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La casa vacía | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 10.05.15 | | Una amiga nuestra, licenciada, y no por haber hecho la mili, sino por haberse currado cinco años de estudios superiores, universitarios por más señas, nos ha contado que, en su trabajo de buzoneo de publicidad, se libró por los pelos de un accidente que podría haber sido de mayor o, al menos, de considerable cuantía. Hubiera sido un accidente laboral, pero ella no está muy segura. Sucedió que un día que tuvo que patearse una zona de la ciudad, que ella no conocía de nada, al meter los folletos en un buzón, encontró cierta dificultad. Entonces empujó los papeles hacia dentro y rozó una especie de esponja seca que le dificultaba el trabajo. Cuando vio que desde el buzón salieron un par de avispas, lo comprendió todo y desistió en su intento. En este mundo y tiempo de alergias, un par de picotazos de las ociosas avispas le habrían fastidiado bastante. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el buzón no estaba limpio, la casa no tenía macetas ni tendederos de quita y pon. Vio que la puerta estaba cerrada, pero que, por su aspecto, no guardaba muchas ganas de abrirse para nadie. Nos contó que se quedó muy impresionada al estar delante de una casa vacía. | Otros amigos nuestros, que se tuvieron que ir a trabajar lejos, les pasó algo que no se esperaban tampoco. Cuando se marcharon, no debieron cerrar bien la ventana de una habitación. Cuando volvieron, se encontraron con que las palomas, que habían sido desahuciadas de los tejados de una iglesia cercana, que se tenía que restaurar, se le metieron de ocupas y fundaron un buen palomar en la habitación. Hoy, muchas de las casas vacías, en poder de los bancos (no sabemos si malos o peores), no podrán abrirse ni siquiera a bajo precio. Aunque se abrieran a precios tirados, lo que es cierto es que no se tendría en cuenta su verdadero valor de trabajo, de desvelos y de apuros de los antiguos propietarios, algunos de los cuales ya eran más dueños de la casa o del piso que el propio banco, con lo que hasta la dación en pago resultaba ser una auténtica estafa. No ha habido ni hay moratoria, cuando el discurso político dominante era el de la recuperación. Este discurso no se lo habían inventado ni los ya desahuciados de hecho ni los que vienen de camino. Además, como hay bancos que no tienen casas como fruto o fruta de los desahucios, podrán conceder hipotecas libremente. Así, muchos otros bancos, ahítos de pisos vacíos procedentes de desahucios, no podrán deshacerse fácilmente de ellos, ya que condicionan la concesión de hipotecas siempre y cuando los solicitantes de hipotecas se sometan a adquirir pisos que están en manos de esos mismos bancos. De siempre los lingotes de oro son un valor seguro, porque hay pocos y los desean muchos; pero con las casas vacías no pasa lo mismo, porque hay muchas y las desean pocos. Los capitales no saben qué hacer, quizá porque han perdido su esencia, es decir, la cabeza. El capital o caudal ha podido llenar las cabezas, pero de líquido que no de liquidez. Tampoco conocemos si, en la geografía urbana, que no humana, moderna, son muchos los casos de las casas vacías. Sin embargo, no sabemos si la Casa Grande de todos, es decir, el Parlamento, se puede considerar una vivienda habitual o una segunda vivienda (dados los excepcionales periodos vacacionales). Tampoco sabemos si algunos parlamentarios son ocupas, desocupados o muy ocupados en otros trabajos y en miles de refrigerios en el bar para eludir los acalorados debates que no son capaces de soportar (nos preguntamos si cuesta tanto escuchar, porque a los españolitos de a pie nos cuesta, aunque no escuchen). Desierta que no vacía se queda nuestra Casa Grande, porque muchos beduinos, hombres azules, se largan al oasis donde se crecen los cubatas. Tampoco sabemos si es una sala de divertidos juegos “on line” o de aburridos autoditirambos, por la ebriedad que produce el poder, para una parte de la parroquia, que no podemos inscribir en la consideración de seriedad, eficacia ni eficiencia del arte, que no ciencia, de la política. No queremos ni imaginar si la Casa Grande vuelve a ser habitada por más avispas y palomas, o ratas con alas, como diría Woody Allen. Cuando la Casa Grande se queda vacía, parece ser que no tiene ni “quien le escriba”.
josemª
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