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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Gutiérrez, el cazador
| | Cuentos y relatos globales. 18.10.15 | |  *Considero que la caza, tal y como se desarrolla actualmente en nuestro país, y no en los tiempos de Eusebio Gutiérrez, es una actividad inaceptable, debido al grave deterioro ambiental que genera, y en ningún caso puede ser considerada como una actividad deportiva. Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez .- Gutiérrez, el cazador y armero del pueblo, se vino del suyo con su mujer y sus hijos dejando allá alguna triste soledad o lo que fuera…Llegó con los suyos y con sus perros por un camino difícil pues era invierno. Gutiérrez, como todo buen cazador, caminaba despacio, con cautela, oteando el aire y los montes porque también olía la presa. Gutiérrez contestaba preguntas con un intrincado idioma que le permitía en forma prudente ahorrar palabras y así mantenía un equilibrio presupuestal de opiniones y conceptos que usaría en futuras conversaciones. |
Gutiérrez sabía de escopetas inexplicables que parecían llevarle por instinto de orientación y de presentimiento a donde había conejos y venados esperando pacientes de él un certero tiro. Gutiérrez dormía con la escopeta cargada al pie de su cama; bueno, lo de dormía era un decir porque un verdadero cazador no duerme. Él era nocturno por vocación y desde muy joven se le había olvidado ya dormir haciéndolo a medias, con un ojo abierto y el otro entrecerrado. La casa de Gutiérrez, o mejor las paredes de su rancho, estaban llenas de cornamentas de venados sabaneros y de vistosas pieles de tigrillos que ya no rugían ni mataban a nadie en el monte y que él hubiera querido volver domésticos en un chiquero* especial enseñándoles a comer flores y legumbres, dándoles de beber agua dos veces al día. Todas las noches Gutiérrez cazaba y traía de las montañas ocho conejos y tres venados que moribundos exhalaban todavía el tufo de la pólvora disparada por su escopeta anacrónica, vomitando perdigones que zumbaban por entre los montes y cantaban cantos de muerte en castellano de fuego. Gutiérrez, aunque se bañaba cada mañana a totumadas y con jabón de bola* en el agua bendita del arroyo, siempre olía a pólvora y a almizcle de venado que es a lo que huelen por costumbre los cazadores y no a begonias… Gutiérrez era de los que cuando salía de tarde a cazar le decía a su mujer: -Ves haciendo el arroz porque ya te traigo un venado para que lo guises. Te lo traigo así me cueste ir tras él hasta el fin del mundo. …Y Gutiérrez, sigiloso se iba con su escopeta terciada al hombre como si fuera un juguete que los conejos miraban sin suspicacia hasta el extremo de que éstos, con el sol declinante de la fresca tarde, prodigiosos, antes de morir, dichosos, con pases de acróbatas le bailaban montados en una piedra. Gutiérrez, con paciencia, con inteligencia y corazón, arreglaba escopetas a las que se les había olvidado matar tigres, conejos y venados. Para ello les ponía tornillos y resortes enseñándoles otra vez el amenazante arte de la muerte, bautizándolas con un lubricante baño de aceite “Tres en uno”, entregándolas luego a sus dueños siendo ahora sí poseedoras de un espíritu que asustaba y estremecía como el mal recuerdo de un sueño contenido en el baúl de la destrucción. Gutiérrez a veces hablaba con preocupación del enigma de un venado inmortal al que le había disparado diez veces diez tiros masticados en cruz. -“Es grande, gordo y bonito. De patas que vuelan y al que busco sorprender registrando matojos, removiendo sombras al voltear cualquier loma y al que llamaré con palabras secretas que confío me lo entregarán dormido como un niño al que su madre venada, antes de irse a pastar, le ha dado un beso en la frente y le ha dicho: no salgas, es peligros, ve que por ahí anda Gutiérrez- decía. Gutiérrez, a cualquier hora del día o de la noche, salía de su rancho con un tropel de perros que febriles en su oficio le ayudaban y aturdían a los conejos y venados con el desorden de sus ladridos y, entonces, él, apoyando su escopeta contra el pecho, ponía la vista donde ponía el pensamiento y a la luz del fogonazo, el venado, antes de morir, le mostraba su sonrisa triste lleno de plomo… Y el monte se quedaba mudo como si nada hubiese pasado; pero sí pasó…un hallazgo de muerte le ponía en las manos al sangrante herido que terminaba de morir al compás de la música de su corazón agonizante… Alguna vez, la fatiga de muchos días y de muchos noches vencería a Gutiérrez que ya anciano, incierto en su dormitorio, azuzaba los perros a los inalcanzables conejos de su imaginación sacudida por un disparo de nostalgia dejando vivos a los venados de sus añoranzas y en tal caso se acabó junto con él, el querer de muerte de su escopeta famosa y renombrada…
*Chiquero: Corral para animales pequeños *Jabón de bola: Jabón barato.
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