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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido- Belisario, un hombre as
| | Cuentos y relatos globales. 16.08.15 | | Escribe Walter E. Pimienta Jiménez.- Hablemos de Belisario Molina como si estuviese vivo (porque lo sigue estando en el recuerdo noble de los suyos y de quienes le conocimos y tratamos), y digamos de él que ha sido el único mortal que haciendo de eficiente empleado público, en los distintos cargos que desempeñó en la alcaldía del pueblo, dada la simpatía de que siempre gozó, le tenían prohibido renunciar cada vez que un nuevo burgomaestre de ribetes liberales o conservadores, con un discurso escrito en verso se posesionaba como primera autoridad municipal luciendo un vistoso saco a cuadros verdes y amarillos, una corbata llena de compromisos burocráticos y una camisa de once varas marca “Primavera”, lo que le convertía enseguida en una figura ornamental a la que de inmediato tocaba llamar “señor alcalde”… | El simpático Belisario, personaje de su propia creación, por los más de cuarenta años de su labor diaria, fue indistintamente secretario de gobierno, personero, tesorero, revisor fiscal, archivador, jefe de relaciones, inspector municipal, jefe de degüellos, liquidador de nómina y horas extras, alcalde encargado de los que no hacía daño, portero de la alcaldía, oficial mayor encargado de los oficios comunes, jefe de precios, pesas y medidas y amigo y consejero confesor exclusivo de todos los regidores que metiéndose en esa vaina, encontraron en él quien les hiciera más soportable sus funciones siempre al borde de alcaldadas nobilísimas con el propósito de dictar célebres estados de sitio memorables y que en forma inteligente y oportuna, evitó llevándoles al despacho revistas de crucigramas que les distraían la mente en cosas más locales y domésticas o poniéndoles a leer algunas tiras cómicas que, sin tanto acorralamiento ejecutivo, estuvieran en capacidad de entender. Es claro que el franco afecto del que siempre disfrutó Belisario, le venía por su honradez de familia; por su don de señor pacífico e inofensivo en extremo como lo demuestra el hecho de tener que soportar por más de cuarenta años las dictaduras incontenibles y totalitarias de alcaldes arbitrarios, capaces de prohibir la salida del Sol, en tanto él, mirando los toros desde la barrera, puesto en su lugar, sintiendo como suyo el apremio del desafuero, con paciencia de hindú, en tono tranquilo, con voz de poeta sin serlo, con un “es anticonstitucional lo que pretende” y que el alcalde de turno ni entendía, prevenido, sacaba a aquél de su auto sepultura dándole la oportunidad de prolongarse en los años de su gobierno, pero vigilante desde entonces para que éste, llevado por el aparatoso dramatismo del cargo, como símbolo del descuido y “la burrada” no firmara en blanco su suicida renuncia dándose así un bíblico auto golpe de estado anti municipal. Yo, sin que esto sea una indiscreción de mi parte, le veía siempre a Belisario cara de pianista francés y me lo imaginaba con su piano de cola alegrando su casa; pero nació con la gracia y la vocación de ser funcionario público para ayudar a gobernar a alcaldes desabrochados y holgazanes a quienes hizo brillar con sus resoluciones legales de no disponer que en el pueblo se matara no más media res sino una vaca entera y que si sobraban restos, estos con sal se curaran y así todos, al día siguiente, gozar de la gastronomía de un suculento “sancocho de carne salá” clásico, vital, necesario y apetecido por demás… Belisario, desde su oficio legal, interesado y dispuesto siempre en la campaña cívica de des complicarle la vida a la gente, era en la alcaldía del pueblo esa “rara especie de duendecillo bueno” interpuesto a lo malo, a lo deshonesto, a lo inmoral, a lo indecoroso y a lo verdaderamente inaceptable y, poniendo al servicio de la comunidad su experiencia, su veteranía y maestría, era también, de paso, el callado sensor de las malas conciencias porque, puesto por hábito al lado del derecho y la justicia, hizo de suyo y de su cabal actuar, lo acertado, contradiciendo la mala imagen del funcionario público de hoy que con la mayor desfachatez del mundo va a su despacho a dormir de lo lindo en el mullido diván estatal o a “platillar”* a otros tan solo por ponerle la virgulilla* a la letra eñe (ñ). Ronda ahora en consecuencia por los pacillos de la moderna alcaldía del pueblo, la conciencia de Belisario pidiendo cuenta de sus malignidades a los funcionarios de quienes él con rabia diría: -“No hay más remedio que ponerlos presos”… porque robar hoy no es más que cuestión de vestuario decente; pero no en tiempos de él, de Belisario, un hombre así… y que con la moral de los tribunales del Juicio Final, por ahí pena prolongado en el difícil ejercicio de encontrar, como Diógenes, siquiera a una persona honrada… __________________ *Platillar: Lo que hace el empleado público deshonesto; pedir plata por un servicio. *Virgulilla: Raya o línea corta y delgada que se coloca encima de la “ñ.
Walter E. Pimienta Jiménez |
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