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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
El picó de Juancho y… “aquellos ojitos verdes”
| | Cuentos y relatos globales. 29.11.15 | | La música ofrece a las pasiones el medio de gozar de sí mismos. -Federico Nietzsche-Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Se cree, con toda certeza y seguridad entre las gentes del pueblo, que cuando Juancho Tejera tuvo su picó* de motor, ya que en el sitio carecíamos del servicio de energía eléctrica, el disco que éste más hizo sonar en él, fue la conocida ranchera “Ojitos verdes”. Al respecto Juan Ventura Molina, ordenado estadígrafo por vocación y afición, fiel y honesto seguidor de tan singular distracción y divertimento en su juventud, empeñado en el acertijo de saber en forma exacta cuántas veces sonó dicha pieza musical en el tocadiscos del mismo aparato, señala –para que la importante información no se quede en el olvido- que ésta llegó a escucharse en 255.254 ocasiones en un disco del “Sello Fuentes”, grabado por Antonio Aguilar a 38 revoluciones por minuto, lo cual, según el mismo informante, quiere decir que éste dio 9.699.652 vueltas sobre el plato giratorio de dicho dispositivo mientras el mismo tuvo cuerda y gasolina y hasta que aquella pasta con un orificio en el centro y en forma de torta no se rayara o deteriora por el uso y el abuso. | El picó de Juancho, en el curso de los años sesenta, de noche y de día, peregrinó por todas las calles del pueblo llevado en alquiler por los enamorados que en plena vía pública, a la sombra de cualquier “matarratón”*, amarraban en lo más alto de éste la bocina sin censuras ni prohibiciones y, así, de sol a sol y bebiendo ron, daban largas serenatas a sus pretendidas; salvada la dura prueba de trasladar en hombros, al escenario de los acontecimientos, el pesado y ruidoso motor, el delicado y casi intocable tocadiscos, la incómoda caja de los discos y la bocina del complicado utensilio prodigioso, Ninguna persona era infeliz en el pueblo en tal tiempo festivo porque el picó de Juancho, con su sonora bocina amarrada en el copito de cualquier árbol, como si fuera el juguete de todos, distraía, alegraba, alejaba las penas y las soledades y aliviaba zozobras…, y hacía que las mujeres jóvenes y hermosas, poniéndose una flor en el cabello, herederas de las bellezas de sus madres, para oír propuestas, se asomaran a las ventanas de sus casas en espera de un caballero que por las tardes las sacara a pasear soñando sueños de pasión y satisfacción, evitándose así la vergüenza de quedarse para vestir santos o la de morir de mal de amores. Tenía el picó de Juancho el poder de convocar al pueblo con el milagro de la música, prolongando por días y días bailes y parrandas a todo volumen y hasta que el disco “Ojitos verdes”, atascado en un manantial de notas enrevesadas, sin orden ni concierto, se repitiera y repitiera así mismo y a la voz de su de…” ¡Ñerda…, se rayó!”…, su dueño lo quitara anunciando a los presentes que en ocho días lo restauraba y la gente, aunque hubiese en la caja de los discos otras piezas musicales, desahogado el tormento de mil amores, retomando esperanzas, por una semana esperaba sin falta el nuevo llamado de la máquina musical a buena cuenta de que su propietario adquiriera también el suficiente número de cajas de agujas cambiables que cada cinco discos sonados, debía removerse por una nueva, dado que el fino extremo de diamante de las mismas se tornaba romo y, para el reúso, cuando faltaban, tocaba sacarles punta frotándolas contra el rastrillo de una caja de fósforos de que era menester. Y así, recuperada la sonora reproducción, sobrecogidos por el ingenio, al grito de:… ¡Vuélvelo a poné!..., continuar el jolgorio alegre que se hacía sentir en todo el ámbito de la región. A decir verdad. El disco “Ojitos verdes” que Juancho Tejera hacía sonar en su picó, causó en aquellas lejanas calendas más de un dolor de cabeza urbano, superando a la canción del chinito que no “marlboreaba”* en trance a duelo predispuesto por quienes imbuidos en interminables discusiones bizantinas, decían a voz en cuello que esa ranchera no era más que un gregoriano canto de iglesia sin atracción… Revelo que no hubo en el pueblo, para entonces, hombres y mujeres que no se aprendieran y cantaran la letra de “Ojitos verdes” gracias al picó de Juancho, sobrellevando en el alma la pena de un amor que, a lo mejor, se paseaba con otro u otra hasta llegar a decirle en forma tonta a un pajarito lo siguiente: … “/Vuela, vuela pajarito/pero si a mi vida vuelves/ ha de ser con dos ojitos/pero tienen que ser verdes/”… poniendo enseguida al pobre animalito en la nada fácil tarea de obligarlo a comprender la idiotez de las almas enamoradas al ritmo de una ranchera cortadora de venas y rompedora de corazones. Nadie ni nada como el picó de Juancho, subvirtió en forma alcahuete el orden público en el pueblo en tiempos en que por una serenata se estaba al borde de una tragedia al hacer sonar en éste, rancheras de letras ponzoñosas, perversas y fatales, en abierto y puntual golpe de estado contra la moral y la tranquilidad ciudadana, mientras sólo la luna por testigo, veía el salimiento de una enamorada raptada a caballo y la madre de ésta, en el aturdimiento de la indignación, al escucharlo sonar afuera, cuidando al resto de sus once sucesoras, para que otros hombres no se las llevaran y las hicieran coger un mal camino, con ojeras de color violeta, jamás recuperaría la placidez del sueño quebrantado por la desconcertante presencia invisible de Antonio Aguilar cantando todas las noches en la puerta de su casa la misma canción. Hoy, derrumbado en el mecedor de los recuerdos, al relámpago de la lucidez de mi conciencia, abrumado por tanto peso encima y lastimado por las alabardas perecederas de la nostalgia, hago presente en el pasado al picó de Juancho y como descifrando una historia, la historia de mi pueblo, así canto: Aquellos ojitos verdes, con quién se andarán Paseando, ojalá que me recuerden Aunque se de vez en cuando, dicen que cuando Suspiran aquellos ojitos verdes, me suspiran Con la vida porque todavía me quieren.
Ay, ay, ay, ay, dónde andarán, esos Ojitos que me hicieron suspirar Ay, ay, ay, ay, dónde estarán esos Ojitos que no los puedo olvidar.
Vuela pajarillo pero si a mi vida vuelves Ha de ser con dos ojitos, pero tienen Que ser verdes, cuando voy por esos campos Y me fijo en los laureles parece que estoy mirando Aquellos ojitos verdes,
Ay, ay, ay, ay, dónde andarán, esos Ojitos que me hicieron suspirar Ay, ay, ay, ay, donde estarán esos Ojitos que no los puedo olvidar ________________________________________________ *Picó: En el Caribe colombiano, máquina para hacer sonar música. *”Matarratón”: Árbol típico de las costas del Caribe. *”Marlboreaba o Marlborear”: Fumar cigarrillo “Marlboro” |
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