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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
La palabra etcétera

Cuentos y relatos globales. 25.10.15 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Cuando la profesora Ruth Lechuga, maestra de la escuela elemental en el segundo curso de enseñanza primaria nos enseñó el significado y el uso de la palabra etcétera, diciéndonos que ésta es una voz que se emplea para interrumpir el discurso indicando  que se omite lo que queda por decir, todos en el curso empezamos a usarla como una útil y secreta herramienta en el embrollo de escribir vocablos que tienen el mismo sentido o cuando, invaluable dentro del idioma, en forma oral, echábamos mano de ella sin desistir en el propósito de considerar que, para lo que más sirve es para recortar las largas plegarias y jaculatorias en la misa, sin que éstas pierdan el alcance y la virtud de que nos pueden ayudar a conseguir lo que queríamos  si las mismas (las plegarias y jaculatorias), se recitaban con devoción y con fe y, entonces,  a la hora de un padrenuestro en la eucaristía, ayudados por el encubierto conocimiento y en estrecha relación con ella ( con la palabra etcétera), no faltaban quienes en el ejercicio y práctica desmedida de ésta, así lo hacían: “…Padrenuestro que estás en el cielo, santificado  sea tu nombre etcétera, etcétera, etcétera…, evitándonos así  complicaciones de manera directa al no sabernos  por completo la extensa rogativa eludiendo  de paso, penosas equivocaciones al revolver el  “yo pecador me confieso ante Dios Todopoderoso y ante vosotros hermanos”…con el “Dios te salva María, santificado sea tu nombre”… y en tal caso, todo lo remediábamos con un largo y audible ameeeennn que retumba en la en la iglesia y que, como cucharadita salvadora, empleamos con interés especial al final de todas las preces e invocaciones.
De aquí en adelante, entré compañeros, hubo de inmediato un interés especial por el empleo de la palabra etcétera; hasta con motivo de equivocación… como aconteciera a Erasmo Pérez,  quien en el examen de matemática, ante esta pregunta: ¿Qué son números naturales? Esto contestó:
-“Son aquellos que… etcétera, etcétera, etcétera”.
Por esos  días nada era más importante en la escuela que la palabra etcétera; ya sabíamos escribirla en forma abreviada (etc.) y figuraba en todos nuestros textos y con ella imaginábamos que en algún lugar del mundo esta mañana, a la hora del desayuno, hubo quien cocinó el maíz, lo molió, amasó la masa y con esta hizo etcétera, etcétera, etcétera…
Pero no terminaba aquí el interés escolar por la palabra etcétera, ésta era el recurso con el cual mencionábamos algo que no se recordaba y hasta se rivaliza entre compañeros que  la utilizaban  mejor que otros; Luis Alfonso Higgins (el Niño Higgins), por ejemplo, siendo zurdo, se valía de ella como si fuera su mano izquierda.
Yo no sé quien fue el creador de la palabra etcétera; tuvo que haber sido alguien experto en saber reducir o acortar el tiempo; alguien acelerado y presuroso al escribir y al hablar, y con ello se eternizó en el mundo de lo aminorado para provecho de una humanidad que aprendió con este término a no hacer desesperados ejercicios manteles que le eviten caer en la repetición de una palabra a la  cual le sobrevive otra y a ésta una sobreviviente más y a continuación unas semejantes que parecen no morirán jamás y así prosiguen en la historia.
He de decir que en la ocasión en que Mariano Molinares, compañero del curso, fue a la tienda de Julio Misifú a comprar una panela, una bolsa de café y a continuación lo demás,  creía haberlo adquirido agregando en el discurso de  etcéteras, etcéteras y más etcéteras…., Y entonces aconteció que el tendero, confundido y tratando de darle una explicación lógica al embrollo, pero a la vez sintiendo que se burlaban de él, con una mirada compleja y a la vez de consuelo, le dijo al cliente:
-Mariano, no hay  etcéteras; para mañana sí tengo. Ya se los encargué al etceteretista que me las trae”.
Y confundidos los dos, fue Mariano quien esta vez  le dijo:
-No se preocupe por ahora, señor Julio, en la casa podemos pasar sin ellas. Le explicaré a mi madre.
El tendero, no se quedó con aquello, se quitó el sombrero, lo agitó con un movimiento para refrescarse y otra vez le dijo:
-Bueno, en realidad no hay. Las tenía en esta caldereta donde meto también las galletas, los caramelos, los bombones, etcétera, etcétera, etcétera, vino alguien a horita a comprarlas junto con dos libras de arroz, una de fríjol, una botella de aceite, etcétera, etcétera, etcétera, Mariano, y qué pena contigo, se me acabaron los etcéteras. Ven mañana…seguro las tengo-
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walter53pimienta@hotmail.com

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