuito, otros se escondían debajo de las mesas en el hueco que dejaba libre el quitamiedos...
    Como no todo son alegrías en la casa del pobre, había una niña muy inteligente, pero que no se manifestaba como todos por su mutismo selectivo. Lali (nombre ficticio) se comportaba ejemplarmente cantando, saliendo a la pizarra como todos y dibujando con bastante maestría para su edad. Sin embargo no se subió al quitamiedos hasta pasados más de seis meses. Durante todo este tiempo se quedaba observando lo que hacían los demás. La prisa no era su fuerte. Sin embargo las compañeras y compañeros parece que no se daban cuenta y no se metían con ella. Hasta que un día Lali rompió el hielo y no solo se subió al quitamiedos, sino que hacía los circuitos y además de guía de otras compañeras. La empatía se desarrollaba y repartía espontáneamente. La libertad y la comprensión tienen la “debilidad” de no necesitar acoso ni desprecio prejuicioso de ningún tipo. 
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