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Crónicas del otro Macondo. -Historias para ganarle al olvido-
El loro godo de Rita Andrea

Cuentos y relatos globales. 27.09.15 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Quien  en su tiempo lo vio y lo oyó, lo dirá mejor que yo: era pública la gran admiración que la gente del pueblo sentía por el elocuente loro de Rita Andrea quien, azuzándolo y enseñándole vituperios y prediques contestarios, a través de él, punzaba el orgullo de los seguidores del partido liberal pues la asombrosa ave, igual que ella, era godo recalcitrante; tanto así que el conocido estribillo que estos pajarracos de memoria siempre así recitan: lorito real, visto de verde y soy liberal, en su voz, nunca alabó la conocida rutina porque no sentía, para nada, afecto alguno por esta doctrina o partido político hasta el extremo despreciable, prosaico y frívolo que en el extremo de su cantaleta, artificio de su expresión, esto siempre decía: lorito real, visto de verde y soy conservador… y en cuanto a lo otro, es decir, lo que faltaba a  su cantinela que era: corre, corre lorito que te coge el gato… , los miedos gatunos no tenían en él efecto alguno ya que su ánimo anti felino ponía  las cosas en su lugar cuando, volviendo a las andadas con las cuales todo lo ridiculizaba, se decía: pa’ jodé a Rita, que gato ni qué carajo… y, entonces, más vivo  que nunca, se sacudía las plumas y a carcajadas  se reía.
No faltaban en el pueblo quienes aplaudieran las peroratas incendiarias del loro de Rita Andrea. Había que oírle y verle –como lo dije al inicio- repartiendo tramojazos ofensivos contra el cura liberal en tono de ateo, y contra el alcalde de quien esto versos decía:

El alcalde en lucha fiera,
Contra mí desde el nacer,
Nada él quiere saber
Sino que pronto me muera.
Bajo la sombra acogedora de un palo de calabazo, montado sobre una estaca, durante el día vivía el loro de Rita Andrea y, desde allí, a campo abierto, despuntando las primeras horas de la mañana, hasta que el sol declinaba, la parlanchina ave cantaba, reía, discurseaba, pedía arroz pa’ el loro y repetía y repetía, en el ámbito de su barrio, apodos, ofensas, burlas, pitorreos, vulgaridades, escarnios y desaires en una algarabía que se oía a varios metros a la redonda. Era un encanto oírle su doméstico rolar de sabio emplumado, haciendo del solar un territorio suyo y sólo suyo por linaje, volviendo a decir, en forma exitosa y contra el aire del norte y sin equivocaciones, lo que su paciente dueña le enseñaba:”… ¡Golla, te coge el toro! ¡Demetrio, gorrero! ¡Arístides, quedao!... ¡Arroz pa’ el loro!
Del loro de Rita Andrea, con su lenguaje de dinamita lleno de amarga ironía, podía esperarse cualquier cosa. Abría el pico y sin concesiones sibilíticas, ponía los pelos de punta porque carente de prosa florida, insultaba al mundo y a la pícara sociedad antes de acostarse temprano. Pero eso sí, no perdonaba ocasión de hacer saber a todos su filiación política infecta de veneno cuando esto con ardor de godo expugnador decía: “¡Viva el partido conservador! ¡Viva Laureano Gómez!... ¡Y que se jodan los liberales!... Y, como aplaudiéndose, batía sus alas, todo a cambio de un plato de arroz y una tajada de plátano frito.
Pero pasó algo que a muchos costó trabajo creer. Un hombre en extremo afectuoso, de índole  honrada y de filiación liberal, empezó a entrar en el alma de Rita Andrea. El discurso sentimental de aquel enamorado, expansivo y cordial, rompió el impenetrable corazón de la dueña del loro entonces solitario y, siendo así, en las tardes le aceptó decentemente la visita en la puerta de su casa mientras ella bordaba o tejía y aquél le  hacía conocer su secreto estallando en anhelos irreprimibles cuando se le declaró vencido por las ansias  crecientes de un amor ancestral, sin resquicios ni parcialidades partidistas llenando de paz su corazón.
El amor todo lo puede, se dice, y Rita Andrea, sumando a su encanto  personal las buenas maneras, queriendo impresionar a su enamorado en cada visita, al cabo de un mes, entre repetición y repetición, para demostrarle a éste que ya no era goda sino una dispuesta liberal cachiporra, con metódica voz quiso cambiarle a su loro su consumado partidismo sin términos ni condiciones y con la callada promesa de que si lo hacía, lo tendría hasta la muerte y para siempre.
La casa de Rita Andrea, en consecuencias,  se llenó de amor, lo expresaba en versos y canciones que le enseñaba a su loro, amor en las paredes, amor en la piel, amor en todo cuanto hacía, amor en todas partes, diciendo palabras que antes no salían de sus labios y que no correspondían con su estilo impugnador mientras  ella, con una flor roja en la oreja y como si hubiese entrado en un tiempo de olvido, vivo el rescoldo de su corazón, para agradar a su enamorado, con voz maternal que estremecía a su locuaz mascota al oírla, con este pasaba horas y horas entonándole de continuo este pregón por él hasta entonces inimaginable y por demás ignorado  y que así decía:-¡Viva el partido liberal! ¡Viva López Pumarejo!... ¡Y que se jodan los conservadores!... ¡No joda!
El loro al escuchar aquello se sintió morir, el imposible acontecimiento imprevisible le dejó sin punto de crítica y mudo por ocho días deambulando en su estaca y con el agravante de que si no aprendía la nueva cantilena, no le daban más arroz pa’ el loro y esta vez sí lo dejarían a merced del gato.
Confundido, al loro de Rita Andrea,  cada vez se le hacía más difícil la reciente comunicación y de batiburrillos idiomáticos que nadie le entendía, no pasaba; por lo cual, ella solamente lo alimentaba con una almendra al día y una legumbre de vegetariano que debía comerse absorto en la memorización del reciente manifiesto político.
Pero ocurrió que en cierta ocasión el loro godo de Rita Andrea, creyendo entender lo que arriesgaba si continuaba en esas, ante el constante martilleo de las mismas palabras, haciendo un grande y penoso esfuerzo que hería su conciencia partidista, desde su estaca, soltó en castellano de loro acosado casi todas las frases de la inédita arenga, menos su parte final aunque lo llevaran frente a un pelotón de fusilamiento y, entonces, temblando de rabia y con los ojos llorosos, desde esa vez así se hizo escuchar: -¡Viva el partido Liberal! ¡Viva López Pumarejo!... ¡Y que se jodan los liberales! ¡No joda!...
El caso es que en la misma ocasión, en que esto ocurriera, estaba el enamorado de Rita Andrea visitándola como de costumbre y ella y él, escuchando lo que escucharon, se miraron y sonrieron explícitamente, al tiempo que la pretendida a su pretendiente apenada le decía: -Ay, mijo…, perdónalo. Ha perdido la sensibilidad y la memoria.
Mas el loro, lleno de un rencor virulento y sin que nadie se lo impidiera, desde su estaca, vociferaba y vociferaba:-¡Viva el partido liberal! ¡Viva López Pumarejo!... ¡Y que se jodan los liberales! ¡No joda!... ¡Viva el partido liberal! ¡Viva López Pumarejo!... ¡Y que se jodan los liberales!

Walter E. Pimienta Jiménez

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