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El Estado de... | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 07.06.15 | | Todavía nos estamos preguntando si el “Estado del bienestar” es el “Estado de buena esperanza”. No es por nada, sino porque “a estas alturas no sabemos si se trata de un cabo o de un golfo”. Esto nos comentaba una amiga, ya hace tiempo. La verdad es que, ni entonces ni ahora, sabíamos respondernos y nos quedamos con la duda-siempreviva, pero medio muerta. Nos sentíamos a pique de doblar un cabo o de ser doblegados por un golfo. Menos mal que mientras que hay media vida, nos sigue valiendo para la otra media. “Morir no es morir ni dejar de vivir; es no ver el mar”, nos recordaba Fidel Habib. Se trata, pues, de que morir es dejar de ver la inmensidad; visión tan humana y tan humilde como es la contemplación del mar, visión que se convierte en un mar de dudas y de interrogantes. | Ahora que están cambiando las tornas, aunque nos dejen poca agua, podremos regar con inteligencia el Estado de nuestras cosas, de las de todos, de las del común, sin que nadie nos las manosee, sin que nadie se crea con el privilegio de arrancárnoslas radicalmente de cuajo, sin que el Estado de los radicales siga haciendo apropiación indebida de ellas, como se ha estado haciendo. Nuestra impresión es que se han invertido las cosas, pero porque se ha invertido en caprichos, se ha despilfarrado, se ha desheredado a la mayoría, y todo por el prurito radical de la rentabilidad política y electoral. Han quedado atrás: la campaña electoral del 2004, en que el gobierno radical parecía estar técnicamente en la oposición por el tono que había insuflado a su campaña; también, las dos legislaturas siguientes, en que los radicales se negaban a todo lo que no fueran sus “felices y dichosas ideas”, incluida la campaña de los humos del tabaco; y ¿cómo no?, por la evolución del país, también las evoluciones de las puertas giratorias que nos han dejado tantos jirones éticos. Hablando de aguas, nos acordamos de Juan Ramón Jiménez, que le decía a su burrito: “Mira, Platero, cómo han puesto el río entre las minas, el mal corazón y el padrastreo. Apenas si su agua roja recoge aquí y allá, esta tarde, entre el fango violeta y amarillo, el sol poniente; y por su cauce casi sólo pueden ir barcas de juguete. ¡Qué pobreza!”. De todos modos, lo que más nos ha mosqueado a muchos es que al río y al mar y al cielo algunos le hayan cogido el color para un uso privado y político, sobre todo, cuando desistieron del color naranja, porque el color naranja había quedado como burladero de las torturas de la cárcel estadounidense de Guantánamo. Esperamos que ahora el color naranja no nos presagie nada. Desde el principio de la presente legislatura, hemos podido ir viendo cómo nuestra España se volvía monocolor por muchos sitios. No se nos escapó que muchos autobuses urbanos, a toda pastilla, y sin tener noticia la ciudadanía de que les hacía falta una mano de pintura, aparecieron por un “Deus ex machina” pintados del color particular de un singular partido. También fuimos testigos de cómo se cambiaba, al celestoso, el color “gualda” de la segunda equipación de la selección española de fútbol, la llamada, y a la vez, alérgica para algunas almas, “la Roja”. También presenciamos cómo el “open” de tenis de Madrid se teñía de añil claro en nuestra propia España. Hasta fuimos testigos de cómo las bandejas de un comedor escolar se enseñoreaban con el mismo color, en su afán de tomar partido a la vez de tomar raciones de comida. En los hospitales los guantes quirúrgicos e higiénicos han cambiado de color, si bien podría estar justificado este cambalache porque se nota menos la roña, cuando se mete mano en la sanidad. Hemos podido ver por las ventanas de la televisión estatal que, en la ciudad de Madrid, los contenedores de basuras orgánicas que eran de color verdoso oscuro, tienen demudada la color también. Y no digamos cómo las traidoras bolsas de basura de color azul celeste, al hacerse traslúcidas, nos han permitido enterarnos de su contenido, que no era otro que las tiritas de papel, que habían pasado la prueba de la destrucción masiva de documentos; de haber sido negras, como antes, no nos hubiéramos olido tamaña fechoría. Incluso en algunos municipios los bancos públicos de jardines e incluso las farolas y las cercas de los jardines se han revestido del color del absoluto partido gobernante. No queremos hablar de un Estado de sitio, pero el “Estado de bienestar” no puede cifrarse en engalanar la galería, mientras persiste el “Estado de malestar ciudadano”. La gente necesita trabajo y techo antes de que le adornen y le pongan bonita su ciudad, porque no es lo suyo dormir en la calle, al sereno.
josemª
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