Al acto de presentación han asistido en representación de la entidad bancaria Ángel Cervera y Miguel Alonso de Benito, el alcalde de Alhaurín de la Torre, Joaquín Villanova, así como el concejal de Cultura, Julián Sesmero. Todos ellos han destacado la estrecha colaboración que mantienen la entidad bancaria y el Ayuntamiento en el plano cultural, y los representantes de Banca March han incidido en que se ha elegido como sede Alhaurín para presentar la colección ante los malagueños debido al éxito obtenido en la anterior exposición de Miró, por la que pasaron numerosas personas a visitarla y unos 600 escolares. La muestra se espera que obtenga el mismo éxito y ya está programada la visita de los alumnos de los centros educativos del municipio, ya que se trata de uno de los mejores artistas de España, que tuvo una especial relevancia por sus obras de posguerra. Los dibujos que Banca March presenta en esta exposición pertenecen a los fondos de la Fundación March y forman parte de la extensa serie iniciada por el artista en 1930. Estos papeles tienen, casi siempre, la figura humana como protagonista. Están realizados con fuertes trazos negros que dibujan las formas geométricas y alveoladas; otras veces, estas gruesas pinceladas sirven para delimitar los contornos que el artista completa con manchas de color. En sus obras, es visible la huella de otros pintores como Klee y Miró. Hay que recordar que Palencia realizó estos trabajos tras una prolongada estancia en París y él mismo confesó haber quedado muy impresionado por las experiencias surrealistas y abstractas de los artistas que allí conoció. Nos muestra una visión de la imagen del hombre que nos remonta al pasado, a culturas más antiguas; a las del África negra en algunos rostros que son como máscaras, a las del Antiguo Egipto en figuras con cabeza de pájaro y en representaciones que recuerdan a las pinturas rupestres. En las composiciones de figuras podemos contemplar imágenes que son capaces de sostener entre sí una profunda comunicación. A pesar del esquematismo, los cuerpos son expresivos y sugerentes, y el grupo logra la interrelación de todos sus componentes. Algunos de estos dibujos dejan traslucir cierta ironía y humor a través de los rostros. El propio Benjamín Palencia definió el sentido de su quehacer pictórico: “Yo interpreto poéticamente, rayando en el papel de mis sueños, mis emociones, como un niño que no sabe dibujar pero en sus imágenes rayadas están cargadas de sensibilidad y poesía. Lo principal es tener luz en el corazón, para que todo esté en su sitio prácticamente limpio, diciendo con pureza todo lo que se tiene que decir plásticamente”.
Benjamín Palencia (Albacete 1894 – Madrid 1980). Pintor manchego, de origen humilde, que vio cambiar su destino cuando a la edad de 15 años, su tío, el ingeniero Rafael López Egóñez le acoge en su seno bajo su tutela en Madrid. Durante estos primeros años, asiste a las clases del profesor e historiador Elías Tormo y frecuenta el Museo del Prado, donde realiza numerosas copias de Zurbarán, Velázquez y El Greco. Viaja por España, pinta sus primeros óleos y, en 1916, obtiene una mención de honor en el primer Salón de Otoño de Madrid. Ese mismo año conoce a Juan Ramón Jiménez y por su mediación entra en contacto con otros artistas, aproximándose a los ambientes más renovadores de la cultura. A partir de este momento, realiza una serie de óleos donde trata la figura humana con principios realistas, aunque pronto se aleja de la pintura tradicional representando sobre cartón figuras de muchachos y naturalezas muertas en las que se observa la influencia del cubismo. Asimismo, inserta sus dibujos en un libro de Juan Ramón Jiménez y realiza decorados para Alberti. En el tránsito hacia la década de los treinta, Palencia inicia una nueva etapa en la que se adentra de lleno en el mundo de la vanguardia. En 1927, con escultor Alberto Sánchez funda la llamada “escuela de Vallecas”, a la cual se sumaron Maruja Mallo, Rafael Alberti y Díaz Caneja. De ahí surgió una teoría estética sobre el reconocimiento de la naturaleza rural, que se convertirá en el tema clave de su lenguaje creativo. En 1933 la galería Pierre de París abre una exposición individual del artista y Picasso aprovecha para contemplar y elogiar su obra. Trabaja con Federico García Lorca en el grupo Teatral La barraca, como director artístico. La guerra civil le afectó profundamente, el ambiente de la pobreza, la frustración de la derrota y la pérdida de algunos amigos, se traduce en un cambio sustancial en su obra, alejándose de la vanguardia y pasando a representar escenas del mundo rural. A partir de 1946, el artista vive un periodo de gran madurez creativa, un retorno a las pautas de la figuración y se aleja de las actitudes de vanguardia refugiándose en el paisaje y los seres del mundo rural, con preponderancia de los colores ocres, azules y grises. Alterna su residencia entre Madrid y la sierra de Ávila donde obtiene la mayoría de sus imágenes de paisaje y a partir de 1946, emprende una nueva etapa de colores de clara influencia “fauve” con paisajes de proporciones más irreales y una gran libertad cromática. Obtiene numerosos premios y su consagración internacional se produce en 1956 cuando es seleccionado para la Bienal de Venecia. A partir de ahí evoluciona hacia un paisaje pasional y exacerbado en donde la naturaleza se desprende de elementos y se distorsiona intensificándose la gama de colores. Es elegido miembro de la Real Academia de San Fernando (1973) y de Bellas Artes de Sant Jordi (1978), obteniendo la medalla de oro al mérito en las Bellas Artes. |