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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Prima Cristi
Cuentos y relatos globales. 04.10.15 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Cuando conocí a la “prima Cristi, yo era un niño y  ella ya había perdido la vista. Estaba tullida en una cama de lienzo y al verla  la consideré  la mujer más remota de la humanidad, llevando una vida que había tenido comienzo pero que parecía no tener  fin,   acumulada en algo más de 120 años de larga existencia
 “Prima Cristi” había perdido la vista pero no el oído; hablaba rimado, a la usanza de los españoles del Siglo de Oro y como si conociera a los nuevos vecinos que le hacíamos preguntas en otro idioma, o no en otro idioma sino en el mismo de ella pero confundido por el uso de palabras nuevas que no comprendía y por vocablos viejos que  habían perdido  la orientación ahora envejecidos y en extremo arcaicos.
Asistida por Conchita, su hija, “Prima Cristi” era también  un inexplicable ser aún vivo. Le daban la comida a cucharadas igual que a un niño; masticaba sin dientes y avisaba a gritos cuando presentía que iba orinar o a disponer de lo otro por apremiante necesidad.

“Prima Cristi” tenía dispuesto para ella un cuarto especial contiguo al de su hija, alejado del ruido y del trajín doméstico, con una ventana inundada de luz procedente del patio. Su piel parecía de papel y no me explico cómo sus huesos quebradizos no se le desmoronaban por dentro y todavía corrían el riego de concebir la armazón de su escuálido esqueleto.
“Prima Cristi”, rescatando olvidos, luego de unos murmullos intrincados, poniendo la lengua en su lugar, recitaba versos inmemoriales y en su delirio de pronto decía:
Árbol que crece torcido
Tarde su tronco endereza,
Pues hace naturaleza
Del vicio con que ha nacido.
…Y, en otras, repasando omisiones, luego de una pausa confidencial declama:
Tres cosas me tienen preso
De amores el corazón:
La bella Inés, el jamón
Y berenjenas con queso.
Esta Inés, amantes, es
Quien tuvo en mí tal poder,
Que me hizo aborrecer.
Todo lo que no era Inés.
Trájome un año sin seso,
Hasta que en una ocasión.
Me dio a merendar jamón
Y berenjenas con queso.
En gusto, medida y peso
No les hallo distinción:
Ya quiero Inés, ya jamón,
Ya berenjenas con queso.
Y sobre cierta ruidosa costumbre que algunas personas sin pena alguna  realizan, entre risas y gracejos, de Quevedo recitaba:
Alguien me pregunto un día
¿Qué es un pedo?
Y yo le conteste muy quedo:
El pedo es un pedo,
Con cuerpo de aire y corazón de viento
El pedo es como un alma en pena
Que a veces sopla, que a veces truena
Es como el agua que se desliza
Con mucha fuerza, con mucha prisa.
El pedo es como la nube que va volando
Y por donde pasa va fumigando,
El pedo es vida, el pedo es muerte
Y tiene algo que nos divierte;
El pedo gime, el pedo llora
El pedo es aire, el pedo es ruido
Y a veces sale por un descuido
El pedo es fuerte, es imponente
Pues se los tira toda la gente.
En este mundo un pedo es vida
Porque hasta el Papa bien se lo tira
Hay pedos cultos e ignorantes
Los hay adultos, también infantes,
Hay pedos gordos, hay pedos flacos,
Según el diámetro de los tacos
Hay pedos tristes, los hay risueños
Según el gusto que tiene el dueño
Si un día algún pedo toca tu puerta
No se la cierres, déjala abierta
Deja que sople, deja que gire
A ver si hay alguien que lo respire.
También los pedos son educados
Pues se los tiran los licenciados,
El pedo tiene algo monstruoso
Pues si lo aguantas te lleva al pozo
Este poema se ha terminado

Conchita era el ángel de la guarda de “prima Cristi”, cada hora del día, sin que se le olvidara,  velaba su sueño y acercando amorosa su oído al pecho de su madre, absorta descubría que ésta seguía viva y, despertándola con una voz familiar, confirmaba el milagro de que estaba en este mundo y, entonces, ella, soltando palabras en castellano antiguo decía: “Cuando fenezca incinera resina en mi cuarto. Quiero expirar entre buenos efluvios”.
Había preocupación en el barrio cada día por saber si “prima Cristi” amanecía viva y se estremecía uno al ver que Roque, su nieto, sentándola en un taburete de cuero, la sacaba del cuarto para bañarla con devoción y luego, estudiando la calentura del Sol, la ponía a secarse en la tibieza de un calor para niños, saliendo de la doméstica costumbre intacta y algo más entera… Y, en tal caso, Conchita le daba un beso en la frente, la empolvaba y la  vestía  de niña vieja al tiempo que con un tropel de palabras, remontada en el pasado esto le dice a su hija:
Al amor que ofrecerte quiero
Le cantaré con mil liras
Tú que siempre bien me miras,
Ignoras que carezco de dinero”.

Walter E. Pimienta Jiménez

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