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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
VICENTE, el peluquero
| | Cuentos y relatos globales. 07.02.16 | | Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Vicente hubiese querido ser en la vida un gran detective en lugar de peluquero; pero ya se sabe que uno en este valle de lágrimas no es lo que quiere sino lo que puede. En la muelle comodidad de una hamaca estampada a rayas, de esas que hacen a mano en Morroa, a la sombra de un frondoso palo de mamón donde la guinda y mientras sus clientes no le solicitan los servicios de su eficiente tijera marca “Barrilito”, fumándose a placer tres paquetes de “Cigarrillos Pielroja” al día, aprovechando el placer de no hacer nada, hasta la fecha Vicente se ha leído con la de hoy, seiscientas treinta y cinco novelas policíacas de bolsillo, buscando en la lectura de ellas una forma distinta de descifrar el enigma que estas encierran y, a su modo, dar captura a los delincuentes que en las mismas pululan, poniendo en el imaginario acto un poco de más espectacularidad original. - ¿En qué piensas?-le pregunté ayer al verle sentado en su propia silla de peluquería como con ganas de automutilarse de la manera más complicada con trucos de humana estupidez. - En que todavía no he podido dar con el verdadero asesino de Dan Lerner, muerto a cuchilladas por el problema de una herencia – me respondió y agregó- presumen que fue Mary Seward, pero ella es inocente. Voy por la página setenta y siete y sospecho que lo mató Lynn Greener, su sobrino, en complicidad con Ingrid Laskas, una cuñada con quien tuvo a ocultas un enredo amoroso. | Vicente, como lo dije al inicio, más que peluquero, es un académico detective literario a quien las historias policíacas le absorben por completo. El apasionado lector es de los que no calla lo que lee y por ello hace a sus clientes comentarios de sus lecturas mientras les motila, pues cree que siempre en éstas hay algo más que no se dice nunca, algo que queda por descubrir, como ocurre en la vida real. Y entonces acontece que, de pronto, tijeretazo tras tijeretazo, sorprende a uno diciéndole:
-Sabes una vaina, el caso está complicado… el primero que disparó en el atraco al Banco de Londres fue Lewell Ponte, pero para nada han mencionado, hasta la página ochenta y tres, por donde voy, al celador…seguro está metido junto con algún cajero en la vaina…Mi instinto policiaco me lo dice.
Regido por sus dos vicios, leer novelas de detectives y fumar “Pielroja”, Vicente es de los que apuesta que en este tipo de obras no faltan los robos de costosas joyas, las falsificaciones de documentos, los chivos expiatorios, el envío de un paquete misterioso, el robo de secretos militares, la presencia de un hombre que viste de gabardina negra y lleva un paraguas del mismo color, los venenos más letales y las inyecciones de morfina e inclusive el sexo, pues sin estas circunstancias a nadie gusta las novelas de policías. Y aunque él sabe que tan agotados recursos literarios son en éstas inapelables, las lee de punta a punta buscando verdades insospechables y desvaneciendo recelos o confirmando, por ejemplo, que “Patricia Schmemann, quien vivía sola a las afueras de la ciudad, la noche en que la hallaron muerta, no se suicidó, como lo afirman, porque ningún suicida se dispara dos veces en la sien y, además, no hay crimen perfecto”.
Dedicado en cuerpo y alma a lo suyo, y sin que someta a críticas el pasatiempo y la despreocupada flojera del peluquero del pueblo, Vicente tiene en su haber la confirmación de un impune acto delictivo ocurrido en alguna novela que por ahí leyera y que ayer, mientras él a mediodía me motilaba, sobre el mismo caso, intrigado, esto me comentó:
“… Imagínate. Cipote injusticia. Acusado de homicida en serie condenaron a muerte en la silla eléctrica a Peter Bulinosky. Inocente el pobre tipo. El verdadero asesino, Jackes Martino, estaba presente en la ejecución y nadie cayó en la cuenta de que él es el auténtico asesino. Lo asevero porque mientras el sentenciado se sentó de lo más tranquilo y fresco en el aparato del horror, a Martino le dio un imparable hipo de susto viendo aquello”. Apartado a veces de la trama de las novelas policíacas que a diario lee, Vicente, consumiendo una alta dosis de “Cigarrillos Pielroja” y viviendo en primera persona las pesquisas que reconstruye, es de los que dice que resulta descabellado leer las mismas sospechando de un solo personaje que por razones de tiempo, modo y lugar, se torna en el más implicado dentro de un caso, cuando, tres días antes, el patrón de éste, ahora muerto de tres balazos en la cabeza, después de una fuerte discusión, había despedido del trabajo al jardinero de la casa… Y aparentemente nada alude a que él lo sea… “Yo –dice- acostumbro mejor a darle una voltereta a todas las historias que leo porque me gusta el desconcierto y no termino así descorazonado leyendo algo donde se duda hasta del gato de la manera más ilógica”.
Hoy, domingo, el firmamento del pueblo está más iluminado que nunca; una luz radiante reina y lo invade todo en el silencio de la plaza del pueblo. Roque, que estaba en misa, baja las escalinatas de la iglesia y, como lo había dispuesto, se dirige a “La Tijera de Oro”, la peluquería de Vicente. Tiene un pelambrero de dos meses. El adiestrado peluquero, de momento, por la página ciento diez, ha dejado cerrada en una pequeña vitrina la novela que lee y ahora dispone sus elementos de trabajo en una repisa empotrada en la pared, al tiempo que por el límpido espejo ve que el cliente entra y como es de los que no calla a nadie lo que en sus novelas lee, con voz de disco fonográfico le dice:
-“¡Que vaina Roque!... Si supieras lo que ha pasado. Es difícil de creerlo pero es verdad. Siéntate en la silla mientras te comento…, quien está grave en el hospital, malherido y que de pronto no se salva, es Arturo. Un italiano genovés, un tal Roberto Benaglio, parece que en confusos hechos, por los alrededores del mercado público, al parecer por asuntos de deudas, le metió tres tiros… pero si fue él, antes de la página ciento cincuenta, le capturo…ya estoy tras las pistas.
A Roque, algo desentendido del caso, la información le tomó un poco desprevenido al principio pero, de pronto, alarmado por lo que parcialmente de labios de Vicente logró escuchar, así reaccionó.
-¡A mi primo Arturo! ¡Cómo va a ser eso! ¡Si ahorita no más hablé con él, estaba comprando carne en el mercado! ¡Quién es ese Benaglio! ¡Salgo de inmediato pa’ el hospital, Vicente…, vendré otro día… hombre qué vaina!
Y Roque, sordo a las aclaraciones que quiso hacerle el peluquero, tomando por ciertas las inequívocas palabras de Vicente que le gritaba… ¡Roque, regresa! ¡Roque, espera! ¡Espera!..., corriendo se fue del lugar…
…Lo dicho, como peluquero, Vicente es un gran detective…
Walter53pimienta@hotmail.com
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