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Natalidad y Natividad
Jose Maria Barrionuevo Gil. 18.12.15 
A estas alturas, con tanta cultura, casi todos sabemos que dos y dos son cuatro, que no hay dos sin tres ni una sin dos. Nosotros nos metemos en este grupo de sabios, si es que cabemos. Siempre se ha dicho que “Doctores tiene la Iglesia”, pero cuando la laicidad superficial de la política abre su cálida boca, el eminente doctorado parece un bien común fácil de privatizar.
Quepamos o no quepamos en el club de los sabios, sabemos que nos echan encima, al menor descuido, los mantras de la tradicional sociedad de la familia, tanto numerosa como extensa. Nos hablan de familia numerosa, no sea que nos quedemos cortos en aportar la carne de cañón o de esclavo necesaria para mantener el sistema.  O sea, que nos aconsejan que nos sintamos obligados a procrear y a llenar (genésicamente) la Tierra. Esta prolífica consigna de la “natalidad”, promovida por la prolífica boca de la prolífica(?) derecha es como un calor “azul y naranja”, para que nos acostemos calientes, ahora que se nos viene encima el invierno. Por otro lado, dadas las circunstancias, ya no nos tienen ni que decir (ni se les ocurre decirnos) que nos apretujemos en casa de los abuelos, porque la familia que permanece unida puede rezar unida si quiere. Ya estamos viendo que la campaña (o tabernáculo) electoral está danzando por toda España, y por todos los rincones y ante todas las murallas, sociales donde las halla, de este Jericó patrio. También nos están tocando  las trompetas de las promesas, que ya nos suenan a sordina. Tampoco estamos fortificados.
Pues sí, está visto que somos globales para que nos sigan machacando, pero somos nacionalistas para que aumentemos los nacimientos, porque la Patria nos necesita, aunque se nos quite el sueño en aras de esta labor tan patriótica de la procreación. Pero, sin embargo, no somos globales cuando la perversa globalidad nos obliga a negar el pan y la sal a los que vienen sin sal ni pan de ese tercer mundo, que por ser solo tercero no está tan alejado del primero. Quieren nuestros talentos del ala derecha que nos cerremos en banda ante las migraciones externas, porque nos tenemos que dedicar a dar más hijos a la Patria, a los que nos los colocarán pronto para ser guardas del nuestro terruño nacional. Pero los hijos, vecinos, de la Tierra ya vienen solos y casi desnudos.
    Nos dicen, como siempre, que España necesita más hijos. Nosotros podemos decir que los tengan ellos, los consejeros y propagandistas de la propagación, ya que por el nepotismo político ya los tendrán colocados tanto en el trabajo como en el hogar nupcial de un  dichoso futuro próximo.
    Con todo, no podemos prescindir de tener que presenciar cómo se les almibara la boca con cantos de Navidad y se les cae la baba ante el portal del unigénito. La Natividad está cerca. “Rogad a los cielos que se abran y nos caiga el rocío y las nubes nos lluevan al Justo”. Ya se encargarán ellos de que el Justo no les sea un personaje incómodo. Cíclicamente lo llevarán a cualquier Egipto, a cualquier desierto,  y, cuando crezca, le dedicarán toda una Semana Santa con la “ley mordaza”.
    La Natividad está tan cerca, que no tenemos que ser muy sabios para darnos cuenta de que en el Portal de Belén, en Judea, más o menos lejos de su casa de Galilea, se echa el completo a toda una familia con un solo nacimiento.
    Nos choca, actualmente, este modelo de familia nuclear, con la prolificación familiar que ellos mismos nos inculcan en sus soflamas mitineras.
    Sin ir muy lejos en la historia (dos mil años de poca monta no significan nada) también nos choca que la familia de Belén y de Nazaret fuera una familia nuclear, ya que el invento es demasiado moderno como para llevarlo a cabo en aquellos tiempos y en aquellas latitudes , en las que lo normal era ( y casi sigue siendo) que las familias fueran numerosas y extensas.
    Si por otro lado, según dicen,  Jesús tenía hermanos, con pensar que era una interpretación especial, algo así como una significación rayana en lo político, ya nos quedamos más tranquilos y nos cuadra este círculo, vicioso por añadidura, de las bondades de un sistema que nos chirría a los oídos y que no sabe dónde aparcar el autobús mitinero para predicar a  una población española en alza, eso sí, de hijos emigrantes o afiliados al paro, aunque estén muy cualificados.
    Lo dicho: como no hay dos sin tres ni una sin dos, se nos ha venido encima no solo la Natividad (una), sino también la Natalidad (dos), con los prolíficos mítines. Buen  invierno (tres).

josemª    

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