Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.Walter E. Pimienta Jiménez.- En la escuelita paga de “La Niña Pau”, maestra por vocación y a quien Dios concedió el don de enseñar en guerra abierta contra el analfabetismo, gracias a su acertado método pedagógico del silabeo y a la llamativa cartilla “Alegría de leer”, que con coloridos dibujos despertaba la imaginación en la comprensión de un texto, aprendieron a leer y a escribir los niños del pueblo y yo con ellos. Tenía “La Niña Pau” (Paulina Tejera), la bondad de comunicarnos el placer de la lectura y la escritura copiando de un pequeño tablero las letras deformes de la palabra mamá, en angustiosa tarea de llenar una hoja de cuadernos que se nos hacía inacabable. Yo, hacía las dichosas planas pero pienso que ella me las imponía para mantenerme ocupado, mientras atendía al resto de compañeros que en fila iban hasta su mesa de trabajo a mostrarle sus garabatos salidos de los renglones y de los márgenes, convertidos en bolitas deformes o emes de más de tres patas; asunto complicado para todos que, por lo general, nos hacía recibir de nuestra maestra esta desagradable orden: ¡Repítala!..., con reacciones de niños un tanto perezosos y que ante la nueva obligación, con estas preguntas o justificaciones, enseñándole el escrito, contestábamos: “¿Seño, hasta abajo?... “Seño, fue que se me partió la punta”… ¿Seño, y hoy no hay recreo?...”Seño, me salió torcida”… ¿Quién me presta un borrador? ¿Seño, la puedo terminar en la casa? |
En la escalita paga de “La Niña Pau”, en la que a mis seis años fui matriculado por mi abuelo Ismael para que con el tiempo llegara a ser Presidente de la República, y que no era más que la vivienda de la misma profesora, bajo una enramada de palmas de coco por salón de clases, a decir verdad, me sentía como en mi propia casa; haciendo de mis recreos toda una sana diversión corriendo y saltando en su patio, cazando grillos en su jardín, jugando al dado apostando botones, montándome en unas gigantes morrocoyas que ella tenía por mascotas y cambiando de vez en cuando algunos puñetazos con Heriberto, compañero del curso, al no pagar éste las apuestas… y allí, nada de llorar sin motivos, a menos que el mismo mala paga, con una cuchilla de afeitar que portaba para sacarle punta a los lápices, me cortara el hilo de las cometas que mi abuelo me hacía y que a veces llevaba al colegio; aunque en otras ocasiones lo hice por el fútil hecho de llamarme como me llamo: Walter, nombre poco común en tal tiempo y que no comprendía perfectamente porque no era igual al de otros amigos que se llamaban: Juan, Pedro, Jaime o Luis, y entonces reprochaba a mis padres, a mis padrinos y al padre Feliciano Hernández porque así m e bautizaron. En orden a mis tempranas aptitudes para aprender a leer y a escribir, declaro que “La Niña Pau” y la cartilla “Alegría de leer”, lograron la hazaña llevado letra por letra a las palabras, cancaneando un poco y sin poder entender nunca por qué la hache (H), era de hilo y además muda; la te (T) era de tomate; la be (B) era de burro; la “Q” era de queso y la “X” de xilófono me parecía una persona abierta de brazos y piernas a la que con la eme (M) de machete, alguien le cortó a cabeza…, y la “e” era de enano borrachón, en atención a que la cartilla traía la ilustración de éste con u vaso en la mano y esta leyenda: “ el enano bebe”…, y así aprendí en el entusiasmo y el disfrute de ver en el dibujo de la zorra y las uvas, cómo ésta saltaba y saltaba en vano para alcanzarlas y comerlas en lugar de cazar por el monte una gallina…Y me alegraba con las alegrías de los compañeros riendo al comparar al enano de la letra “e” con “Piojito”, el zapatero del pueblo por ser él de baja estatura; como igual reí festejando el inocente jolgorio de Freddy Hernández cuando al tocarle leer la palabra “raqueta”, leyendo el dibujo y no la palabra, dijo: “colador”… …Bueno, y cuando llegaba el caso de llorar, se lloraba por la gran desgracia de haber perdido un lápiz, una moneda; por no saber hacer el rabo a la “a” que me salía muy largo y en otras no le salía casi: porque Heriberto le comía a otro la guayaba que llevó de merienda y, mejor, y más copiosamente cuando por infortunio disléxico la “p” se nos convertía en “q” y la “d” en “b” y el entusiasmo por aprender se nos iba al piso y “la Niña Pau, como amorosa madre, llevándonos la mano, hacia nuestra su propia letra grabándonosla en el alma para siempre, resaltando entre el resto de mamarrachos deplorables igual que un trazo indeleble, sublime y humano. Sin embargo, no todo fueron dichas en mi escuelita de “La Niña Pau”, porque cuando ya lo creía todo aprendido, arrasando con la cosecha de mis triunfos, no sé de dónde apareció la erre (rr) con su sonido doble y fuerte y sucumbí en el experimento de escribir así las palabras “rrey” y “rrosa”, con doble erre, seguro que así debía ser, llegando a pensar que la cartilla estaba equivocada y estimando con justicia que en el abecedario había letras no necesarias como la doble “W” de mi nombre, llegando a tener la impresión deleitosa que éste se leía mejor si se escribía así: “Gualter” con “g” de gato… Aún me veo en la enramada de la escuelita de “la Niña Pau” en mi asientico de palo con un grillo en las manos esperando la hora feliz en que mi prisionero escolar hiciera “cric-cric-cric”… y respetuoso miraba a mi maestra como diciéndole yo no lo tengo, lo tiene Heriberto. ¡Qué bella ilusión! ¡Qué dulce esperanza! “La Niña Pau” y mi cartilla “Alegría de leer”, me enseñaron lo bello que es aprender jugando cuando la imaginación, tal que un pájaro estrenando vuelo, vuela a lo imposible y con ello se goza de modo intenso porque en todo se pone el corazón y se siente y se existe y se es…y se sueña despierto y se inventan palabras nuevas para explicar con un nudo en la garganta lo que ahora no tiene explicación en el tiempo y a distancia. …Todavía recuerdo con incomprensible emoción las excursiones que junto a Heriberto, montados en las morrocoyas de “La Niña Pau”, hacíamos y existíamos imaginándonoslas veloces caballos de guerra… …Y por eso hoy, con esta crónica respetuosa, bendigo la memoria de “La Niña Pau”, buena como una madre y a quien hago en el recuerdo de lacio cabello blanco y ojos azules, tímida y humilde, enseñando a lo mejor las primeras letras a los chicos que en el cielo, juguetones y perezosos, rodeándola en su mesa de trabajo, le muestran sus deberes y le preguntan: “¿Seño, hasta abajo? “¿Seño, y hoy no hay recreo?” “¿Seño, la puedo terminar en la casa?...y entonces Dios, de paso rutinario por la escuelita celestial, viéndola, sonríe y se vuelve niño.
Walter E. Pimienta Jiménez.
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