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Un regimiento de monarquías
Jose Maria Barrionuevo Gil. 27.06.15 
“La Tierra no es un planeta cualquiera. Se encuentran allí ciento once reyes (sin olvidar, sin duda, los reyes negros), siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de ebrios, trescientos millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas mayores”. Esto nos decía Antoine de Saint-Exupéry en su pequeña gran obra “El Principito” en el 1943, año en el que España estaba gobernada por una dictadura, que no quería saber nada de reyes.  No estamos muy seguros si sus cálculos estaban respaldados por la realidad o si era una cuestión de bulto, para que nos hiciéramos sólo una idea aproximada de cómo estaba el planeta. En la actualidad, los datos nos sugieren que en el planeta hay unas veintiséis monarquías en el mundo y que no todas son parlamentarias. También las hay absolutas y, a veces, híbridas. Con el tiempo han disminuido las monarquías y ha aumentado la población y, sobre todo, algunos pobladores políticos.
No nos alcanzan los datos para saber con certeza si alguna vez ha habido un regimiento de monarquías campeando por el planeta, como fruto, a lo más, de un incosciente colectivo. No nos extrañaría, ya que en principio habría una enorme cantidad de pueblos o comunidades que podrían tener sus reyes o reyezuelos. Los habría por todos lados. Un regimiento suele estar formado por  dos o tres mil hombres (hasta hace poco), pero usamos la palabrita, porque se deriva de rex, regis (rey) que es el que manda y rige o puede regir un pueblo o una nación. Como ahora el número de monarquías es, a todas luces, menor, nos sobra  el hablar de regimiento y nos conformamos con un término más doméstico que es régimen, que es una de las maneras de gobernarnos o de ser gobernados, más bien.
    Lo que nos llama la atención y hasta nos sorprende, si hacemos una comparativa de los gobiernos que rigen los destinos de la vieja Europa, es que tanto donde hay monarquías como en donde no las hay, el pueblo tiene que seguir dócil a unas leyes que no ha votado o que no ha respaldado en ningún momento. Las llamadas Constituciones Europeas (aunque la tímida de la última no se llamaba ni siquiera así) se han impuesto así porque sí. Tanto los Presidentes de las repúblicas como los Monarcas no han podido o no han sabido estar a las alturas de las circunstancias y han cedido su parcela de poder así como la parcela de poder de sus pueblos. El problema está en la “obediencia debida” a una política mundial y una economía de guerra que se ha hecho monárquica, subyugando tanto a las monarquías como a las llamadas repúblicas. Ya se está viendo más claro, al aumentar las luces y sombras de la “incivilización”, quién manda en este mundo mundial. Ya el caudillo (cabecilla de la tribu) nos metió los ejércitos del Tío Sam en nuestro territorio. Era otro monarca que era aclamado por un pueblo al que se le llenaba la boca de vítores, porque la tenía ociosa por llevar un poco de queso a la boca. Hoy las monarquías de Europa parecen que están dispuestas a firmar lo que les echen, porque los gobiernos son más súbditos que nunca y además una firma parece no llevar ninguna responsabilidad, aunque se bombardee un país sin venir a cuento o por mor de un cuento que los sabios gobiernos se han creído. Los gobiernos europeos hacen y deshacen y se deshacen, o desmelenan, por ser los más dignos súbditos del universo.
    Capítulo aparte, que quizá nos pueda partir el alma, merece la avalancha de maquinarias y hombres de guerra que nos envía, como siempre, gratuitamente el Tío Sam. Nos podemos enorgullecer y satisfacer con ser el país que cuenta con un escudo antimisiles, si no en el corazón de Europa, sí en nuestro corazón partido, que parece amar más la guerra que la paz. Desde que nos metimos en la OTAN, hemos estado metidos ya en demasiados “fregaos”, como para no darnos cuenta de que resbalan. Ahora, más que nunca, somos un buen objetivo militar, porque estamos gobernados por objetivos, como también lo han estado los bancos, que nos han hundido en la miseria, además de económica, moral. El día que nos demos de bruces, viendo la sangre de cerca, los monarcas de todo tipo se irán de rositas, porque les tienen un amor irresistible a sus jardines privados.
    Todavía no sabemos si nos merecemos tanto dolor, por estar en manos, no de una monarquía, sino de un “monoexpolio”, como puede ser la multinacional de la guerra.

   josemª
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