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Todas las fronteras | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 16.09.15 | | Si vemos una foto de la Tierra tirada desde el espacio, podemos ver que este planeta, errante, como este nombre nos indica, se encuentra tirado, arrojado a su ventura. También podemos decir que no comete tantos errores y que se nos muestra como un todo pequeño y grandioso, a la vez, y además sin fronteras. Las fronteras se fueron creando, cuando comenzó la desconfianza en los demás y para defendernos de aquellos de quienes no nos fiábamos, mejor dicho, de quienes nos decían que no nos podíamos fiar. Eso nos decían quienes nos querían controlar. Mucho después se nos inventaría, cuando ya se habían inventado las fronteras, la frontera religiosa entre el Edén y el otro lado a donde fueron arrojados Adán y Eva. Hoy día parece que han proliferado las fronteras y, además, se han hecho más grandes y más fuertes y hasta más altas. Sin embargo se nos antoja paradójico que no se respeten precisamente por aquellos que más las defienden. Nos distraen con infinidad de tradiciones y fiestas para hacernos olvidar Afganistán, Irak y otros conflictos anteriores, donde no existían fronteras para los gerifaltes del mundo, como la permanente y homicida apropiación indebida perpetrada en territorios de Palestina o el control de gran parte de los Altos del Golán, casualmente pertenecientes a Siria en gran parte. Las fronteras se han convertido en la hipocresía del poder; las fronteras son la coartada perfecta para la ley del embudo de los gendarmes internacionales. | No hay fronteras para las provocaciones y caprichos de la CIA, que, sin ir más lejos, nos obligan a recordar en estos días el golpe de Estado de Pinochet en Chile. No hay fronteras para demonizar a quienes se encuentran en los lugares donde la ambición del capitalismo tiene previsto plantar incluso su bota militar, porque la nómina de las muertes por hambre todavía les parece escasa. No hay fronteras suficientes, para tener que multiplicarlas en las mentes de los ciudadanos demócratas con las concertinas mentales del miedo. Ha sido el culmen del modelo derechista de pensamiento el que ha traspasado todas las fronteras de la verdad, al poner también fronteras al coto de su codicioso parecer y al otro día saltárselas con desmentidos, justificaciones, excusas, incluso algunas, a todas luces, ridículas. De un día para otro nos encontramos que en España no podemos abrir los brazos a los refugiados; al otro, por mandato de Alemania, nos ponemos la medalla política de nuestra solidaridad; al siguiente se despliega la concertina mental del miedo, diciéndonos que entre los refugiados vienen los yijadistas; un día más y se desautoriza al Ministro que tuvo esa ocurrencia, que nos recuerda el tema de la genialidad de “las armas de destrucción masiva” de Irak; y ahora resulta que pueden venir a esta España incluso a trabajar, (porque aquí no hay miseria: “Un huevo 'pa tos' y la yema 'pal' perro”). Parece que el capitalismo, sea de estado o liberal, no tiene ninguna responsabilidad, cuando, en verdad, son personas con nombres y apellidos los que se han hecho valedores y avalistas de la crueldad del mismo, pero sin asumir la responsabilidad que les corresponde. La herencia, que nos han dejado al derrocar “dictadores” (preferentes, según ellos) no ha sido otra, según nos parece, que la de hacer pagar un precio altísimo, del que no se habla, a más de un país. No se quiere aprender de Afganistán, de Irak, de Libia... y no digamos del Cuerno de África, por no estirar mucho el mapa. La Tierra, ahora la tierra quemada, no tiene fronteras. Las ocurrencias políticas y militares, tampoco. Parece que da lo mismo ocho que ochenta, un billón español que un billón americano, cuando un sólo avión de guerra vale más que un puñado de hospitales o que un montón de escuelas. Ya lo decía una autoridad monetaria, que “las personas mayores iban en aumento y que no se podía sostener y que había que hacer algo y pronto”. Pero aquí tampoco hay fronteras, porque con las santas guerras se evita que mucha gente tampoco llegue a mayor. En nuestro mundo, y sobre todo en nuestra Europa, donde se unen los apellidos vascos con los andaluces, los alemanes con los ingleses, los franceses con los rumanos, los árabes con los españoles, los catalanes con los italianos...nos vienen largos los flecos de las sagradas guerras que acometemos con los escudos (o la “testudo”, para seguir dándonos testarazos) de la OTAN. Ya nos lo tiene dicho Fidel Habib: “Cuando nos morimos, se acabó la historia; pero cuando nos matan, se repite”. Parece como si no hubiera “jartera”.
josemª
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