Escribe Walter E. Pimienta Jiménez .- La media mañana de aquel 3 de octubre refulgía gloriosa y la casa de mi abuela Cristina se había vestido de gala, de alegría, de paz y de amor en el Señor. Ella, vestida de clásica ingenuidad, exhibía su vestido de elegancia, el de florecitas moraditas; calzaba, además, finas chinelas de pana negra aterciopeladas y lisas. Olía a extractos y a esencias buenas y, del fortín de su cocina salían emanaciones benditas y bienaventuradas que presagiaban el agradable sabor de un sancocho de gallina. El “Ron Blanco” y el “Vino Moscatel”, infaltables en todos sus ratos sociales y congresos consanguíneos, esparcían también en el ambiente olores a fiesta, juerga y convite. Rosana, la vecina de enfrente, ardía en furia por no haber sido invitada, pero se consolaba porque sabía que al final del evento mi abuela le mandaría una presita*, y fiel a su costumbre de querer saberlo todo, sin prohibición alguna atisbaba inquisidora por una de las ventanas de su casa. La celebración sería por todo lo alto; allí estábamos todos los de la parentela. Nadie quiso perderse la fiesta porque los cumpleaños de mi abuela siempre eran sensacional. Todos habíamos llegado cargados de obsequios y envoltorios que ella recibía agradecida obsequiándonos a cambio una totumada de fuerte y embriagante chicha de yuca preparada tres días antes por mi abuelo Hernán en el bote donde él cuajaba la leche y hacía los quesos… Como todos los años había baile y cantos y una vez más mí tío Goyo, el cantor de la familia, cantaría tangos de Carlos Gardel y mambos de Pérez Prado.
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…Sus nietos y nietas, todos y todas con facciones de ángeles, sentados en un largo asiento ancestral y remoto, indecisos entre pedir más chicha o tener que cuidar la ropa nueva que llevábamos puesta, tendríamos que escoger lo que más nos divirtiera: la fiesta, la fiesta enorme recibiendo golosinas y confites y otra vez chicha fuerte, chicha de la que nos hacía ver el mundo de distintos colores…Todos hablaban y nadie oía… Mi abuela no dejaba que nadie entrara a la cocina a meter mano al sancocho para que este, por el cambio de humor, no se corrompiera y se agriara. Los adultos, entre tanto, desarticulaban conversas entre tragos de “Ron Blanco” y ella, como en un desvanecimiento de ensueño, gozaba del oficio de ser feliz rodeada por toda su familia, motivo más que suficiente y bastante para haberse bebido, hasta esa hora, más de diez tragos de ron, bebida que a su decir le aliviaba a cantidades las pesadumbres y disgustos. -La dicha verdadera vale dos pesos y viene envasada en una botella de “Ron Blanco”- decía. Nadie tenía cara triste allí. El ron y la chicha parecían caídos del cielo. La fiesta ahora tomaba renombre. Rosana no dejaba de chismosear y mi abuelo Hernán, empinándose otro trago, así verseaba décimas del Siglo de Oro… Un año más de existencia Hoy cumple mi hermosa Cristina Manteniéndose en la brega Con esfuerzo y con sapiencia Yo pido a la providencia Que le tome la medida Y sea favorecida En su diario vivir Para que pueda cumplir ¡Muchos años más de vida! …Mi tío Goyo, entre tanto y a la par de la ocurrencia, cantaba “Flores negras” del poeta Julio Flórez; y de Alfonso Esparza Oteo, este sentido bolero: Por unos ojazos negros, igual que penas de amores Hace tiempo tuve anhelos, alegrías y sin sabores Y al dejarlos algún día, me decían así llorando No te olvides vida mía, de lo que te estoy cantando Que un viejo amor, Ni se olvida ni se deja Que un viejo amor, De nuestra alma si se aleja, Pero nunca dice adiós… Mi tío José Martín, por su parte, sano de corazón, como niño aplaudía y reía y, mi papá, con cara de primer designado, se bebía en cada trago su propia liberación… Llegaron, por demás, de todas partes amigos y allegados. Mi abuela no cabía en su pellejo de la felicidad. Tío Goyo cantaba ahora así: Ya vamos llegando a Pénjamo Ya brillan allá sus cúpulas De Corraleja parece un espejo Mi lindo Pénjamo sus torres cuotas, Son dos alcayatas, prendidas al sol. …Ese día no era día de regaños. Ese día todo éramos primos lindos, primorosos y queridos. Ese día todos nos adoraban…Era 3 de octubre, cumpleaños de la abuela… …Hubo de todo y de tanto en la fiesta que no hubo sancocho de gallina. Mi abuela, llevada por los efectos del “Ron Blanco”, queriendo acertar en una perfecta sazón y punto para el cocido, confundiendo una botella de gas kerosene por una de vinagre que mantenía en la mesa de la cocina, agregó a la suculenta y sustanciosa sopa un chorro del hidrocarburo casero que ella usaba para para encender la hornilla y, de paso, también añadió cinco gotas de este al arroz a la valenciana que serviría de complemento a los invitados. Yo, sin embargo, y sin entender lo que entre risas y carcajadas ocurría y comentaban, en medio de la confusión y las críticas para mí infundadas, sonriente abracé a mi vieja, le di un beso en la frente y le dije…¡Feliz día, abuela! Walter E. Pimienta Jiménez
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