En aquella época, el diablo siempre invariable e inmutable, con su viva presencia destructora y aniquiladora, en forma de rabioso perro negro de tres cabezas, ladrando y echando fuego por la boca y por los ojos, al mismo tiempo era visto a medianoche en la Calle del Palenque; en el barrio El Fosforito; en Puntabrava; en La Popa; en La Peronilla; en Cazuela; en El Vaivén; en la Calle del Repaso, haciendo temblar de miedo al mundo… y es de anotar que, de acuerdo con los oficios de su rango y jerarquía, hubo quienes aseveraran que sin temor de Dios se lo encontraran alguna vez sentado en la silla del despacho del alcalde perpetrando componendas, amaños, acomodos, argucias, arreglos, confabulaciones e injusticias y firmando con los sobornables concejales contratos y pactos de victoria del mal sobre el bien cuando liberales y conservadores se mataban a palos y a punta de furibundas miradas.
De la gran vida que el pervertido y abominable diablo se daba anteriormente saliendo en el pueblo, no escasean tampoco quienes aseguran que un Domingo de Ramos, éste, dando rienda suelta a la manifestación de su mando, en forma de una mujer morena desnuda, borracha, voluptuosa y sensual, quiso tentar al bueno y místico padre Feliciano Hernández, y que el clérigo, repasando el Catecismo del Padre Gaspar Astete, en la lengua de Dios, con oraciones ambiguas del siglo XI, y diciendo: “Me cubro, me cubro del pecado y las pasiones con la sangre de Jesús. Que el fuego de Dios rodeé y proteja mi vida de toda destrucción”…, poniendo los índices en cruz y gritando en tono de exorcista: ¡Va retro satanás! ¡Va de retro satanás! Le venció aplastante y abrumadoramente en mitad de un colorido remolino de serpentinas de carnaval que nadie supo de dónde carajo salieron.
Se sabe igualmente que de los tenebrosos momentos en que en mitad de grandes tormentas que desquiciaban casas y la candela en los fogones sin atizarla se agitaba y hablaba sola, testigos cuentan que un sábado por la noche, vestido de vaquero, pistola en mano, entre fuegos pirotécnicos, el diablo se presentó en la cantina de “la Niña Sara” y que a todos los presentes de manera convincente, con voz de trueno dijo: -¡Quiero que sepan que soy el mismísimo diablo, el atentico demonio, el legítimo Lucifer, el genuino satanás (satán para mis amigos), el verdadero luzbel; el real, cierto y puro belcebú…y quien no lo crea, observe esto!”… Se montó de un santo felino en la mesa de la buchácara y dando innumerables y vertiginosos giros sobre sí mismo, desvaneciéndose en una negra columna de humo de sulfato, desde ese día se fue.
De allí en adelante, refieren los viejos, el tradicional diablo que subvertía el orden público en cada cuadra y salía en el pueblo, dueño de huracanes y de incendios imprevistos; de cejas levantadas y barba como chivo; armado de un tridente infernal y de mirada sulfúrica, nadie sabe nada… y como resultado serio de un profundo, cuidadoso y documentado estudio sobre su existencia histórica, llevado a cabo por la Sagrada Hermandad de San Ignacio de Loyola repartiendo por el mundo la estampita y la oración de este santo bajo el título de “Al demonio no entréis” y que debe pegarse detrás de la puerta principal de cada domicilio, se ha llegado a decir que la supervivencia de éste, no es más que una vulgar afirmación de efectos publicitarios que en las cajas de fósforos lo dibujan muy lejos de ser original, convertido en un mamarracho sin fundamentos persuasivos, falto de seriedad para asustar a la gente y que cual bestia amenazada y en vía de extinción, no quiere malentendidos con nadie respecto a la opinión que se tenía de él porque compraba almas, negocio que caballerosamente ahora no hace por la competencia desleal de los politiqueros y el alza inconmensurable del dólar.
Los abuelos que aún quedan en el pueblo, ven con preocupación que el diablo de mi infancia en esta época no salga y al respecto señalan que se necesita lo haga con propósitos moralizadores; de pronta ya no en la figura de un hombre joven, hermoso, rubio, de ojos azules, dentadura montada en oro legítimo cabalgando un negro caballo (al que las mujeres confundirían con un galán de telenovela, a él , no al caballo), pero sí en la personificación de un diablo más serio, con poderes sobrenaturales, no tan filosofal, un poco oloroso a azufre (no tanto), menos extravagante y más acreditado y que se permita bajo su figura de maligno las rarezas perversas de meter en conducta a los niños y jóvenes de hoy; pero no… al mefistoles de tantas novelas lo ha vencido el alumbrado eléctrico, el teléfono celular, la internet, el “whatsapp”, el cine porno en casa… quedando oculto en cualquier página del cuento de Caperucita Roja interpretando el papel de un lobo manso y vegetariano porque la venenosa y peligrosa carne humana le hace daño… o en el de una incompleta metamorfosis que lo dejó para siempre sapo siendo el príncipe azul encantado que una princesa, para desencantarlo, por asco no besó.
Qué lástima que el diablo de ahora no sea el de las historias de antes y que en el colmo de su desprestigio y deshonra, temeroso y temblando de miedo, viejo y descachado, se encuentre por ahí con alguien que le dice: -“¡Diablo, te coge un niño!”-. Con todo, no sé si en favor de la bestia enconada, creo que fue Jean Cocteau quien dijera: “Dios no habría alcanzado nunca al gran público sin ayuda del diablo”. Walter E. Pimienta Jiménez
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