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Tu diario. Libertad de expresion

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La degeneración  IN-IN
Jose Maria Barrionuevo Gil. 22.05.15 
Todos los días nos levantamos con infinidad de informaciones de injusticias, de intransigencias, de ingratitudes, de insinuaciones, de inconsciencias, de intolerancias, de incitaciones, de indiferencias, de infundios, de incompetencias, de ingerencias, de incomodidades,     de interferencias, de invectivas, de  intimidaciones, de insatisfacciones, que, por pura inercia, nos dejan inertes, inmóviles, fuera del  juego político, y parece que nos invitan a tirar la toalla y darlo todo por perdido.
    Nos sentimos incapaces de poder mover ni un dedo. Estamos invadidos por intereses que no son los nuestros, los del común. Estamos infectados de un individualismo que nos impone una insistente condena a la involución. Parece que todos nuestros esfuerzos son infructuosos ante la maquinaria política y sus maquinaciones, tan inhumanas, que invalidan todas nuestras inquietudes, por muy ingeniosas que sean.  Nos da la intoxicada impresión de que todas nuestras inocentes iniciativas quedan inservibles de antemano. A veces, hasta  nos sentimos incapaces de poder inyectar algo de nuestra infinita paciencia a esta sociedad que nos muestra su indignidad, a pesar de las insalvables e ineludibles soflamas de apologías del poder, que se autoabastece de todo el incienso que necesita, aunque no se lo merezca, y que no dejan de ser también cortinas de humos, que pretenden escamotear sus inalienables vergüenzas.
Ya, hace tiempo, alguien dijo que “el poder es como el estiércol, que tiene que estar bien repartido”. La democracia que tenemos está tan poco repartida que puede que tenga algo de “cracia”, pero nada de “demos”, ya que insalvablemente la barca del pueblo se ha quedado sin remos o han sido aciguatados por algunas manos un tanto indignas. Quizá nos hallamos a nosotros mismos irreconocibles, inundados de promesas, en un mar revuelto infestado de inversores de seguros, pero no seguros ciudadanos ni civilizados. No es moral mirar para otro lado ante tanta inmoralidad pública. Nos resulta inaudito tener que oír inanes discursos que nos injertan desidia y desconfianza.
    La ciudadanía no puede seguir inmóvil ante un panorama  casi inamovible. La incultura política extiende sus instintivos brazos para inmovilizarnos con el imperativo tan inconsciente como categórico de que no hay nada que hacer, y por no hacer, que no quede. Es verdad que la ciudadanía está indignada, pero no tiene inscrito ningún título de ignorancia enciclopédica, que le impida poder considerar que no todos son iguales, que los que son iguales son sólo un intrigante grupo de personajes de todas las tallas, de todas las ascendencias, de todas las religiones, de todas las etnias, de todas las decadencias, pero con el denominador común de base inmoral.
    No es por insistir mucho, sino por incidir algo para que no todo se nos torne un infierno por no querer poner la mano en el fuego de las urnas. Una legal, pero  indecente, ley electoral que hace sacar una importante rentabilidad electoral de los indignados que no se dignan votar, porque, aunque la abstención fuera del setenta por ciento, podría sacar mayoría absoluta quien solo tuviera una representación sobre el electorado del quince por ciento. En este intolerable ambiente legislativo la única libertad que nos van a dejar impenitente es la de votar o no votar. Les conviene dejarnos inermes con esta incuria, voluntad y libertad, porque les favorece, si no ya sería la primera incógnita a resolver. Esta falsa y peligrosa libertad de no votar se ha incubado de tal manera que nos deja en la indefensión. Nos sobra indignación, pero ¿qué más quisiéramos una democracia directa, a mano alzada o con votos firmados y no indolentes, informes, inmunes y demasiado íntimos.
    Por ejemplo, tenemos a la vista cómo se invisten algunos de sueldos interestelares, que además son incompatibles con la incontinente austeridad impuesta a la mayoría. Y no solo eso, sino que provoca  la huida de nuestros recursos que se invierten fuera de nuestras informales fronteras, se dedican al indecente despilfarro y al lujo y la lujuria (no queremos hablar de “el volquete de p...” para algunos) o se dedican a las especulaciones financieras. Mientras, unas pensiones dignas serían una riqueza  interior que movería nuestra indispuesta economía , aunque parezca increíble.
    Ahora, los indecisos y los indignados no pueden ser incautos y sí reflexionar sobre la libertad que puede influir en la libertad de todos. Es  insalubre decir: “Para poca salud, ninguna”.
josemª
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