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El planeta Tierra
| | Jose Maria Barrionuevo Gil. 30.11.15 | | Casi todas las personas sabemos que vivimos en el planeta Tierra. No queremos generalizar, como suele hacerse, cuando algunos eventos internacionales se anuncian a bombo y platillo. Se dice, por costumbre, que todo el mundo celebra la misma fiesta y que está pendiente de la tele, cuando la verdad es que hay millones de terrícolas, que no pueden estar al tanto, porque carecen de luz eléctrica. Por eso decimos que casi todas las personas nos damos cuenta de que vivimos en este planeta. Los niños y niñas de pocos años no saben ni dónde están. No queremos ironizar sobre nosotros, las personas mayores. Nosotros, los que sabemos algo, medio nos damos cuenta de que vivimos en este planeta. Pero este planeta sólo nos ofrece la oportunidad para saber algunas cosas. Aprendemos cosas del entorno familiar, cosas del entorno natural, cosas del entorno social... Sin embargo, muchas veces tenemos entornadas las ventanas de la conciencia. | El planeta Tierra se nos aparece en distintas formaciones y deformaciones. Tanto, que se deforma nuestra conciencia, porque no es lo mismo la tierra que el lodo, el aire que el huracán, la lluvia que la inundación. Nuestra conciencia se nos aparece con distintas formalidades y muy diferentes informalidades. También, con informaciones y desinformaciones. En estos días de dolor, también, como muchos otros que no disponen del vendaval mediático que se ha sobreestablecido ahora sobre nuestras pequeñas cabezas, se nos sobrepasan las reflexiones olvidadas y los sentimientos inducidos y teledirigidos. No es casualidad que un canal de televisión nos ponga, para nuestro consumo, unas imágenes de franceses, con la cabeza llena de indignación y la cara desencajada, cantando la “Marsellesa”. Pero tampoco es casualidad que el único trozo que recogen de la canción es solamente: “Aux armes, citoyens”, con las imágenes susodichas. Pedimos perdón, porque no ha sido solo un canal de televisión, sino más de un canal, el que después le ha dado formalidad y, además, institucionalidad al canto de la “Marsellesa”, pero siempre arrancando del mismo sitio del himno: “A las armas, ciudadanos”. Tampoco nos puede parecer una casualidad que el ojo, con la bandera francesa y la torre Eiffel (pacifista) en el centro, con sus lágrimas, es un ojo derecho, así como tampoco lo será el dibujo de una chica de perfil y cuya lágrima desciende del ojo derecho. Quizá esta vez no se haya manipulado nada en estas dos imágenes, solamente haya podido ser fruto del incosciente. Inconscientemente se ha querido mostrar que en el fondo tenemos “buen ojo”. Vaya usted a saber adónde miran nuestros ojos y que nos quieren hacer ver. Se repite el paradigma de los días del atentado de enero a Charles Hebdo. A Europa solo le duele Francia. Los incontables dolores del mundo están ausentes de nuestro dolor y dócilmente nos adocenamos a sobreescribir la bandera de Francia sobre nuestros perfiles. Nuestros perfiles tienen que tener cuidado, no sea que se petrifiquen como una esfinge que vela sus ojos para no ver todo el dolor del mundo, de nuestro planeta rojo. No sabemos lo que haya podido pasar en el planeta Marte (llamado así por el dios de la guerra), pero podemos quitarle el título de Planeta Rojo, a poco que nos descuidemos, haciéndole caso a los que negocian con las armas que nos traen el dolor y a los que deciden a quién les tiene que doler y dónde tiene que dolernos. A estas alturas del dolor, perdón, queremos decir de la historia, no estamos facultados para poder perder la memoria de tantas banderas con crespones negros de tantos países por donde ha cabalgado y sobrevolado la guerra contemporánea durante un siglo. Las máquinas nos dejan sin trabajo, porque no reparten el trabajo y así también nos matan. Las máquinas de guerra, más que defendernos, nos matan con poco trabajo, aunque solo sea de dolor. Los mandamases se entienden, pero habrá que tener cuidado con las amistades peligrosas y con las visitas inoportunas para Europa de presidentes que puedan traernos solo la diana, para que seamos los próximos objetivos de la irracionalidad guerrera y terrorista. Cada día que pasa está más claro quiénes están detrás de la locura bélica, a quiénes beneficia y a cómo se cotiza la vida y el dolor. Queremos que a nuestro planeta lo sigamos llamando planeta Tierra, con humildad, porque la humildad le es propia, y no planeta Sangre, con soberbia.
josemª.
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