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Crónicas del otro Macondo -Historias para  ganarle al olvido-
Noche de trompeadores

Cuentos y relatos globales. 10.01.16 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Cuentan en el pueblo las personas que lo vieron y que luchan contra la metafísica del  olvido, que cuando Cayetano cierta noche de octubre por un malentendido en el juego de cucunubá* peleó a las trompadas con “Martín Yuca Asá”,  la histórica faena de leyenda le dio dos veces la vuelta a la Calle del Repaso de punta a punta, portándose cada uno de los rivales a la altura de su casta.
Aquella vez, voces a grito confesas también dijeron que había ganado Cayetano, y otras que Martín sin que en la acalorada y ardiente discusión entre seguidores de uno y otro, se hubiese llegado enteramente a un acuerdo.
Dejo por ello escrito, ante todo, que sin haber sido “cayetanista” ni “martinista”, esta crónica no tuerce por el triunfo de uno de ellos y que me considero más bien en la obligación de valorar, según lo investigado, que fue aquella pelea, la pelea del recuerdo…, y sin la intensión de entablar con alguien una estéril polémica, confieso que las alabanzas prodigadas bien a Cayetano o bien a Martín, merecidas por cierto, juzgan que el lance fue limpio, sin ventajas, honrado, como correspondía a los hombres de antes a la hora viril de definir a las trompadas un disgusto que ningún perito en insultos, agravios y afrentas, allí presente, podía evitar y cuando el sano juicio entre adversarios, a pesar del ultraje,  tenía aires de caballerosidad.
…Y a ello me remito. José Rocha, serio y respetado señor, dijo por caso que ganó Cayetano; por su parte Joaquín Daniel consideró que Martín, en tanto “el Churre”, armando una alharaca en una esquina de la plaza, también opinó que Martín;  mientras que  Álvaro Pacheco, soltando un arsenal de palabras de guerra y refriega en español atravesado, especialista en estas lides, señaló que Cayetano, pero que él, si ambos le buscaban pleito, le ganaba a los dos juntos con una sola mano el mismo día.
De la brava y fiera pelea se sabe ahora por boca de Tomás Alfonso, de Roque y de Carlitos Alberto (el de “El Rodadero”), que sólo cuando los presentes recobraron la lucidez y advirtieran que allí no iba a darse ni vencido ni vencedor, dada la intensidad de la lucha que llevaba una hora sin descanso, levantando al mismo tiempo un brazo de cada antagonista, y diciéndoles a éstos que ya había sido suficiente y que mejor se pusieran a leer la Biblia para que empezaran un curso de predicadores, lograron poner término a ésta, notando asombrados que el mismo diablo, de asistente en el suceso, recibió en la mandíbula un fortuito golpe directo de parte de Cayetano, lo que le hizo  huir de allí en forma cobarde con el rabo entre las piernas en medio de un penetrante olor a azufre y echando candela por los cachos al distinguir entre los presentes el rostro de Dios en las sombras.
Sin cortar todavía el tenso hilo de esta historia, supe asimismo por Armando Villarreal que la gente, con el objeto noble de que los trampeadores se vieran sus inquebrantables caras, sacando las encendidas lámparas de kerosene con que alumbraban sus casas, iluminaron el paso de éstos y que en el silencio duro y concreto de esa noche, los fuertes golpes de espanto, desprovistos de piedad, se sentían tal que si fuesen dados, de parte y parte, en los huesos del alma… Y que allí, a la luz amarilla de los faroles caseros, Martí, recto y empinado, y Cayetano, magnífico y grande como un santo de brea reluciente y colosal, vencida la convicción de las palabras y de las ideas, con la mente a la deriva, convencidos de su fuerza y reciedumbre, dándoles formidables trompadas al sistema nervioso del mundo en cada puñetazo, buscándose en la penumbra de una noche perpetua, se batieron en épico duelo al continuo soplo helado de un viento  de muerte.
El tiempo, pontífice de una decadente generación que ha llegado ahora a la prohibida edad de los noventa, consagró desde entonces a estos dos titanes humanados en los oponentes más amigos que escribieran con sus puños una leyenda de gladiadores que aún, a la ardiente temperatura de las discusiones de sus fanáticos, respira con pulso nuevo en quienes con voz recia dicen que ganó Cayetano, no que Martín…y que vueltas a aquella época encienden con la fuerza de una tea la controversia avasallante hasta el otro lado del hemisferio.
Cayetano y Martín; Martín y Cayetano, hitos definitivos de nuestra especie humana, envueltos en una cortina de niebla muy propia de quienes tuvieron a bien el apasionante oficio de trompeadores, personajes de novela ambos, llenando toda la requisitoria de la ocupación, enfrentados es vez, ni ganaron ni perdieron nada, dejando muy vivo en el fondo del alma de cada habitante del pueblo los buenos deseos de una revancha, la revancha de todos los tiempos y de todas las demoras porque ya no están.
…Y mientras, Álvaro Pacheco, conociéndole el sabor de espanto a los años de sus años y a la soledad, mordiendo por dentro  su rabia contagiosa y de pesadilla, de pie en el umbral de la puerta de su casa, acaso por la imposibilidad de un milagro, ceñido a los cánones de los viejos trompeadores que trompeaban no por jaques ni amenazantes sino por sufrir del mal de trompeador, invulnerable e impaciente, antes del desayuno espera por ellos en cumplimiento de la seria promesa de ganarle a los dos juntos, con una sola mano el mismo día.
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*Cucunubá: Juego popular que consiste en lanzar bolas de metal, lanzadas a determinada distancia, contra un tablero agujereado. Cada agujero tiene un puntaje, siendo mayor el del centro.
El tablero agujereado está soportado por dos tablas, que se abren en forma de ángulo para permitir el paso de las bolas lanzadas por el jugador, este tablero tiene una forma inclinada para un mayor paso de las esferas. En la parte superior del juego se encuentra un tablero con los diferentes puntajes; cada vez que la esfera cae en un orificio del juego el número correspondiente se canta o anuncia.

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