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Carne de cañón | | Eduardo Saez Maldonado. 02.11.15 | |  El informe de la OMS sobre las carnes procesadas ha levantado un revuelo enorme y ha provocado mejorables llamadas a la calma desde las administraciones públicas (“los productos cárnicos andaluces son de extraordinaria calidad”, cosa que nadie discute) o esperables desmentidos indignados de parte de los productores cárnicos. Pero independientemente de los aspectos de salud pública de los que todo el mundo habla, es oportuno hacer algunas consideraciones más generales: de tipo ecológico. Porque más allá del riesgo cardiovascular y carcinogénico que, según sabemos ya hace años, tiene el consumo frecuente de carne “roja” (básicamente de mamíferos), y en particular el de carnes procesadas (que a lo anterior suman los conservantes como nitratos y nitritos) el incremento gradual en el consumo de carne en general que se produce en los países a medida que van desarrollándose lleva aparejado un peligro también para la salud del planeta. Veamos por qué. | Es verdad que la carne es más nutritiva que las plantas. Cuando un gran carnívoro, pongamos una manada de lobos, caza un ciervo y se harta de comer, se pasa varios días dormitando. Sin embargo, los herbívoros tienen que invertir varias horas al día, todos los días, en comer. Los tubos digestivos de los carnívoros son más cortos que los de los herbívoros pues la carne se digiere más fácilmente. De hecho, y dicho sea un poco entre paréntesis, se considera que el paso de herbívoros a carnívoros eventuales que se produjo en nuestros antepasados los australopitecos hace pocos millones de años supuso un progresivo acortamiento del aparato digestivo lo que permitió “invertir” energía en desarrollar el cerebro. Es decir, que según el estado de conocimientos de la antropología actual, la inclusión progresiva de carne en nuestra dieta fue una de las causas que determinó nuestro desarrollo intelectual y, por tanto, nuestra singularidad como especie dominante del planeta. Nuestra naturaleza es omnívora, pues, y como nos gusta la carne, tendemos a comerla en exceso desplazando a los alimentos de origen vegetal que, aunque menos nutritivos en cuanto a aporte energético, son también inherentes a nuestra naturaleza. Así, los países más desarrollados consumen más carne que los poco desarrollados que basan más su dieta en alimentos de origen vegetal, más fáciles y baratos de producir: cereal, patata, arroz etc. Por ejemplo, China, que tiene la sexta parte de la población del mundo y ha desarrollado su economía enormemente en las últimas décadas, ha multiplicado por cuatro su consumo de carne per cápita en los últimos 30 años del siglo XX. Y aquí es donde empieza el problema. Según algunas estimaciones, se necesitan entre 10 y 20 kg de productos vegetales para producir 1 kg de carne. Siguiendo con el ejemplo chino, al cuadruplicar el consumo de carne, se requiere multiplicar por 40 (como mínimo) la superficie de tierra dedicada al cultivo de alimentos destinados a criar ganado. Es decir, que a medida que el nivel de vida sube (y el consumo de carne también) se necesita ocupar más suelo, lo que significa más deforestación, aumento de la erosión, generación de desequilibrio hídrico, pérdida de biodiversidad, etc. Y esto sólo considerando que suba el nivel de vida en los países de tercer mundo, porque si además sigue incrementándose la población mundial (y los chinos ya pueden tener más de un hijo), ya ni hablamos. Y es que somos ya más de 7.000 millones de personas en la tierra, de los cuales la mayor parte come poca carne (de hecho comen poco en general). A medida que estos países pobres se van desarrollando con la legítima aspiración de alcanzar un nivel de vida equiparable al occidental, su consumo de carne se irá incrementando. El planeta tiene un grave problema de límites ya que tiene el tamaño que tiene, y el agotamiento de los recursos es un problema que ya tenemos ahí: petróleo, minerales en general, y superficie “aprovechable” (es decir , suelo) para cultivos, ciudades, infraestructuras etc. Y mientras que el único criterio que exista en nuestros sistemas socioeconómicos sea el crecimiento ilimitado de la población y la economía, como ocurre en todos los países del mundo, el problema no hará sino aumentar. Lamentablemente ya empezamos a sufrir crisis económicas, sociales y ambientales que, en gran medida, tienen que ver con esta explotación desmedida de nuestro entorno a cuyos límites de estabilidad nos estamos ya acercando peligrosa e inconscientemente. Yo no soy precisamente vegetariano, pero mientras intentamos conseguir que el problema del crecimiento infinito vaya calando como tal en nuestra sociedad (y por tanto en nuestros representantes) no estaría de más ir pensando en moderar nuestro consumo de carne; por nuestra salud individual pero también por la colectiva como especie en cuyas manos está el destino de nuestras sociedades y de nuestro único hogar: la Tierra. Eduardo Sáez Maldonado
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