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Economía en el parque
Jose Maria Barrionuevo Gil. 19.10.15 
Siempre que vamos al parque, viendo cómo están las cosas y dándonos cuenta de cómo estamos las personas, podemos hablar, aunque con poca serenidad, de lo que nos está pasando. El parque está lleno de bancos, en los que podemos sentarnos y sentirnos con confianza. Podemos hablar de cosas que nos resultan interesantes, pero sin que nos cobren ningún interés. A lo mejor es que, como estamos al principio del otoño, no nos pasan todavía la factura del impuesto al Sol. Pero nos parece mejor que el impuesto al Sol se lo cobren a él. Quizá esto es lo que tenemos meridianamente claro.
Aunque la verdad sea dicha: no nos dejan tranquilos ni a sol ni a sombra. Ya hace algún tiempo que asistimos a la alegría que nos producía el poder contar con los créditos que nos concedía Europa, pero que pasaban por las manos de los banqueros, que nos endilgaban un interés muy superior al que hubiéramos tenido que satisfacer si los préstamos hubieran venido directamente al Estado. El Estado y el estado del bienestar están en horas bajas y nosotros, por debajo de esas horas bajas. Nunca nos imaginamos que íbamos a caer tan bajo. Nunca pensamos que íbamos a caer bajo la bota, casi militar, de los intereses que nos cobraban los bancos y, además, sin despeinarse.
Es en el parque donde somos libres de ir al banco que queramos, de escoger los que nos ayudan a recoger la sombra o los que nos conceden unos poquitos rayos de sol sin que nos quedemos fríos.
    En los bancos del parque podemos hablar, conversar, reír, sin reparar en la economía de las palabras, porque tenemos interés en sacar a flote nuestros valores, nuestros conocimientos, desterrando tantas informaciones parásitas que nos roban tiempo y lucidez y, así, poder valorar los valores humanos de los que nos podemos sentir orgullosos y desalojar los cotilleos que nos distraen del intercambio de conocimientos.
     Así, también podemos comentar que los empresarios, sabiendo que no se pueden dedicar a meterse en créditos y préstamos para invertir, no tienen otra cosa que hacer que ponerse de acuerdo con los políticos que defienden solamente sus intereses y que ya están hablando (y tramando) de quitar hasta el salario mínimo. Por ahora solo se dedican a contentarse de que se congele el salario, en caso de que sea muy bajo, de que se les permita cargar de horas de trabajo a los trabajadores y, así, ahorrar y sacar dinero de las penurias de los asalariados, ya que los empresarios no se atreven a pedir préstamos a sus amigos los banqueros.  Están convencidos de que así consiguen recursos limpios de cargas. Después como ese dinero, que obtienen de la mayor plusvalía de los trabajadores, no les duele, porque no es ni siquiera un préstamo, que se les convertiría en una deuda, y con sus intereses, invierten o se lo gastan en eventos y fastos a tropel, cuando no en tropelías. Y lo sabemos.
    En el parque, se puede hablar de las reformas que se hacen y que a veces nos obligan a hablar de los recursos que se han invertido en el propio parque. Podemos ver que se puede echar una solería al parque, pero con cuidado no sea que, por ahorrar, se pongan unas humildes losas, que por serlo, ya nos están dejando a la vista las fracturas de las diaclasas y que, con el tiempo, se nos  convierta en un paseo incómodo de disfrutar.
    Nuestra larga experiencia y nuestro tiempo abierto siempre nos ayudan a conversar, a compartir nuestros conocimientos, a mantener criterios de que lo que nos está haciendo falta no es una reforma de las ciudades ni de la política, sino una educación de la ciudadanía que recoja la experiencia de la economía real y no de la economía especulativa y financiera. Esta economía, puramente monetaria, nos ha convertido el paso y el paseo en un infierno difícil de transitar y que no nos permite descansar tranquilamente. Un amigo nuestro que ha leído “Economía sin corbata” del griego Yanis Varoufakis, nos ha contado que “los poderosos rechazan que el Estado ayude a los necesitados, pero que exigen dinero del Estado para resolver sus problemas”. Eso es liberalismo.
    Si en 1919, se consiguió la jornada de ocho horas, podemos pensar qué es lo que nos está pasando ahora. De haber seguido con este avance social, hoy trabajarían más las máquinas y menos las personas, que tendrían más tiempo para dedicarse a la cultura y al ocio, que podrían convertirse en conversaciones en el parque. Pero, no.

josemª
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