Tras la tristeza por esta pérdida, que a unos toca más y a otros menos, quiero aprovechar para hablar de una enfermedad grave que aún no nos la tomamos en serio. La depresión es la única patología psíquica que puede llevar a una persona a quitarse la propia vida. Diferentes caminos hay para el suicidio, no siempre se muestra de forma aparente, unas veces se esconde tras una enfermedad orgánica, otras tras un descuido al volante o una equivocación aparentemente azarosa. Desgraciadamente, cuando una persona está decidida a quitarse la vida, poco se puede hacer para convencerla de lo contrario, lo que no quita que el tratamiento puede ayudarle a desear otra cosa.
A pesar de que las cifras de personas deprimidas no deja de aumentar, hay que decir que ni todos los que dicen estar deprimidos tienen depresión, ni los que padecen esta enfermedad suelen tener el tratamiento adecuado. Aún hoy muchos profesionales sanitarios siguen considerando que su tratamiento debe ser farmacológico, considerando la psicoterapia como mero apoyo. Como psicoanalista he de decir, que ningún tratamiento químico ha podido, hasta el momento, cambiar el pensamiento y el estilo de vida de una persona. La farmacología es un avance que puede ayudar y ayuda a muchas personas y al cual el psicoanalista nunca se opone. Pero lo que no se puede es negar que para que una persona venza la depresión debe, repito, debe, ir al psicoanalista.
La depresión muestra la incapacidad de una persona para desprenderse de un objeto amado. Objeto que puede ser un familiar, una pareja, un ideal, un objeto material, un puesto de trabajo, etc. A veces la persona sabe lo que ha perdido, pero otras no tiene ni idea. Este estado patológico se asemeja al duelo, perdemos a alguien querido y durante un tiempo la tristeza nos embarga. Pasado un tiempo, sin embargo, reorganizamos nuestra vida más allá de esa pérdida. En la depresión, en cambio, la persona no logra adaptarse. Cede una parte de su mismo ser para que la ocupe ahora, de forma inconsciente, el objeto, persona o ideal que perdió o le falló. El deprimido tiene que aprender, a través del simbolismo de las palabras a separarse.
La mortalidad es algo de lo que no nos vamos a curar, pero de la depresión hay salida, si ponemos el deseo y los medios adecuados. No nos tomemos a broma el tratamiento de esta enfermedad, ni lo dejemos en el olvido. A Erika no la podemos salvar, pero hay muchas personas a nuestro alrededor deprimidas: fracasan en los estudios o en el trabajo, muestran problemas en su sexualidad, no tienen ganas de nada, no encuentran empleo… Síntomas que encubren en muchos casos una depresión de fondo, que no tratada acarrea, entre muchas otras, graves enfermedades orgánicas mortales.
Helena Trujillo Luque Psicoanalista de la Escuela Grupo Cero www.htpsicoanalisis.com |