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Educación suicida  (2)
Jose Maria Barrionuevo Gil. 27.02.16 
Hace unas cuantas fechas nos permitimos el lujo de hablar de educación. Hablar de educación es un verdadero lujo, que, además, no es caro. Por eso todo el mundo habla de educación, porque, además de ser gratis, es algo que se nos impone. No está el mundo como para tirar cohetes, pero la educación es un tema que nos convoca a todos, sin  ponernos una tarifa. Sin embargo nos gustaría hacer unas precisiones o aproximaciones para no generalizar y sí para acotar que no en todas las etapas educativas se pueden usar  los mismos principios y métodos pedagógicos.                  Casi todos hemos escuchado la canción de la serie de TV “El principe de Bel Air”,  que nos aclaraba: “Ahora escucha la historia de mi vida y de como el destino cambió mi movida. Sin comerlo ni beberlo llegué a ser  el chuleta de  un barrio llamado Bel Air...”. Sin embargo,       recientemente hemos podido escuchar  Will Smith que nos aseguraba que por su trabajo de actor había aprendido a ponerse en el lugar (papel) de los demás. Todos sabemos que un personaje no se identifica forzosamente con la persona del actor que lo representa. La ficción tiene unos valores que las personas adultas tenemos que entender, para que no pase lo de “Los Titiriteros” de Madrid.
    Un  compañero nuestro nos contó una historia excelente a nuestro modo de ver. Nos dijo que hace treinta años, estando de maestro de Educación Infantil (nivel de 4 años) en un centro Público de la provincia de Málaga, le llegó un niño que los primeros días no participaba de las actividades de corro (asambleas, canciones...), sentados en la alfombra, sino que se quedaba aparte con una actitud extraña. Pasados unos días, vino la madre del niño y le preguntó al maestro: -¿Qué tal  Lolo? (nombre ficticio). El maestro le comentó que no sabía todavía qué estaba guardando el chaval. Pasaron unos días y el niño se destapó de una manera demasiado alarmante: pegaba patadas a los compañeros y al maestro, borraba la pizarra, cuando le venía en gana, tiraba al suelo las cosas...
    En éstas  estábamos, cuando la madre de Lolo vino a hablar con el maestro. El maestro le contó cómo se comportaba. La madre le preguntó al maestro si era conveniente llevárselo otra vez a la Guardería. El maestro le dijo que no y que el niño no daba un paso para atrás. Ya se vería cómo se irían solucionando los problemas.
    Un día, Lolo se puso a jugar al fútbol por el aula, mientras los compañeros hacían sus pequeñas tareas. El maestro lo dejó, pensando que era preferible y adecuado que le diera patadas a una pelota en vez de dárselas a los compañeros. A los pocos días el maestro le dijo que no jugara entre las mesas, porque podía hacerse daño y molestar a los compañeros y que solo jugara en la otra parte de la clase. Otro día, cuando estaba jugando con otro compañero, el compañero se resbaló y el maestro les dijo que sólo podían jugar en la alfombra. Otro día, se sumó otro compañero que estaba muy satisfecho de ser amigo de Lolo; sentía gran orgullo y satisfacción de ser amigo suyo. Lolo  era muy fuerte y les cascaba a todos. Este nuevo compañero dio un pelotazo fuerte debajo de la ventana y el maestro les dijo a los tres que tenía que castigar a la pelota. Entonces Lolo, inteligentemente, le dijo al maestro: “Bueno, maestro, pero al recreo me llevo la pelota”. El maestro le contestó: “Muy bien, Lolo. Tú te encargas todos los días de llevarte la pelota”.
    Otro día desarrolló un juego espontáneo, que duró unas cuantas jornadas, que consistía en que Lolo era un perrito que era llevado de una cuerda cogida al cuello y por el niño más pequeño del grupo. La psicomotricidad le llevaba a ponerse en el lugar del otro, pero eso sí: sin empujar.
    El niño era el que más inteligencia desarrollaba en todos los montajes psicomotrices que libremente surgían en el aula. Incluso, en la psicomotricidad dirigida o aprendizaje imaginativo, Lolo era el que se metía con más entrega y más inteligencia en el papel a representar.
    Otro día, Lolo estaba llorando a lágrima viva. El maestro le preguntó que qué le pasaba. El problema era que se le había perdido un ojo de un animalito que tenía que pegar en una ficha y no lo encontraba. Le ayudaron y todos tan felices. Con estas pinceladas podemos conformarnos.
    Lolo era un niño que estaba machacado por sus hermanos mayores, pero fue aprendiendo a comportarse de una forma adecuada a su edad. Dejó en Infantil todos los problemas y pasó sabiendo leer y escribir a Primaria. La ley de la clase era: “Ponerse de acuerdo”. Cuando se dan oportunidades de libertad  y comprensión (insight), no hay acoso escolar, se desarrolla la empatía y la Educación no es ni cruel ni suicida.

josemª

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