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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
La chica de la minifalda

Cuentos y relatos globales. 30.08.15 
*Nadie enseña tanto como una mujer en falda corta.
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Ayer, en horas del mediodía, conduciendo un lujoso auto rojo, llegó al pueblo una hermosa mujer rubia, alta, de torneadas piernas, senos pronunciados, ojos color miel y piel suavemente trigueña.
Lucía la vistosa y atractiva visitante una blusa blanca, cómodas zapatillas de caminante, bolso moderno y una minifalda a cuadros  escoseses que quitó la tranquilidad.
Era la hora del almuerzo y aquella invención caida del cielo, olorosa a vida y a bueno, con el clasisismo y academicismo admirable de las mujeres finas, decorosamente se sentó a la primera mesa que encomtró disponible en el restaurante de Josefa.
La inesperada presencia de la mujer de la minifalda desequilibró la doméstica estabilidad emocional y moral de los hombres que, en ese momento, merodeando por el lugar, se percataron de su arribo y fue esto lo que motivó, de parte de ellos, un súbito desbordamiento de comensales en el restaurante quienes con tal de estar allí, ordenaron almuerzos ligeros que consumían sin prisa prolongando el soberbio instante y así dar crédito a lo que de  la manera más agradable, sin disimulo y con algo de curioso morbo, desde sus sitios miraban.

Tendría la mujer de la minifalda unos acalorados veinte años…En el resinto, junto con muchos, se encontraba por casualidad almorzando Damian de Alba y Sotomayor, el alcalde municipal, a quien, sin duda, el arribo de la joven le hizo remover antiguos recuerdos erótico-amorosos de una juventud imposible de revivir en su edad  otoñal…
La mujer entendió a satisfacción que la media yarda de tela de su seductora minifalda, hacía que los presentes irremediablemente la miraran y, cruzando a propósito una pierna sobre la otra, hizo “sufrir” aún más a los enmudecidos concurrentes que, ante el magnífico espectáculo, desde el punto de vista emocional, suspiraban por ella en castellano volviendo visible el temblor de sus manos en el instante de llevar a sus bocas la cuchara llena de sopa.
El alcalde, solitario en su mesa, recordando el brillo dorado de su mejor tiempo, en actitud de parlamentario, hacía todo lo humanamente posible por permanecer indiferente; pero ciego de tanto ver lo que veía, no pudo evitar pensar que una mujer como la mujer de la minifalda, era suficiente para romper las mayorías en el concejo municipal de acualquier pueblo o, en el peor de los casos, ocasionar una cruenta guerra en la que, “de un trozaso”, los hombres disputándosela, provistos de cualquier instrumento contundente que sirviera para matar a otro, podía ser tomada como un peligroso símbolo bélico en lugar que de  hermosa modelo para un almanaque de Coca Cola y, entonces, prefiriendo que fuese para esto último, por el bien de la humanidad, la miró con ojos de primera autoridad municipal y, temblando de emoción, frente a la sopa de mondongo que consumía, no encontró algo más acertado que con voz de partidista liberal, gritar: ¡Viva la minifalda carajooo¡
…Y un viva por respuesta y unos aplausos por acuerdo se dieron por el cumplido.
La mujer de la minifalda sonrió deteniendo a medio camino el pedazo de carne asada que tenía ensartado en su tenedor y, sintiéndose observada por todos, como premio de consolación por la concurrencia, con un ligero disimulo entreabrió las piernas apenas lo necesario tras la secreta idea de dejarle a la imaginación de ellos la voracidad de lo que por culpa de media yarda de tela no veían en forma completa.
-Con mujeres así, no hay revolución en Cuba- dijo Romelio en un rincón del restaurante.
…Hubo risas y aprobaciones al comentario.
…Y la mujer de la minifalda, vencida por la ocurrencia, le pagó a Romelio el requiebro con una mirada de alivio y un ligero fruncido de labios que parecía un beso en la distancia.
Pero lo bueno por ser bueno también se acaba, la mujer de la minifalda, habiendo terminado de almorzar, pasando una servilleta por sus labios de rosa, se puso de pie y mirando en derredor, sintió de vuelta que otros ojos la devoraban…Era hermosa sin necesidad de cosméticos… Abrió el bolso, extrajo unos billetes, pagó lo consumido y con desconcertante sangre fría, con un “gracias y un hasta luego y que tengan buena tarde”…, batiendo coqueta su cabello dio media vuelta y, dejando en el ambiente la fragancia suave de su perfume, se marchó.
-Es mucho más bella de lo que se le puede permitir a una hembra - volvió a decir Romelio.
Lo que sucedió después, o mejor, al día siguiente: es decir, hoy, fue que el alcalde, deteniéndose entre dictatoriales resoluciones y acuerdos, importándole poco echarse de enemigo al padre Luján, derogó en el pueblo la disposición municipal que prohibía a las mujeres el uso público de minifaldas y de vestidos descotados en razón de que según él, no es cristiano perderse del emocionante espectáculo que es ver una mujer en falda corta y, siendo así, resolvió en el artículo único de dicha determinación, lo siguiente:
… “el que tenga ojos que vea, y el que no quiera ver que se abstenga de hacerlo como pueda… Comuníquese, publíquese y cúmplase…Yo, el alcalde”…
Todo aquello reafirmado en una nota final de carácter socialista que así decía: “El sastre que no sepa en en este mundo en cuántos centímetros de tela cabe la moral de las mujeres, que cierre la sastrería”.
Desde luego, la noticia, saliendo más allá de los estrechos predios provincianos, publicada en EL HERALDO y leída en el radionoticiero de Ventura Díaz, le dio la vuelta al mundo en menos de  veinticuatro horas descartando que el alcalde echara atrás lo dispuesto y, entretanto, las señoras de la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús, teniendo en cuenta que la falda, por tradición en el pueblo apenas se permite hasta el límite en que la pantorrilla empieza a ser visible, en aras de que no se pierda el diablo, piden al alcaldísimo establecer el viejo decreto simple y llanamente porque la minifalda, esa mínima cosa de tela que en la moda hace una pequeña pero visible diferencia, niega a la mujer la esencia de bailar cumbia como Dios manda.

Walter E. Pimienta Jiménez

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