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Tu diario. Libertad de expresion

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Beneficios de la independencia
Jose Maria Barrionuevo Gil. 25.09.15 
“España limita al Norte con el mar Cantábrico y los montes Pirineos”, recitábamos y cantábamos en las Escuelas Graduadas (a duras penas) de los tristes y penosos años cincuenta. Lo que ya no cantábamos ni se canta hoy día es si “España milita al Norte con algo o alguien”, porque, eso sí, el Cantábrico es bravío y los Pirineos y Francia, muy suyos.
Ahora no se canta, pero se sigue adoctrinando y, más suave que un meloso anuncio de crema o colonia, nos meten en un libro de texto los beneficios que la Lideresa ha otorgado a este reducido grupo de ángeles terrestres que hacen sombra en Madrid. Qué gracia, qué sombra y qué trapío tiene algún libro de texto al que no le afecta la Ley Mordaza; lo que no tiene nada que ver con “el corte de manga” del catalán Mayor del reino. Esto sí que es algo original y un argumento de peso, para que la estelada no quede tan monótona, vaporosa  y huérfana. Estamos ante una salida, demasiado inteligente, del que dicen que es el primer cuarto de la lista. Parece ser que en este universo político el fin no solo justifica los miedos, sino también, como siempre, los medios.

    Un amigo nuestro, soltero, que vive solo en un bloque de 72 pisos, nos contó que en su planta viven un industrial separado, una maestra y una divorciada, también solos, y que todos pagan la comunidad, que incluye también el gasto de agua, y saben que tienen que ser solidarios con una familia de un piso de abajo con siete hijos y una abuela, que gastan más agua, más ascensor, más luz de comunidad... Pero esto no lo entienden algunas personas de otras latitudes, también morales.
    Por lo aburrido de este terruño terrestre, el santo se nos ha ido al cielo. Pero ahora, que no tenemos ningún santo que nos vigile, podemos hablar de los beneficios de la independencia.
    Recordamos a Labordeta, cuando nos refirió que en tiempos de la dictadura: “...cuando los catalanes eran independientes... de Pujol...” Vemos que hay muchas clases de independencias.
    Con la independencia se conseguirá que los equipos deportivos del Barcelona tengan más posibilidades de ganar, año tras año, todas las ligas nacionales catalanas que se les pongan delante. Se ahorrarían una pasta gansa, ya que “la pela es la pela”, y no tendrían que desplazarse a tierras del Sur ni del Oeste de España, tan lejanas e inhóspitas, y no digamos a Canarias, que se ubica en el Atlántico y no en un recuadro del Mediterráneo.  El magro y macro beneficio será a todas luces extensivo a la economía de la nación, porque se ahorrarán categorías en las ligas nacionales, que pueden ser la de Tercera División o la de Regional, al menos la Preferente, que automáticamente subirían de categoría para cubrir las vacantes que dejarían los equipos charnegos, de quita y pon, que proceden del exterior y que les hacía perder el tiempo por “darle” juego a los foráneos.
    Con la independencia, se ahorrarían mucho personal de representación, así como sus respectivos viajes y dietas de los diputados europeos, así como el despilfarro que suponen unas elecciones para el correspondiente Parlamento de la ilustre Europa.
    Con la independencia, la hacienda catalana se enriquecería con el negocio de las villas y mansiones privadas de la costa, que aumentarían por doquier, además de tener un extraordinario atractivo como material de power point.  Y no hablemos de la exquisita y distinguida excelencia, que supondría para todos los catalanes, cifrada (nunca mejor dicho, por las cifras de la cuantía de las entradas) en poder bañarse en los múltiples balnearios y clubes marítimos, que proliferarían por todas sus costas. En los puertos, que serán las únicas costas públicas, estará prohibido bañarse en aras de la sanidad nacional. Y todo por la Ley de Costas, de la que hace tiempo ya hablaron los promotores de todo aquello que proporciona  pingües beneficios, al contemplar la saludable y benefactora privatización de las costas.
    Con la independencia, la nación catalana se codearía con Suiza, que tampoco pertenece a la Unión Europea, al igual que Albania. Pero como siempre, ha habido clases, el club de los dioses no se baja tan fácilmente del Olimpo. Olímpicamente tendría la nación catalana la oportunidad de convertirse en un Edén, un paraiso,  donde las aves del paraíso y otros pájaros anidarían como si se tratase de un “Sancta Sanctorum” fiscal, que desalojaría la pereza que les daba a los laboriosos ganapanes el tener que llevar los fardos a Suiza o Andorra. “El buen paño en casa se guarda” podrá ser la consigna de los artífices de la independencia.
    No nos equivoquemos, pensando que la independencia es algo baladí.

josemª

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