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¿Por qué habría de ilusionarnos el proyecto “Ahora en Común”?
Eduardo Saez Maldonado. 24.08.15 
Desde un punto de vista político podríamos clasificar a los españoles en tres grandes grupos a saber: pasotas, conservadores y revolucionarios. Los pasotas son los que ni van a votar (“para qué”, “todos son iguales”, “total: van a hacer lo que les de la gana”) aceptan el sistema social y político existente y no hacen nada para cambiar lo que no les gusta. En segundo lugar están los conservadores, que están de acuerdo con el sistema y, con importantes diferencias en los matices (dependiendo de si son socialistas o populares), son los responsables de haber mantenido y perpetuado esta organización de la sociedad. Cabe llamar la atención, dentro de este grupo, acerca de la aparición de un subgrupo que, aceptando asimismo el sistema organizativo (conservadores), se han rebelado contra los abusos, privilegios y corrupciones que han proliferado en el seno del mismo (como estamos viendo cada vez con más descaro) y aspiran a sanearlo y adecentarlo. Aquí incluiríamos a los miembros y votantes de UPyD y de Ciudadanos. Por último están los miembros del tercer grupo, los revolucionarios, en los que se centra este escrito.
 
Los revolucionarios no se conforman con el sistema imperante, consideran injusta la distribución de la riqueza; se rebelan contra los privilegios y prebendas que se (auto)otorgan las clases dirigentes de políticos y élites empresariales que se perpetúan en el tiempo; aspiran a un sistema donde existan unos servicios básicos que garanticen los derechos humanos gestionados entre todos; quisieran que las sociedades fueran mucho más democráticas y sus representantes fueran verdaderamente representativos de la sociedad de manera que las decisiones políticas se tomen en beneficio del bien común y no para favorecer a unos pocos privilegiados; les preocupa el impacto ambiental que nuestra actividad económica genera tanto por la degradación que supone en nuestro entorno como por la deriva suicida que ésta está tomando; pretenden, en definitiva, transformar la sociedad para hacer del planeta (ya que su aspiración transciende las fronteras) un lugar justo en lo social y en lo ecológico y, por tanto, con un futuro ilusionante por delante.
Los revolucionarios del siglo XXI tienen una enorme ventaja sobre los de épocas anteriores, y es que los países avanzados han desarrollado sistemas democráticos que, aunque imperfectos, permiten alcanzar el poder sin violencia y trasformar así la sociedad pacíficamente. Episodios tan dramáticos (aunque tan decisivos en el desarrollo de los derechos humanos) como la Revolución Francesa no tienen ya por qué llevarse a cabo de forma cruenta.
Y el resurgir delos revolucionarios tiene mucho que ver con ciertos aspectos de degeneración inherentes al sistema capitalista que estamos viendo en nuestro tiempo: a) una crisis económica que parece ser ya sistémica, b) una crisis social derivada de la anterior pero acrecentada por el sistema, tanto dentro de los países como, sobre todo, entre el primer y el tercer mundo, y c) una crisis ecológica con dos vertientes: degradación ambiental generalizada e irreversible por un lado y agotamiento (irreversible también, claro) de los recursos que han permitido nuestro desmedido e insostenible crecimiento.
Todo esto, aderezado con una clara degradación moral, llevó a los revolucionarios a expresar su malestar con el sistema hace pocos años en una expresión callejera y pacífica de rabia y rebeldía que, curiosamente, tuvo su origen en España y se dio en llamar el 15M.
Pero los revolucionarios tampoco son, lógicamente, un grupo homogéneo, ni mucho menos: también se pueden distinguir subgrupos más o menos diferenciados a saber: a) aquellos que se identifican con la tradicional lucha de clases y que llevan tratando de cambiar las cosas sin éxito desde hace décadas y que englobarían a los miembros y votantes de Izquierda Unida; b) aquellos que, con unos fundamentos ideológicos casi idénticos a los del grupo anterior, abordan la revolución sin lastres anteriores desde una perspectiva más ágil y flexible, habiendo puesto patas arriba el panorama político español: son, claro, los de Podemos; c) en tercer lugar están los representantes de la ecología política (encabezados por Equo) que quizás sean los más revolucionarios de todos en el sentido de que, partiendo de unos posicionamientos muy similares en lo social, su enfoque global (ecológico) del problema les hace cuestionar aspectos tan paradigmáticos como el crecimiento económico infinito.
Pero finalmente está la gente que no se ha sentido identificada plenamente con ninguno de estos grupos, pero que comparte con ellos su esencia revolucionaria por un mundo más justo. Son personas que han votado en el pasado a unos o a otros, o incluso que han estado en el primero de los grandes grupos que comentábamos (pasotas). Son personas que estarían dispuestas a apoyar proyectos de agrupación, como hemos visto que ha ocurrido en los principales ayuntamientos de España (Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Santiago, La Coruña, Cádiz), a los que se acercaran, dando su apoyo, los principales grupos políticos revolucionarios que hemos mencionado.
“Ahora en Común” podría ser el germen de esta gran coalición popular que, además de sortear la penalización que nuestra diabólica ley electoral inflige a los partidos pequeños, podría generar una ilusión que, ante la perspectiva de conseguir resultados que permitieran entrar en el gobierno central y empezar a cambiar de hecho la sociedad, generaría un apoyo mucho mayor que la mera suma de votos.
No sería difícil para un partido de agrupación elaborar un programa electoral delimitando grandes puntos en los que, como hemos comentado más arriba, estarían de acuerdo los partidos políticos que lo apoyaran. Es claro que cada partido es distinto y afrontaría de distinta manera los cambios, y quizá esa debería ser la forma de presentarse a unas elecciones en el futuro una vez que se haya cambiado la ley electoral y la representatividad sea real, discutiendo a posteriori coaliciones en función de los resultados obtenidos. Sin embargo, ahora, la única manera de oponerse con posibilidades reales a los “pasotas” y a los “conservadores” es la unidad popular: la única forma de tener opciones de empezar a cambiar las cosas, de defender el bien común, de poner la felicidad de los ciudadanos como criterio principal, de frenar la deriva suicida de nuestro desbocado desarrollo antes de que sea demasiado tarde.
“Ahora en Común” puede ser ese proyecto ilusionante que traslade al principal ámbito de decisiones del país las propuestas revolucionarias que, cada vez con más urgencia, necesita nuestra sociedad.
El momento es ahora, y motivos tenemos para ilusionarnos. Levantemos, pues, la vista al horizonte.
 
Eduardo Sáez Maldonado
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