“Érase una vez que del barro de la tierra salió un ser que llamaron hombre. Era de la madre tierra y a la tierra volvía tras una existencia orgánica e inteligente. Pertenecía a la unidad indisoluble con todos los demás elementos que sabiamente la naturaleza había dispuesto en un equilibrio dinámico delicado.
La inteligencia en evolución, el pensamiento abstracto, los sentidos y otras muchas cualidades, convertían a ese barro inicial en un ser altamente cualificado para perfeccionar y preservar los equilibrios de la vida terrenal.”
- El viajero de tiempo hizo pausa y lloró…- “Para que aprendáis vivir, me advirtió:
Érase que era, de la tierra salió
Érase que era, creció y se multiplicó,
Comió de mal que se le ofrecía
Y a su hermano, el bien, sacrificó
Hijo de un dios de las tinieblas
Ciego, la luz nunca halló,
En tinieblas ha vivido, guerras y desolación
Cobardías y ambiciones, sólo de destrucción;
El amor que desconoce, puede ser su salvación,
El Amor que es entrega, paz y reconciliación;
El amor que no destruye; sino que da más amor;
El amor es el camino único de salvación.
Érase que era, los odios y las maldades,
La iniquidad e injusticia, de su pecho desterró
Érase que era, con humildad comprendió
Que su objeto no era otro que la propia redención
Érase que era, el ciego al fin, la luz vio;
Peregrino de este mundo, ya nunca más guerreó.
Érase que fue, entre hermanos construyeron
Una gran civilización.
La moraleja queda por cuenta de cada cual.
Málaga, 22 de febrero de 2007.-
Francisco José Pérez Brinkmann |