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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido- Lo que el viento se llevó
| | Cuentos y relatos globales. 06.09.15 | | Escribe Walter E. Pimienta Jiménez.- Alguna vez, de niño, como de ocho años de edad, presencié un ciclón. En el pueblo, ni antes ni ahora ha habido meteorólogos. El Almanaque de Bristol lo anunciaba todo y solamente mi abuelo Hernán, después que yo se lo leyera, prestaba atención de ello, nadie más, y de haber sido lo contrario, ¿qué se hubiese podido hacer esa vez contra la fuerza imparable de aquel suceso del diablo? Que los huracanes, a pesar ser devastadores se convierten en algo útil, trataba de convencerme en tal tiempo mi maestro de cuarto elemental, aduciendo que éstos arrastran las semillas y las hacen viajar de qué manera hasta los sitios donde luego nacerán; pero sin contradecirlo, me quedé callado porque no pude hallar la manera de decirle que no son para nada pacíficos ni sosegados a juzgar por una fotografías de prensa que de uno de ellos logré observar publicadas en un periódico y que por lo leído tuvo lugar en el Japón. Las dicientes gráficas mostraban casas en el aire como si fueran de cartón. Aquello me impresionó tanto, de modo que no sé qué utilidad le vía mi profesor a los “dichosos” vendavales… | El ciclón que vi, queriendo destruir el mundo a su paso, tenía la fuerza de mil hombres y arrancó de cuajo cinco árboles de mango que había en el patio de la casa de José María. Le voló de la cabeza el sombrero a Julio Misifú dejando al descubierto su calva cabeza; levantó quince tejas en la vivienda de la señora Rosa, arrastró papeles y basura, desvió el vuelo de los gallinazos sin rumbo y venció el enigmático secreto de los cuchillos que puestos en el suelo en forma de cruz, rezando jaculatorias y el magnificad, tienen el poder de aplacar las tormentas. Hasta entonces, me divertían las brisas suaves y estivales de agosto permitiéndome elevar cometas de papelillos vistosos y que jugaban con las nubes y añoraban el cielo; pero aquel ciclón esquizofrénico, desencadenado igual que un loco al que tenían inmovilizado en un cepo, sin ley, como mujer furiosa atacada de celos o cual un ventilador sin control, hizo que los perros, con el rabo entre las piernas, se metieran debajo de las camas de sus dueños de donde no salieron ni siquiera al día siguiente porque, entrando en pánico, buscando en vano el consuelo de sus amos, se quedaron desde esa vez y para siempre sufriendo de “ciclonofobia”. Yo no sé qué nombre tenía aquel ciclón; por lo malo y furioso creo que debía tener un apodo… ¿quién va querer bautizar con un nombre bonito algo que produce tanto espanto? En todo caso, de haber tenido nombre llevaría el de una mujer… es que las mujeres se hacen siempre escuchar y sentir, son combativas y este del que aquí les hablo, desbridado y sin guía, antes de las descargas de cañón, ahogó el esplendor de la parada militar del 20 de julio y, con él, los gritos de temor anularon la música de la banda y el júbilo fue aniquilado por el pánico de una tolvanera que se llevó lo suyo: la bandera tricolor de la alcaldía, la del cuartel de policía y la de la escuela pública, izadas porque era día de la patria; se alzó también con un saco de paño fino, de Roque, mi vecino, que Conchita, su mamá, había lavado en la mañana y secaba al sol. Levantó asimismo la peluca del alcalde que en público, dando un salto felino no pudo alcanzarla volviendo a ser otra vez viejo, como siempre y con más años que antes y sin dominio pleno de su ancianidad. Por tres horas, en medio de voces que entonaban salmos desesperados, las fuertes ráfagas azotaron todo a su paso: en la casa de don Gilberto se cayó de una vitrina una vajilla de loza fina y de la pared de la sala, el cuadro del Sagrado Corazón; diecisiete láminas de zinc de la cocina de Teodora volaron como hojas de papel; se vinieron al suelo los ciruelos y laureles del patio de mi casa y se ahogaron con la lluvia diez pollitos de mi gallina blanca; al tiempo que se desprendieron de sus postes las redes del telégrafo y, los cocos, de sus palmeras, se caían solos… y los almendros del parque quedaron destrozados… Una veleta inconstante que había en la punta de la torre de la iglesia y que databa de 1711, voló por los aires y no se sabe todavía adónde fue a caer; el reloj de la misma, dejó sin tiempo el tiempo del pueblo y dos santos de yeso, San Judas Tadeo y San Roque, se vinieron al suelo quedando descabezados. Turpiales, canarios, azulejos y petirrojos, con jaulas y todo, abatidos cayeron en mitad de la plaza. Las bolas del billar de la “Niña Sara” se movían solas en la mesa de juego como si algunos jugadores invisibles las tacaran; la huracanada furia desarraigó además la carpa de un circo gitano instalado días atrás en la plaza del cementerio y adiós espectáculo: sus dueños, trabajando toda la noche, la pusieron en pie pero no hubo función porque los magos desaparecieron de sus nóminas… Hubo informes de que la escuela que queda frente a la casa de Demetrio, sintió las arremetidas del desmedido vendaval cuya potencia arrancó de los quicios las puertas y las ventanas, descapotó incluso la cubierta de la galería oriental del mercado público y afectó los cimientos de la casa consistorial; así como con el polvo de las calles los remolinos del demonio desenterraron monedas coloniales y atizaron los fogones de leña que, a esa hora, después del almuerzo, se mantenían a fuego lento y revivieron sin control sus llamas. Pero si en tal ocasión tuvo lugar algo verdaderamente curioso y anecdótico por nadie pensado, es esto que a continuación les narro: Ese mismo día, Angélica, la mujer de Leopoldo, aprovechando el soleado mediodía que de pronto se puso oscuro, lavó la hamaca de su marido y la había tendido sobre una cerca de palos para que se secara, y cuál no sería su espanto al verla de pronto volando, extendida en el cielo. La colorida lona a rayas, fuera de cualquier persecución y alcance, se elevó y se elevó y se elevó hasta que se volvió un punto casi invisible y perdida en la inmensidad no se volvió a ver más. La jornada siguiente, después de un alegre repique de campanas porque el mundo nuevamente fue el de antes y un aire reciente y limpio nos decía que la vida, a pesar de todo, continuaba, se supo con alarma que, llevada por el ciclón, la hamaca de Leopoldo fue encontrada en la lejana comarca de Oropapía, a 900 kilómetros del pueblo, colgada por sus bramantes o cuerdas en medio de dos gigantes árboles de ceiba y con un ternero vivo adentro… esto decía la gente; la verdad, al respecto, no se esclareció nunca y prevalece aún en boca de muchos como algo que no se pone en duda… a mí, repito, no me lo crean, no sé si aquello fue cierto y si tan asombroso evento hace parte o no del registro oficial y pormenorizado de… lo que el viento se llevó…
Walter E. Pimienta Jiménez
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